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Grandes Amigos Dos días al año de vacaciones: la soledad de nuestras abuelas

Son mujeres, tienen más de 80 años, hijos y nietos, pero se sienten solas. Durante el verano: "solísimas". Acompañamos a estas abuelas en sus 48 horas de vacaciones. Un fin de semana que las saca de los márgenes, en el que vuelven a sentirse tratadas como el resto. Doce vidas completamente distintas y una misma herida que las une.

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Son mujeres, tienen más de 80 años, hijos y nietos, pero se sienten solas. Grandes Amigos

La estampa es la siguiente. Doce mujeres pasados los ochenta años. Sentadas en círculo en el césped de una piscina. En una esquina, por eso de no llamar la atención. Pelos blancos. Muletas y bastones sobre la hierba. La terapeuta ocupacional, en el medio, explica los ejercicios de fisioterapia con reguetón de fondo. Se ríen, se vacilan, y alguna se aburre.

Es sábado. Estamos en el Hotel Rural Hacienda Los Robles de Navacerrada, pasadas las seis de la tarde, y este grupo de señoras ya ha jugado al bingo, hecho ganchillo, tomado el sol en la piscina -una, incluso se atrevió a meterse, nos cuentan con asombro-, y ha dormido más de lo habitual. Muchos podrían decir que se trata de una escena típica del IMSERSO. Un viaje de esa tercera edad de la que se habla como si nunca nos fuera a alcanzar, con el tono de lo ajeno.

Pero de típico en estas mujeres no hay nada. No pueden ser más diversas. Por eso a veces ríen y comparten, y otras, tratan de reconocerse como los chavales que acaban de llegar al campamento y no saben muy bien a quién acercarse. Algunas cosas sí que las unen: dos días que serán sus únicas vacaciones del año, dos días en los que hablarán y las escucharán como nunca. Y la tercera: Una soledad que impregna su cotidiano como un pegamento viejo que no hay aguarrás que elimine.

Si miramos a Madrid la cifra de mayores de 65 años que se quedan aislados en los tres meses estivales asciende a los 150.000

El verano de unos: con su playa, su montaña, las fiestas del pueblo, o el hotel Todo Incluido. El verano de ellas: sin visitas, sin llamadas, ni vecinos a los que tocar la puerta en caso de necesidad. La tele, el ventilador, y las horas muertas.

Esta última es la opción de al menos un millón de ancianos abandonados en España, si hacemos caso a los datos de la ONG "Solidarios para el Desarrollo". Una cifra que según la misma organización en verano llega a alcanzar los tres millones. Si miramos a Madrid la cifra de mayores de 65 años que se quedan aislados en los tres meses estivales asciende a los 150.000.

Estas doce mujeres forman parte de esta estadística. Y se sitúan entre las afortunadas que auxiliadas por una ONG como Grandes Amigos, pueden disfrutar de 48 horas de vacaciones, gracias a una campaña de donaciones con las que esta organización consigue dar un descanso merecido y en buena compañía a estas mujeres. Son dos días en los que poder ser como el resto, tratadas como, para ser precisos. Un fin de semana que las rescata de los márgenes, las devuelve a la vida, o a cosas como éstas:

-Llevo toda la semana soñando con ponerme un bañador. Nada me hace más ilusión-.

Lo dice Carmen, a sus 81 años, con un corsé pegado al cuerpo que intenta enderezar su columna de sauce llorón.

-Ver el verde tan de cerca, los pinos, hacía años que no los veía-, sigue Carmen, hablándonos de lo mejor de este día y medio que lleva de vacaciones. Las primeras en cuatro años.

-Poder hablar con la gente. Reírse un rato-, es lo que a sus 84 años espera Felisa de este fin de semana.

"Sola, no. Estoy solísima. Hago una clase de fisioterapia a la semana, pero solo hay una fisioterapeuta para 200 como yo", señala la mujer

San Isidro, Navidades, y las 48 horas en la sierra de Madrid son las tres ocasiones del año que esta mujer de pelo cano con luces violetas, uñas pintadas de fuxia, y abanico turquesa, sale de su residencia. "Son las actividades de Grandes Amigos, no me las pierdo nunca". No solo eso, sino que confiesa que cuenta los días hasta la próxima excursión porque en su actual residencia de Vallecas no tiene con quien hablar: "Sola, no. Estoy solísima. Hago una clase de fisioterapia a la semana, pero solo hay una fisioterapeuta para 200 como yo. La pobre no tiene tiempo de atender mi dolor en el brazo, somos demasiados".

En esa había un taller para hacer bolsos “de esos de esparto que se pusieron de moda”, y ganchillo, y bingo. Grandes Amigos

Felisa antes estaba en otra residencia, también pública, pero en otra zona de Madrid. En esa había un taller para hacer bolsos "de esos de esparto que se pusieron de moda", y ganchillo, y bingo. Ahora tan solo va a unas clases de memoria y vuelve a su habitación: "Es que no puedo hablar con la gente que está allí, la mayoría están un poco idos pero yo de cabeza ando bien". Lo corroboramos. Por eso Felisa nos dice que se mete en su cuarto y se engancha a la televisión. Alguna vez se acerca a la iglesia de San Judas para escuchar la misa. Sus dos hijos la visitan poco, y sus dos nueras, menos. "Me he pasado la vida intentando no molestar, no meterme en lo que no me concierne, pero creo que todo me ha salido mal porque estoy muy sola".

