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Aporofobia ¿Por qué rechazamos a los pobres? Así cala entre nosotros el desprecio a los sintecho

Personas sin hogar denuncian el desamparo que les provoca dormir en la calle y reclaman su derecho a una vivienda digna. Asociaciones y entidades advierten de la grave y frágil situación de las víctimas de aporofobia, expuestas a agresiones.

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Una persona sin hogar duerme en la calle. / EFE

Antes de echarse a dormir, no cierran la puerta con llave para sentirse más seguros por la noche. No hay nada que girar, si acaso sus cuerpos entre mantas y cartones. Viven en la calle y, como personas sin hogar, son vulnerables a los delitos de odio. “La inmensa mayoría ha sufrido agresiones. Estamos completamente expuestos y todas las noches pasas miedo, porque no sabes cómo va a transcurrir la madrugada”, explica Miki. “De hecho, duermo vestido y con los zapatos puestos por si tengo que levantarme de un salto y escapar”.

Tiene treinta y tres años, nació en Sevilla y, tras formarse como diseñador gráfico, ha trabajado en lo que ha podido. El pasado verano curró en un hostal de Barcelona y, con el dinero ahorrado, pudo alquilar una habitación. Luego, en Navidades, tuvo una mala experiencia con el dueño de un restaurante. “La primera nómina llegó con retraso y dejó de pagarme dos meses, por lo que tuve que volver de nuevo a la calle. Era un maltratador y sufrí una depresión porque me sometía a una humillación continua”.

Su actual dirección es Madrid, sin número.

“Me ha despertado a patadas alguna pandilla de chavales. Que te peguen jóvenes borrachos que salen de marcha es frecuente, aunque no sé qué les parece tan divertido. Peor lo tienen las mujeres, porque alguna compañera se ha desvelado con un tío tocándole los pechos”. Después de recorrer varias localidades, Miki llegó a la capital en febrero. Al poco, organizó una acampada frente al Ministerio de Sanidad, Consumo y Bienestar Social para que las personas “en situación de sinhogarismo dispongan de una opción de acogida inmediata y adecuada”.

Otras tiendas como las del paseo del Prado fueron instaladas ante la sede del Ayuntamiento, en la plaza de Cibeles. Allí lo detuvieron en julio y en octubre fueron desalojados del principal escenario de la protesta, donde cada día despliega una pancarta que reza Decreto ya: nadie sin hogar. Algunos compañeros comen y se manifiestan junto a él, aunque el mal tiempo o los policías a veces los disuaden. Miki, impertérrito pese a la lluvia, señala hacia las letras del edificio del Ministerio y lee: “Política Social e Igualdad”, como se denominaba Sanidad en tiempos de Zapatero.

“Le hemos mandado una carta a los dirigentes del PSOE y de Podemos para que incluyan nuestras reivindicaciones en el pacto de Gobierno”, explica el portavoz del movimiento Nadie Sin Hogar, cuya misiva cita a los sintecho fallecidos en los últimos meses y señala que la situación del colectivo es “insoportable” porque se encuentra “en peligro grave y continuado”. Él lleva una década sin una vivienda estable, “alojado en habitaciones precarias o con amigos”, y dos años a la intemperie. “Ahora hay que proteger a los más vulnerables y en el futuro garantizarles a quienes lo necesiten un espacio adecuado para que recuperen su autonomía”.

La casa, según él, empieza por el tejado.

“Es lo principal para reconstruir una vida. Sin un techo, resulta un camino de obstáculos. Hasta algo tan sencillo como preguntarle la hora o una dirección a una persona le provoca temor. Cuando vas al médico, tienes que humillarte y hacerte el pobrecito para tener un mejor tratamiento, cuando una asistencia digna favorecería nuestra recuperación. También es especialmente duro e indignante que exista un prejuicio entre los trabajadores sociales o que las fuerzas del orden nos traten con desdén”, se queja Miki, un invisible.

“Que la gente mire hacia otro lado también es aporofobia, una mezcla de miedo, desprecio y odio”.

