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Abusos en la Iglesia en Argentina: la condena de Ilarraz y el doble juego del Papa Francisco

A 30 años de los delitos sexuales, el sacerdote argentino fue sentenciado a 25 años de cárcel. Los sobrevivientes reclaman que la Justicia investigue el encubrimiento por parte de la jerarquía católica.

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El sacerdote Justo José Ilarraz, a su llegada al Tribunal de Paraná

Mediodía del lunes 21 de mayo. Paraná, Entre Ríos, Argentina. La pequeña sala, en la que se leerá el anticipo de la sentencia por los abusos cometidos por el sacerdote Justo José Ilarraz(65), se encuentra atestada. Máxima tensión. La jueza Alicia Vivian toma el fallo entre sus manos, se para y anuncia lo que los tres magistrados dictaminaron unánimemente: el cura es hallado culpable de abuso y corrupción agravada de menores cuando era preceptor en el Seminario Menor de esa provincia entre 1984 y 1995. Le deparan 25 años de prisión. Los fundamentos de la condena serán dados a conocer el 1° de junio. La última instancia en la que deposita esperanzas Ilarraz gira en torno del pedido que hizo su equipo de abogados ante la Corte Suprema de Justicia de la Nación para que declare prescritos los delitos.

En medio del llanto, los sobrevivientes de abuso eclesiástico se fundieron en un silencioso abrazo. Las miradas se posaron, principalmente, sobre Fabián Schunk, el primero en salir del anonimato en 2015, cuando parecía que la causa agonizaba. El mismo convenció a otros dos ex seminaristas denunciantes-en total fueron siete-, para que siguiesen sus pasos públicamente poco antes del inicio del proceso judicial: se trata de Maximiliano Hilarza y Hernán Rausch.

Casi de inmediato, luego de la sentencia, sostenido por su esposa y con su rostro pálido convulsionado, Schunk recordó a aquellos que no llegaron o no se atrevieron a acusar a Ilarraz, por las consecuencias psíquicas y personales que eso podría acarrear en una ciudad conservadora y pequeña: “Me pone muy contento la sentencia, pero es muy difícil poner en palabras lo que vivimos, y contar la vergüenza y el dolor. Me pregunto: ¿qué pasa con los chicos que intentaron matarse? ¿Con los que terminaron en la droga? ¿Con los que se tiraron debajo de un puente con una camioneta? ¿Con los que se pegaron un tiro? ¿Con los que hoy somos adultos y padecemos psoriasis, gastritis y pesadillas? Uno puede tener más o menos herramientas para afrontar esto, pero todos sabemos que uno lo lleva consigo hasta el último de sus días”.

El sacerdote Justo José Ilarraz en el banquillo.

Los elegidos

A lo largo de dos décadas, Schunk, actualmente profesor de secundario, fue reconstruyendo el sistema que había ideado el cura. Su trabajo era metódico y macabro: "Lo primero que Ilarraz hacía era visitar las casas de los posibles candidatos al Seminario. Visitaba a todos los chicos que estábamos en séptimo grado. Ahí empezaba a conocer a las familias. Cuando ingresábamos al Seminario, seleccionaba las casas con las que seguía manteniendo contacto. Había familias que no visitaba nunca más y familias que visitaba muy seguido. Las visitaba muy seguido porque ya había puesto el ojo en esos chicos."

Los elegidos solían tener una característica en común: eran jóvenes que no superaban los 12 años y provenían de los alrededores de Paraná. Sus familias vivían en la campaña en situación de vulnerabilidad, a veces extrema. Muchos eran hijos de padres violentos y alcohólicos. Todos creyentes. Ser cura era una forma de escapar de ese mundo.