Pero hablábamos de diversidad

Carmen conoce 36 países. Voló a Japón en 1965 y atravesó la ruta Polar: "De ese blanco no me puedo olvidar, lo más bonito que he visto". Esta maña de 81 años vivió en Bilbao y Madrid, y dedicó gran parte de su vida a la exportación de alfombras. Le vendió una al hijo de Felipe González, nos cuenta con orgullo. Tiene cinco hijas que la cuidan, la visitan, la atienden, pero ella vive sola con una romería de cuidadoras que entran y salen de su vida como si fuera el vagón del metro en hora punta.

María tiene 86 años, es filóloga española, bilingüe de italiano, ex traductora de la lengua de Dante. Declara una "total aversión a las nuevas tecnologías" -se refiere al móvil- porque en dos ocasiones casi la tiran por la calle "uno de esos zombis que caminan mirando el teléfono sin mirar a su alrededor". Y también porque sus hijos y sus nietos "solo están con ese aparato, ya no se hablan, no se miran, y yo directamente no existo".

Paquita empezó de niña trabajando en el campo, y luego de limpiadora, cocinera, camarera o lo que fuera saliendo para mantener a la tropa

Paquita es de Almería, pero lleva casi toda su vida en Madrid. Nueve hijos, tres que fallecieron, como su marido. De "familia muy pobre pero honrada", nos repite al menos tres veces. Manos grandes, dedos retorcidos por la artrosis, y por una vida de poca tregua. "Lo he pasado muy mal, mucho sufrimiento, cosas muy duras". Esta señora de 82 años empezó de niña trabajando en el campo, y luego de limpiadora, cocinera, camarera o lo que fuera saliendo para mantener a la tropa. "Conseguí comprarme mi pisito y de ahí no me saca nadie". Salvo estas excursiones y una compra semanal para dejar la nevera a raya, Paquita apenas sale. "Me dedico a ver mis culebrones que es lo que más me gusta".

María, la filóloga, no quiere ni oír hablar de la televisión. "Gritan mucho, no me interesa nada". Lo que le gusta es leer novelas, todas menos las románticas. "Ahora estoy con una tan buena que he decidido dejarla un tiempo y reservarla para cuando me venga la tristeza". María nos dice que se siente sola: "Una soledad que me aplasta". Tuvo que vender el apartamento de siempre y mudarse a un barrio en el que no conoce a nadie. Casi no ve a sus hijos y dice que no puede ni decir que se siente mal porque la culpan de ser "tóxica". "Mi familia no es consciente de la edad que tengo, de mis problemas y mis necesidades, me siguen viendo como hace veinte años".

"Mi familia no es consciente de la edad que tengo, de mis problemas y mis necesidades, me siguen viendo como hace veinte años", asegura María

Esa queja la repiten todas. Y también insisten en la misma frase para justificar su soledad: "Es el ritmo de vida de nuestros hijos, hay que entenderlo, tienen mucho que hacer…". Lo dicen pero no suena convincente. Lo dicen porque quieren y necesitan comprender eso de "por qué yo que les he dado tanto… y ahora ellos me dan tan poco".

Grandes Amigos es la ONG que las ha traído aquí. Yolanda González es piscopedagoga, conoce la vida de estas doce mujeres como la palma de su mano. Yoli -como todos la llaman- se encarga de organizar estas salidas y de hacer la selección de los voluntarios que visitan semanalmente a los 855 mayores a los que acompaña esta organización. Su idea no es ayudar a los ancianos desde el asistencialismo, sino crear tejidos sociales para ofrecerles relaciones duraderas y cambios estructurales en su entorno.

José Ángel Palacios es portavoz de la ONG y nos asegura que la mayoría de los casos que atienden no son de mayores abandonados por sus familias. Reconoce que los hay, pero asegura que no son los más habituales. "Muchas veces son los hijos los que nos llaman y nos dicen que no pueden visitar a sus padres todo lo que les gustaría y quieren que algún voluntario les pueda visitar. No creo que el foco sea culpabilizar a las familias sino a la sociedad individualista que tenemos".

Grandes Amigos es la ONG que las ha traído aquí. Grandes Amigos

José Ángel nos recuerda algo que parece una obviedad pero que habría que repetirlo como un mantra para que se empiece a tener en cuenta: "Todos vamos a envejecer, pasaremos por esa soledad y tendremos que aprender a gestionarla. No podemos permitir que nuestra sociedad siga dejando de lado a los mayores de 65 años. No puede ser que cuando cumplen esa edad los pongan a todos en el mismo saco como si no fueran personas con su personalidad, sus deseos, sus diferencias. Es como si dijéramos que la generación de entre 30 y 45 años son todos iguales. Parecería un disparate, pues con los mayores de 65 lo mismo".

Paquita es la única que dice que no se siente sola. Pero el día que Ricardo, su voluntario, no va a verla por algún contratiempo, los teléfonos de Grandes Amigas empiezan a arder con sus llamadas. Llevan un año juntos y él tiene la edad de su hijo pequeño y "es muy bueno, muy bueno", y ella, según Ricardo, "con todo ese carácter y personalidad que tiene, me da mucho más de lo que yo le doy. Es un cariño incondicional".

La almeriense llegó triste al hotel porque Ricardo tenía entrenamiento y no podía acompañarla. Pero a eso de las tres de la tarde, este hombre fornido, de barba generosa, y sonrisa contundente había planeado junto a Yoli darle una sorpresa. Fue en el pasillo del hotel, Paquita caminaba con esa cojera que le da una rodilla que ya no aguanta, cuando levantó la cabeza y le vio. Qué abrazos. Qué sonrisa. Las vacaciones de la almeriense habían comenzado.

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