El concepto fue planteado en 1995 por la filósofa Adela Cortina, quien cinco años después propuso que el Diccionario de la Real Academia Española recogiese el neologismo: “Dícese del odio, repugnancia u hostilidad ante el pobre, el sin recursos, el desamparado”, proponía. Desde 2017, cuando fue elegida como el término del año por la Fundación del Español Urgente (Fundéu), figura como fobia a las personas pobres o desfavorecidas. “Lo que no tiene nombre no existe. Por eso es necesario buscar palabras que nos ayuden a definir realidades sociales innegables y cotidianas”, escribía Javier Lascuráin, coordinador general de la entidad.

Cortina, catedrática emérita de Filosofía Moral de la Universitat de València, le dedicó un libro a “un atentado diario contra la dignidad, el bienser y el bienestar de las personas concretas hacia las que se dirige”. En Aporofobia: el rechazo al pobre (Paidós) compara “la acogida entusiasta y hospitalaria” a los turistas con “el rechazo inmisericorde a la oleada de extranjeros pobres”, a quienes se les impide la entrada en nuestro país. "Lo que provoca rechazo y aversión no es que vengan de fuera, que sean de otra raza o etnia, no molesta el extranjero por el hecho de serlo”, escribe la profesora.

Molesta, eso sí, que sean pobres, que vengan a complicar la vida a los que, mal que bien, nos vamos defendiendo, que no traigan al parecer recursos, sino problemas [...]. Es el pobre el que molesta, el sin recursos, el desamparado, el que parece que no puede aportar nada positivo al PIB del país al que llega o en el que vive desde antiguo, el que, aparentemente al menos, no traerá más que complicaciones”.

"Son las víctimas perfectas"

Un sentimiento al que había que ponerle nombre: aporofobia, del griego áporos (pobre) y Fobos (pánico). HATEnto, el Observatorio de delitos de odio contra personas sin hogar, calcula que la mitad de los sin techo han sufrido un delito de odio, un dato extraído de las entrevistas realizadas sobre el terreno, aunque la agravante no figura en el Código Penal. El Senado aprobó el pasado octubre una proposición de ley para que fuese equiparable al racismo, la xenofobia o el antisemitismo, pero aún hay que dar más pasos para que figure en la ley.

“Son las víctimas perfectas, porque desconfían del sistema social, sanitario y jurídico”, explica Beatriz Fernández, coordinadora del equipo jurídico de Arrels Fundació, que calcula que en Barcelona hay 3.800 personas sin hogar. “Son conscientes de que la denuncia se archivaría si no pueden identificar al agresor y muchos no han accedido al soporte social, psicológico y sanitario cuando lo han necesitado, por lo que son escépticos ante las ayudas”, añade la abogada, quien considera que no cuentan para la sociedad, que los ignora, ni para la Administración, que prefiere apartarlas para que no sean visibles en el centro de las ciudades.

Fernández incluso cree que a veces no son conscientes de su situación. “Reconocen que es muy duro, pero consideran que la violencia forma parte de la calle, donde hay una doble victimización. A la aporofobia que sufren las mujeres podría añadirse la agravante de género, mientras que los sin papeles no denuncian por temor a que les abran un procedimiento de expulsión. En el caso de ellas, hasta pueden darse los tres casos”, añade la letrada de Arrels Fundació, quien recuerda los motivos que les han podido llevar hasta ahí. Entre otros, la pérdida del trabajo, una ruptura sentimental, la muerte de un familiar o el rechazo de los suyos, una adicción sin tratar o un problema mental.

María, a sus cincuenta y cinco años, relata un doloroso pasado donde confluyen un conflicto familiar, un maltrato por parte de su marido, un divorcio que le apartó de sus dos hijos y una incapacitación promovida por los suyos con el objetivo, según ella, de apartarla de la herencia de sus padres. “No quieren que cobre un euro y para eso alegan que estoy mal de la cabeza”, explica esta madrileña que dejó su casa hace tres décadas porque el ambiente era irrespirable. “Eran de extrema derecha y no estaba dispuesta a dejarme humillar como mi madre y mis hermanos”.