Les exigía silencio mientras su mano recorría el abdomen hasta levantarles el calzoncillo para masturbarlos

Ilarraz atacaba por las noches en el Seminario Nuestra Señora del Cenáculo. Después de las 23, ingresaba al Pabellón, donde dormían unos cuarenta seminaristas separados por una pared de un metro y medio. El lugar estaba en penumbras, sólo unos focos débiles en las esquinas. En forma metódica, el sacerdote se iba sentando en cada una de las camas, entre las que había una pequeña mesa de luz. En algunas se demoraba un poco más, eran las de sus elegidos. A ellos los acariciaba con fruición. Les exigía silencio mientras su mano recorría el abdomen hasta levantarles el calzoncillo para masturbarlos. Cuando estaban por eyacular, les tapaba la boca y los besaba en los labios. Este es nuestro secreto, decía y pasaba a la siguiente.

Protegido por el entonces arzobispo y hoy cardenal emérito, Estanislao Karlic, Ilarraz hizo a gusto y antojo lo que quiso en el Seminario Menor de esa diócesis desde mitad de la década del ochenta hasta el comienzo de la siguiente. Pasó de ser quien manejaba el Renault 12 oficial y, a la vez, secretario privado de Karlic, a prefecto de Disciplina. En otras palabras, la ley ante los devotos adolescentes.

El caso

Durante varios meses de 2012, el periodista Daniel Enz mantuvo, en secreto, charlas con curas díscolos que le permitieron hablar con una de las víctimas de Ilarraz. El 13 de ese mes, la revista Análisis tituló en tapa: “El cura abusador”. La imagen mostraba dos manos aferradas a un crucifijo de madera con un Jesucristo áureo. La bajada sintetizaba: “Por lo menos 50 chicos de entre 12 y 14 años, quienes recién empezaban su carrera religiosa, fueron violados entre 1984 y 1992 por el entonces prefecto Justo José Ilarraz, oriundo de la capital entrerriana, según se reveló a Análisis. En el ’93 se inició un Juicio Diocesano, donde declararon innumerables jóvenes, quienes reconocieron las perversidades que les hacía el sacerdote cuando eran apenas niños, pero optaron por ocultarlo. En esto último tuvieron responsabilidades el entonces arzobispo Estanislao Esteban Karlic, al igual que el actual titular, Juan Alberto Puíggari, quien fuera prefecto del Seminario Mayor del establecimiento en esos años. Como castigo, el cura pedófilo fue enviado al Vaticano durante un año. En los últimos tiempos, un grupo de curas, al igual que víctimas y ex seminaristas reclamaron la expulsión de la Iglesia de Ilarraz -quien cumple funciones en una Parroquia de Monteros (Tucumán)- y la denuncia judicial, pero jamás hubo respuestas”.

Fabián Schunk, el primero en salir del anonimato en 2015.

Al día siguiente, alborotado por la revelación, hubo una reunión de todo el clero en el Centro Mariápolis. Los curas fueron obligados a desarmar sus celulares y quitarles la batería, para resguardar lo que allí adentro se dijera. Casi sin mediar palabra, el presbítero Leonardo Tovar acusó de mentiroso a Karlic. El cardenal montó en cólera y lo reprendió. El arzobispo Puíggari aceptó que había tres casos de abuso y, en off ante Enz, un cura, amigo personal de Ilarraz, reconoció que había sido así.

Lo cierto es que el cardenal Karlic había decidido hacer un simulacro de juicio diocesano en 1995. Sin dar aviso a sus familias ni brindarles apoyo psicológico, citó a los jóvenes, que ya rondaban los 20 años, y a prelados a la residencia arquidiocesana. Cuando creyó concluido el proceso, congeló todo enviando los relatos a la iglesia San Juan de Letrán, en Roma.

"Además de cautela, Karlic pidió silencio. Las víctimas hicieron un doble juramento: decir la verdad y no comentar nada de los hechos fuera del ámbito de la Iglesia. Nadie denunció a Ilarraz, ningún juez actuó, las víctimas no fueron acompañadas ni contenidas y no hubo intervención del Tribunal Eclesiástico", dijo Ricardo Leguizamón, autor de “Karlic. Las dos vidas del cardenal”.

