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Barcelona cooperativista, una historia que habla a través de los edificios

En la actualidad existen decenas de edificios que fueron sedes de cooperativas históricas. Algunos, como la Lleialtat Santsenca, son de titularidad municipal y gestionados por el vecindario, pero otros acabaron en manos privadas y les espera un futuro incierto.

Façana de la Lleialtat Santenca. Laia Ros
Fachada de la Lleialtat Santenca, una de las cooperativas pioneras del barrio barcelonés de Sants. Laia Ros.

Barcelona tiene un pasado cooperativista muy arraigado en su historia que puede verse con especial intensidad en los barrios obreros e industriales de la Barceloneta y Sants, donde el cooperativismo todavía tiene un papel importantísimo. De estos barrios son originarias las históricas Segle XX o La Lleialtat Santsenca, nombres claves en la trayectoria del cooperativismo en la capital catalana, pero la lista podría alargarse hasta cientos. Han pasado años desde que estas cooperativas vivieron su apogeo: fueron desapareciendo y hoy (con la guerra civil y el franquismo de por medio) parte de su historia nos la pueden contar los edificios en los que estuvieron alojadas. Pero han sufrido destinos diversos y más o menos afortunados.

Y es que otra cosa que caracteriza a Barcelona es la tensión de su mercado inmobiliario. Por eso, muchos de estos edificios que están en manos privadas corren el riesgo de desaparecer. Uno de los últimos casos lo protagonizó la Unió Cooperativista Barcelonesa, que fue "la catedral del cooperativismo, donde se realizaban las grandes asambleas con una infraestructura de primer orden. Un ejemplo del cooperativismo moderno", asegura Ivan Miró, sociólogo y uno de los mayores expertos en cooperativismo en Catalunya.

Como ocurrió en muchas cooperativas, su destino se dio la vuelta con la llegada del franquismo: a finales de la dictadura, la Unió Cooperativista pasó a manos del arzobispado, que convirtió el edificio en la parroquia de Sant Isidre. A mediados de 2021 los terrenos fueron cedidos por 75 años al Hospital Clínic, para que lo derribara y construyera un centro de innovación tecnológica. Ante esto, sesenta entidades se movilizaron y, finalmente, el Ayuntamiento de Barcelona aseguró que el edificio no iría al suelo, ya que el informe histórico avala que se conserve, pero el alcance de la conservación dependerá de la evaluación del informe patrimonial. "Queda ver qué quieren hacer los propietarios, pero eso no debería corresponderles. Deberían devolver el edificio a la ciudad, porque si no estarían avalando lo ocurrido durante el franquismo", apunta Miró.

Y es que las demandas de la ciudadanía pasan por que el edificio se conserve, pero también porque se "repare la injusticia histórica que supuso que la iglesia se quedara un equipamiento que debe ser para la ciudadanía. Lo adquirieron de forma legal, pero no hubiera sido así de no ser por la derrota republicana", explica el sociólogo. De la misma forma, los defensores de la conservación del edificio aseguran que es patrimonio de la ciudad, pero sus objetivos no son meramente estéticos ni arquitectónicos, sino que piden que acabe teniendo usos comunitarios y que se ponga a disposición del barrio y sus necesidades.

Visibilizar al pasado cooperativista

Los edificios que fueron sedes de cooperativas han tenido destinos muy dispares, pero uno de los más significativos es el que implica su reconversión en equipamientos culturales, ya sean públicos o privados. "Las cooperativas tuvieron una dimensión cultural importante e incluían salas de teatro o ateneos", explica Miró. Así, muchas continuaron esta senda y algunas se convirtieron en salas de teatro muy conocidas en la capital como la Sala Beckett, que fue la cooperativa Pau i Justícia, o el Teatreneu, que era la cooperativa Teixidors a Mà. También destaca el caso de la Fraternitat, que ahora es la biblioteca pública de la Barceloneta.

Iván Miró: "Las cooperativas tuvieron una dimensión cultural importante e incluían salas de teatro o ateneos"

Ahora bien, gran parte de la población que ha sido usuaria de estos equipamientos no tiene ni idea del pasado cooperativista que albergan sus paredes. Por eso, más allá de la conservación y la reutilización, el tejido cooperativo de la ciudad demanda que se reivindique su origen. "La cooperativa que estaba en la Sala Beckett tenía un millar de socios. Debemos poner de relieve esta genealogía e instalar elementos que recuerden que estos edificios fueron construidos por el pueblo", apunta Miró, quien añade que "tenemos una ciudad que visibiliza mucho los edificios levantados por el capital de la industria, pero desvaloriza la construcción de las clases populares".