Empezó limpiando y cuidando niños, hasta que se casó con un hombre que ya la maltrataba durante el noviazgo. “Me pegaba porque me exigía que estuviese siempre alegre, cuando yo sufría una depresión, pero aguanté por mis hijos hasta que pedí el divorcio”. En la calle y rechazada por su familia, María no se atrevía a dormir al raso por miedo a lo que le pudiera pasar. “Prefería vagar por la ciudad o meterme en un bar y echar horas con un café. Luego logré alquilar una habitación y estuve en la acampada ante Ministerio”. Mientras abre una carpeta y papelea, añade que ahora lucha por recurrir su incapacitación. “Y pensar que de niña vivía como una princesa”.

Las mujeres, más vulnerables

El 80% de las personas sin hogar son hombres, pero las mujeres son especialmente vulnerables porque están expuestas a la violencia sexual, afirma Gonzalo Caro, técnico de relaciones institucionales de Hogar Sí, una entidad antes conocida como Fundación Rais. “El sinhogarismo no solo viola el derecho a la vivienda, sino también a la seguridad, que se ve gravemente amenazado. Antes, las agresiones permanecían ocultas, porque no se tramitaban como delitos de odio, aunque en los últimos años ha habido avances”, añade Caro.

El Consejo de Ministros aprobó la Estrategia Nacional Integral para Personas Sin Hogar 2015-2020, que considera “imprescindible la erradicación de la intolerancia y de la indiferencia respecto a episodios de violencia contra personas sin hogar”. El texto reconocía la aporofobia como una agravante en los delitos de odio y pedía una mayor “sensibilidad” de todos los actores sociales, de la enseñanza a la judicatura.

Por otra parte, en el primer semestre de este año la Unidad de Gestión de la Diversidad (UGD) de la Policía Municipal de Madrid registró diecisiete denuncias por delitos de odio motivados por la exclusión social, tres más que en el mismo periodo de 2018, aunque sus actuaciones son superiores, pues muchas no se materializan en una querella. De hecho, Hogar Sí calcula que el 47% de las personas sin hogar sufrieron al menos un incidente y o delito de odio, un porcentaje que aumenta hasta el 60% en el caso de las mujeres. Además, un 25% han sufrido agresiones físicas motivadas por su exclusión social, si bien el 87% no fueron denunciadas.

Protesta de Nadie Sin Hogar ante el Ministerio de Sanidad, Consumo y Bienestar Social. / H.M.

Algunas todavía no han entrado en las estadísticas, como señala HATEnto, observatorio dependiente de Hogar Sí, que recogía cinco presuntos delitos por aporofobia entre finales de julio y agosto: dos apuñalamientos en Barcelona y tres agresiones en Madrid, Las Palmas de Gran Canaria y Vigo, donde una anciana fue pateada de madrugada en un cajero. Dos meses antes, en la misma ciudad, a otra persona que dormía en otra sucursal bancaria le robaron la documentación, 320 euros, un móvil y unas gafas. El Informe sobre la evolución de los delitos de odio en España en 2018, elaborado por el Ministerio del Interior, apenas arroja luz sobre el problema, pues recoge sólo catorce “hechos conocidos” —de los cuales dos no fueron esclarecidos—, tres más que en 2017.

“A diferencia de otros colectivos, la solución para evitar estos sucesos es obvia: proporcionarles una vivienda. Nadie tiene por qué renunciar a su orientación sexual, por ejemplo, pero con un techo las víctimas del sinhogarismo verían reducida la discriminación que sufren”, explica Gonzalo Caro, quien valora la labor de la unidad especializada de la Policía Municipal de Madrid, pues “ha permitido que aflorasen los delitos por aporofobia”.

La tendencia, según el portavoz de Hogar Sí, era que la ciudadanía mantuviese una distancia moral, achacándoles “molestias” y considerándolos “un problema de orden público” que afecta a la hostelería o a la imagen de una ciudad. “No se trata de esconderlos para que no se vea el problema, sino buscar un remedio a un exclusión muy grave”. Caro, más allá de la intolerancia y la deshumanización, achaca algunos casos a la falta de empatía hacia el desfavorecido.