Ilarraz fue enviado a estudiar a la Pontificia Universidad Urbaniana, en Roma, donde permaneció hasta los primeros meses de 1997, año en que volvió a Argentina. Como la única sanción que pesaba sobre él giraba en torno de la prohibición de su ingreso al territorio de la Arquidiócesis de Paraná y de cualquier tipo de contacto con seminaristas, en el 2000 se calzó de nuevo la sotana para oficiar misa en la provincia de Tucumán. En ese momento, Karlic ya estaba al frente del Episcopado argentino, desde donde bregaba por la unión del país ante el inminente estallido social.

Casi 20 años después, a partir de la revelación periodística, todo lo que le siguió fue vertiginoso. El caso llegó a los medios de alcance nacional, el arzobispo Puíggari emitió un comunicado con un tácito reconocimiento, aunque el inciso final pretendía dejar las cosas en manos de Dios Todopoderoso: “La Iglesia que quiere siempre proceder según el Evangelio y la Justicia, pide al Señor plena fidelidad a su voluntad”. Y, por último, el procurador general de Entre Ríos, Jorge García, abrió, de oficio, una investigación judicial.

Doble juego

Como en todos los países, la Iglesia se apura por emitir un comunicado simulando dolor y acompañamiento recién cuando un nuevo caso de abuso dentro de la institución milenaria se conoce públicamente. El de Ilarraz no fue la excepción.
Cuando estalló mediáticamente, en septiembre de 2012, Jorge Bergoglio, actualmente el Papa Francisco y por entonces arzobispo de Buenos Aires, consideró, adhiriendo a rajatabla con el comunicado de su par de Paraná, que las denuncias contra Ilarraz eran “faltas graves”, y no delitos. Desde su llegada al Vaticano no ha hecho mención alguna al respecto ni se dejó en evidencia la nula predisposición de Karlic y Puíggari con la justicia civil.

Consultado sobre si hubo algún acercamiento por parte de Francisco, Schunk manifestó que “bajo ningún aspecto"

Consultado sobre si hubo algún acercamiento por parte de Francisco, Schunk manifestó que “bajo ningún aspecto. Sé que está al tanto del tema. Lo que también sé es que pidió que el caso Ilarraz se investigue. Más allá de esas expresiones públicas, no hemos tenido ningún contacto con él. Vemos que él habla, condena la pedofilia, pero a nosotros nunca se nos acercó ni nos llamó. Nos entristece que Bergoglio llame a la abuelita tal por su cumpleaños, lo que ya nos termina pareciendo marketinero. El nuncio apostólico recibió de nosotros dos cartas y en una de ellas estaba la investigación completa. Creo que le han filtrado las cartas, pero al tema lo conoce”.

Tanto Bergoglio como Karlic y Puíggari actuaron en consonancia: públicamente lo repudiaron, pero no aportaron ningún tipo de información para que la causa avanzara. Hay algo peor: incluso luego de la sentencia, Ilarraz sigue siendo cura.

De víctimas a sobrevivientes

Más allá del grito en el desierto que representa cada denuncia, hay un movimiento subterráneo que la jerarquía católica no ve venir: el proceso que experimentan muchos de los afectados. Aunque lo cierto es que se trata de una institución medieval que logra imponer su voluntad en la mayoría de las ocasiones, lo que no se percibe, y menos aún lo hace lo más encumbrado del clero, es la organización de quienes padecieron los abusos. Poco antes del comienzo del juicio contra Ilarraz, en Paraná, se organizó el primer encuentro de la Red de Sobrevivientes de Abuso Eclesiástico de Argentina, liderada por Julieta Añazco, quien fuera abusada en su niñez por el cura Héctor Ricardo Giménez. En un claro salto cualitativo, las víctimas ya no se reconocen como tales. No. Son sobrevivientes. Su nueva identidad no sólo refleja el calvario que debieron atravesar, sin olvidarse de aquellos que prefirieron terminar con su vida antes de continuar con el tormento, sino también el momento en que decidieron unirse para luchar en reclamo de justicia. Es una lucha que los sobrevivientes están dando en soledad. Sin embargo, cada uno de ellos manifiesta un deseo muy íntimo: cuidar a los chicos que corren, hoy, el mismo peligro.

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