En este sentido, destaca mucho el trabajo de conservación y reivindicación que se realiza desde los movimientos vecinales que se han apropiado de estos edificios. Un ejemplo sería el del ateneo Flor de Maig del Poblenou. Este edificio acogió a finales del siglo XIX a La Societat Cooperativa Obrera d'Estalvi i Consum Flor de Maig, que fue una de las cooperativas más importantes del país, llegando a tener varias sucursales. Su fin llegó a 1950, debido a una fuerte crisis económica. Después, el edificio siguió como escuela y en 1978 el vecindario lo recuperó como ateneo popular. A raíz de una larga a reivindicación popular, el Ayuntamiento de Barcelona compró el inmueble en 2014, para garantizar su viabilidad. Esta operación fue esencial para la supervivencia del edificio, ya que dos años más tarde se detectaron fallas estructurales que obligaron a realizar una remodelación que costó 930.000 euros y que sufragó el consistorio.

"Tiene mucho sentido que estos edificios sean de titularidad municipal, para blindar su gestión cooperativa y hacer frente a necesidades sociales, culturales y educativas de los barrios", explica Miró. Como la Flor de Maig hay varios ejemplos, tales como el Empar de l'Obrer, que hoy acoge la Federación de Cooperativas del Trabajo de Catalunya, así como diversas entidades. También destacaría la sede de la cooperativa Segle XX de Sants, que el Ayuntamiento expropió y que ahora es dinamizada por el casal de jóvenes. Sin embargo, según Ivan Miró, en este último caso habría que "darle un impulso porque es un espacio infrautilizado". Casuísticas hay muchas, pero donde coincide todo el mundo es que si sólo se puede elegir un ejemplo para destacar la buena conservación y dinamización de una antigua cooperativa, ésta es la Lleialtat Santsenca.

Bar de la Lleialtat Santenca. Laia Ros.
Bar de la Lleialtat Santenca. Laia Ros.

Del barrio y para el barrio

Hoy, la Lleialtat Santsenca es un espacio comunitario que acoge a unas sesenta entidades y que dinamiza actividades culturales y promueve la organización vecinal. Ocupa la sede de una cooperativa de consumo homónima que se instaló en 1927 y acabó ofreciendo diversos servicios culturales, cobertura de accidentes para los trabajadores e incluso un gimnasio. Pero su ocaso llegó en el franquismo. "Empieza una época oscura, carente de documentación, que borra la memoria de la Lealtad", explica Núria Gurina, miembro del equipo técnico de la Lleialtat.

Pocos recordaban que la Lleialtat había sido una cooperativa y es el vecindario quien recupera ese legado

Pasados algunos años, el cooperativismo dio paso a una fábrica de turrones y a la mítica sala de baile Bahía (de la que todavía conservan la cartelería). Pocos recordaban que la Lleialtat había sido una cooperativa y es el vecindario quien recupera ese legado cuando, fruto de la crisis del 2008 y ante la carencia de equipamientos, se fija en el edificio e investiga. "Se comienza a gestar un proyecto de recuperación que reivindica la memoria del espacio, con los valores cooperativistas bien presentes, para resaltar un legado que fue borrado durante muchos años", recuerda Gurina.

El Ayuntamiento se hizo cargo del edificio y elaboró, conjuntamente con el vecindario, un plan de usos que "ponía el espacio al servicio de las necesidades del barrio". Así, hoy la Lleialtat se ha convertido en todo un referente de la cultura popular y la organización vecinal, no sólo en Sants, sino en toda Barcelona, alojando a entidades y propuestas formativas, educativas, culturales y lúdicas. Y siempre teniendo claro que la gobernanza debe estar en manos de la gente. "Todos los edificios que fueron sedes de cooperativas deberían recuperarse y ponerlos a disposición de los barrios. Perder un espacio así no es sólo una afrenta a la memoria histórica, sino un impedimento por la autoorganización", dice Gurina.

Y es que hay muchos edificios que no han corrido la misma suerte que la Lleialtat. Muchos terminaron en manos de empresas inmobiliarias que les han convertido en oficinas o pisos, como es el caso de la antigua cooperativa Flor de Maig de Sant Gervasi Galvany que, pese a la oposición de los movimientos y el consistorio, fue derribado en 2021 para construir oficinas de una multinacional estadounidense. "Todo lo que surgió del pueblo, debería estar en manos colectivas. Un bien común de esta magnitud debería descapitalizarse. Si no, es una injusticia histórica". Y es que estos edificios no sólo hablan del pasado, sino del futuro: "disponer de estos espacios te permite posicionarte, saber de dónde vienes y proyectar el mañana", asegura Gurina.

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