Adela Cortina cree que usted también lleva dentro el rechazo al pobre, una actitud cuyo alcance sería universal. “Todos los seres humanos somos aporófobos, y esto tiene raíces cerebrales, pero también sociales, que se pueden y se deben modificar”, escribe la filósofa en su libro, donde aboga por el respeto a la dignidad de las personas y por la compasión, “entendida como la capacidad de percibir el sufrimiento de otros y de comprometerse a evitarlo". Sin embargo, la realidad sigue siendo otra: "Las puertas de la conciencia se cierran ante los mendigos sin hogar, condenados mundialmente a la invisibilidad”.

¿Cuánta gente vive en la calle?

Hogar Sí calcula que en España hay 31.000 personas viviendo en la calle, de las cuales casi la mitad lleva más de tres años en esa situación. Cada noche, duermen al raso 8.000, mientras que muchas pernoctan en otros espacios, como los albergues, donde tres de cada cuatro plazas están orientadas a una estancia temporal. La entidad estima que el 26% de las mujeres se quedaron sin hogar tras haber sufrido violencia de género, una situación a la que vuelven a estar expuestas una vez en la calle.

La Encuesta de centros y servicios de atención a las personas sin hogar 2018, elaborada por el Instituto Nacional de Estadística, refleja que de los 18.001 alojados al día un 15,2% son víctimas de violencia de género, mientras que el 39,5% son inmigrantes o solicitantes de protección internacional. Es el caso de Diana, una colombiana que asegura haber huido de su país porque era el blanco de una organización narcoparamilitar. Ama de casa y madre soltera, dejó a su hijo de ocho años con sus padres y aterrizó en Madrid, donde durmió en un hostal hasta que hace cuatro días se le acabó el dinero.

“La situación en la calle es dura, pero se puede vivir. Allá no”, explica esta joven de veintiséis años, quien está iniciando el proceso para solicitar el asilo. También es el caso de William, quien abandonó El Salvador hace quince días porque las pandillas comenzaron a extorsionarlo. Regentaba una tienda de souvenirs y cuando dejó de pagar, llegaron las amenazas de muerte.

Tras dormir en un par de pensiones, desde hace dos días busca algún refugio para cobijarse por las noches. “Hay albergues, pero hay colas y listas de espera. Si recurres a los servicios asistenciales, debes cumplir muchos requisitos, por lo que en la práctica nos obligan a estar en la calle”, asegura este salvadoreño de cuarenta años. “Yo también intento tramitar el asilo antes de que se me acabe el visado de tres meses para turistas. Mientras, toca buscar un lugar donde nos den de comer y habrá que aceptar algún trabajo mal pagado, porque sin documentos se aprovechan de nosotros”.

William se siente inseguro en la calle, donde se ha encontrado con otras personas que atraviesan su mismo problema. “He conocido a americanos que esperan como yo obtener papeles, pero también muchos españoles sin hogar. Espero que mi estancia aquí sea temporal y poder volver a casa algún día, aunque es más fácil sobrevivir a estas dificultades que regresarnos”, explica junto a César, un compatriota de veinticinco años que trabajaba en un centro de atención telefónica hasta que las maras llamaron a su puerta. “Me negué a unirme a ellos y dijeron que si no lo hacía me matarían. Por eso, decidí huir y venirme a Madrid”. Cuando se le acabó el dinero, adiós hostal, hola calle.

“El laberinto burocrático lleva y mantiene en la calle a mucha gente, por culpa de divorcios, violencia de género, desempleo, permisos de residencia o trabajo, etcétera”, opina Miki, quien carga contra las autoridades municipales. “Los mayores exponentes de la aporofobia son el alcalde de Madrid, José Luis Martínez-Almeida, y el delegado de Familias, Igualdad y Bienestar Social, Pepe Aniorte, por sus políticas contra los sintecho. No les interesa que se visibilicen nuestros problemas, aunque ellos no los ven porque no pisan la calle”.

¿Cuánta gente comparte acera, soportal, banco o asfalto? El 12 de diciembre de 2018, los voluntarios que ayudaron a recabar datos para el Informe IX Recuento Personas Sin Hogar en Madrid —financiado por el Ayuntamiento y elaborado por varias universidades y organizaciones sociales— detectaron la presencia de 650 personas que pernoctaban en la calle, 126 más que en 2016. Otras 675 estaban alojadas en pisos, 1.250 en centros de acogida, 189 en centros de acogida para inmigrantes y 234 en asentamientos, hasta sumar 2.998 ciudadanos sin hogar.

"Atentado contra la dignidad"

"Carecer de hogar supone una ruptura relacional, laboral, cultural y económica con la sociedad, es una clara situación de exclusión social. El sinhogarismo es la expresión de una suprema vulnerabilidad”, escribe Adela Cortina, quien considera "necesario" superar "una realidad social tan presente y dolorosa" porque "el rechazo al pobre degrada a quien lo practica y es un atentado contra la dignidad de personas concretas, con nombres y apellidos". El antídoto, según ella, pasa por la educación y el trabajo de las administraciones.

Aunque a veces incluso falla la propia familia, “porque se ve al pariente pobre como una vergüenza que no conviene airear, mientras que es un placer presumir del pariente triunfador”, reflexiona la autora de Aporofobia: el rechazo al pobre. “Mi hermana y mis hijos no me han abierto la puerta de su casa”, asegura María, quien en su día huyó de unos padres ultraconservadores que no aceptaban que rehiciese su vida con otro hombre “porque para ellos era pecado”. Hasta llegaron a ponerse de parte, según ella, de su exmarido maltratador.

“Las familias, en algunos casos, también los apartan por una cuestión de vergüenza o de estigma social”, explica Beatriz Fernández, coordinadora del equipo jurídico de Arrels Fundació. También cuando se enfrentan a un allegado que sufre problemas de salud mental. “Las relaciones familiares son uno de los principales sostenes de las personas, por eso es fácil imaginarse qué sucede cuando se cortan”, añade Fernández, quien estima que la solución a la aporofobia pasa por la sensibilización.

Recuerda algunos casos mediáticos, como los hinchas del PSV que humillaron a varias mujeres en la plaza Mayor de Madrid, el youtuber que ofreció a un hombre galletas rellenas de pasta de dientes en Barcelona o los turistas ingleses que celebraban una despedida de soltero en Benidorm y le pagaron a un joven cien euros por tatuarse el nombre del novio en la frente.

“Son casos punibles y podrían ser tipificados como delitos de odio”, advierte la abogada de Arrels, quien estima que “en los cuerpos de seguridad y en la Justicia hace falta mucha pedagogía, pues no pueden eludir la denuncia de una agresión por motivos de exclusión social”. Sin embargo, el joven sin hogar agredido recientemente en Las Palmas de Gran Canaria no acudió a la Policía porque, según declaró a la televisión regional, le habían ofrecido cinco euros si se dejaba golpear mientras lo grababan con un teléfono.

Delito de odio como delito de ocio

Casi un tercio de las experiencias negativas sufridas por personas que viven en la calle estuvieron protagonizadas por jóvenes que estaban de fiesta, según datos de Hogar Sí. Insultos, humillaciones y, en un 60% de los casos, agresiones físicas. El delito de odio como delito de ocio. “No es el perfil mayoritario, pero el porcentaje de agresiones en ese entorno resulta alto y se ha convertido en un fenómeno”, explica Gonzalo Caro, quien matiza que sólo el 10% de los agresores eran neonazis. “Las instituciones deberían permanecer atentas y medir el calado de sus acciones, pues la existencia de grupos organizados que actúan de manera sistemática sería un motivo de alerta”.

Esteban Ibarra, presidente del Movimiento contra la Intolerancia, distingue entre la extrema derecha presente en las instituciones y los grupos ultras, quienes según él protagonizan los ataques a las personas sin hogar. “Fundamentalmente son nazis y violentos del fútbol que salen del estadio, ven a un sintecho y lo machacan”. No obstante, Adela Cortina no para de recordar cómo Marine Le Pen hizo crecer al Frente Nacional en Francia —donde en 2017 disputó la segunda vuelta de las elecciones presidenciales a Emmanuel Macron— y cómo Donald Trump llegó a la Casa Blanca: atacando no tanto a los extranjeros como a los refugiados e inmigrantes. O sea, al mexicano pobre.

“El problema no es entonces de raza, de etnia ni tampoco de extranjería. El problema es de pobreza. Y lo más sensible en este caso es que hay muchos racistas y xenófobos, pero aporófobos, casi todos", escribe Adela Cortina. Ese rechazo y temor a lo desconocido, espoleado por un discurso patriótico, supremacista y excluyente, podría haber dado alas a Vox en las pasadas elecciones. Convendría recordar estas palabras de la catedrática emérita de Filosofía Moral de la Universitat de València: "La fuente de la que surgen el odio y el desprecio es el que odia, no el despreciado".

Subestimados por no tener una vivienda y vivir en la calle. “Aunque estén ahí a la fuerza, por reveses de la vida y las dificultades para engancharse a otra oportunidad, por lo que entran en un ciclo donde no hay otra opción”, añade Ibarra, quien alude a los mitos y falsas creencias de una sociedad donde “el individualismo y el egoísmo avanzan de forma galopante, lo que repercute en una falta de solidaridad y de piedad hacia la persona sin hogar”: están en la calle porque quieren, tendrían que ponerse a trabajar, son unos vagos...

“Falta empatía y solidaridad, porque en un entorno favorable podrían superar sus problemas. Nos comentan que han sido víctimas de agresiones brutales. Y, aunque la casuística es amplia, algunos prefieren no estar en albergues para mantener un espacio de libertad, aún sabiendo que la calle supone un riesgo para su vida, pues hay grupos que descargan todo su odio contra ellos”, apunta el presidente del Movimiento contra la Intolerancia, cuyo Informe Raxen recoge las agresiones motivadas por la aporofobia.

No todas, porque la falta de denuncias provoca que muchas pasen desapercibidas. “El porcentaje sigue siendo elevado, lo que refleja un desprecio a los sintecho que en realidad oculta un desprecio a la propia dignidad humana. No se dice públicamente, pero en la sociedad está interiorizado que hay personas con menos valor, concluye Esteban Ibarra, quien advierte de que nadie está fuera de peligro. “Ojo, porque todos podemos correr el riesgo de vernos en una situación similar”.

"Soy como un adoquín"

Mientras no ocurra, la sociedad mira hacia otro lado. “A veces son tan invisibles que los confunden con el mobiliario urbano. Otras infunden rechazo y miedo. Y, casi siempre, la gente piensa que si están ahí es porque algo han hecho mal, lo que supone un gran peso para ellos”, razona Tíscar Espigares, responsable de la Comunidad de Sant'Egidio en Madrid. Como le decía un amigo sintecho: “Aunque me den dinero, ni me miran. Soy como un adoquín. No existo para nadie”.

Espigares alude a la soledad como otra de sus desgracias. “Lo peor no es el frío y la lluvia, sino que no haya nadie que se preocupe por ti. Expuestos a enfermedades físicas y mentales, resulta difícil permanecer invulnerable”, añade la profesora de Ecología en Universidad de Alcalá, cuya labor social la ha llevado a dirigir a un grupo de personas que se encarga de asistir a los sintecho en las calles de Madrid.

Durante años, han visto de todo. Amigos, como les llama Tíscar, a quienes les han gastado una broma pesada, les han robado lo poco que tenían o les han hecho daño. Las ancianas cuya magra pensión apenas les da para pagar “una pensión de mala muerte”, por lo que deambulan por la ciudad durante todo el día porque no tienen ni para comer: “La imagen de la fragilidad”. El señor que acudía al reparto de alimentos con una maleta porque no quería que se supiese que pedía comida. Mejor que los vecinos pensasen que regresaba de viaje: “La pobreza vergonzante”.

Espigares deja claro que a veces basta un saludo, una sonrisa, un guiño. “Muchas personas que salieron a flote ahora nos ayudan a hacer lo mismo con otras. Nadie está vacunado para evitar que le pase algo así. Pierdes el trabajo, te separas, se mueren tus padres… En ocasiones, cuando pasas delante de ellos, sientes miedo porque son un ser humano como tú. Su imagen de fragilidad y debilidad asusta porque te puedes ver reflejado en ellos. A lo mejor mañana tú puedes ser él”.

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