Público
Público

Una gruta es su hogar El hombre que vivía en una cueva

La historia de Álex Shiney es la historia de todos aquellos que deciden dejarlo todo (menos a sí mismos) para reivindicar una vida al margen de un sistema con el que no están de acuerdo.

Entrada a la cueva adornada con plantas, escritos y otros elementos. - Mila García Nogales
Entrada a la cueva adornada con plantas, escritos y otros elementos. Mila García Nogales

Mila garcía nogales

Existe un lugar al que no llegan ni la prisa ni la angustia del mundo. Un lugar donde otra vida es posible. Un lugar que demuestra que se puede elegir. Al que de hecho sólo se accede eligiendo: o todo, o nada. Su nombre no importa. Si crees en él, te quedas contigo y te desprendes del resto. Porque nadie que no estuviese dispuesto a renunciar a lo que tenía ha logrado permanecer allí el tiempo suficiente como para encontrar lo que le faltaba. Ese lugar se ubica en algún punto entre la parte norte de Ibiza y el miedo (o el sueño) de dejar atrás e irse a vivir a una cueva que mira al mar; y desde hace seis años y medio acoge a Álex Shiney en su útero de tierra igual que un hogar feliz te recibe con las puertas abiertas.

Álex, productor musical y dj, llegó a la isla desde su Checoslovaquia natal allá por los noventa. Después de adquirir cierta fama, y de una época difusa, un buen día decidió desprenderse de su existencia anterior. No se sabe con exactitud qué le pasó durante aquellos años. Él tampoco se acuerda. O, tal vez, haya preferido olvidarlo. Lo único que cuenta al respecto es que tuvo una especie de revelación y que, desde entonces, su casa está en esa gruta de apenas dos metros cuadrados que se alza, imponente, sobre un acantilado de piedra caliza con vistas a una de las puestas de sol más bonitas de Ibiza.

Vistas al mar desde la cueva. Mila García Nogales
"Esta no es mi casa. Yo vivo aquí, que es muy diferente"

Sin turistas. Sin aplausos. Aunque Álex prefiere liberarse de los artículos posesivos y referirse a su morada de otra manera: "Esta no es mi casa. Yo vivo aquí, que es muy diferente. La Madre Tierra me permite vivir aquí". En su forma de expresarse, se mezclan el castellano, el inglés, las palabras inventadas y los gestos cósmicos.

Antes que Álex, otras personas habitaron la cueva. El primero fue un chamán. Quizás su presencia impregnase el sitio para siempre, llenándolo de las vibraciones que ahora lo tocan. O quizás no, y solo se trate de tu propia energía en guardia influenciada por la emoción de recalar en él, mucho más humana de lo que parece. Porque, desde el minuto uno en que emprendes el camino escarpado que conduce a la gruta, lo sientes. Te sientes. A la mujer que vivió allí después que el chamán y antes que Álex tuve la oportunidad de conocerla en 2013, cuando mi mejor amigo se torció el pie tratando de mantener el equilibrio y ella, amable, se ofreció para curarle aplicándole unas friegas de vinagre.

Hay mensajes de amor universal escritos en la roca. Si tienes algo que decir, puedes dejarlo ir allí. Yo lo hice. También hay un altar budista. Gatitos. Y, en el espacio que podría reconocerse como salón, un cesto con fruta fresca, cojines estampados y hasta unas flores de plástico en un jarrón. Por todas partes crecen las plantas, los olores, las conexiones. Una cocina tradicional de carbón (durante nuestra visita a Álex, una sopa de col, receta típica de su país de origen según nos explicó, hervía a fuego lento) completa la zona exterior. Lo de dentro queda reservado al almacenamiento y al sueño. En caso de necesitar ir al baño, basta con caminar hasta el final del acantilado, doblar la esquina y... procurar no caerse.

Invitamos a nuestro anfitrión a brindar con una botella que llevábamos en la mochila, ofrecimiento que él aceptó encantado, sacando su propia copa: "¿Sabéis que aquí, justo donde estamos ahora, se han sentado Naomi Campbell, Beyoncé o Cristiano Ronaldo?", revela. Mientras charlamos, saca una baraja de tarot. Previamente, a mí ya me había leído la mano. La predicción me la guardo; porque fue un regalo.

Un lugar remoto al que también llega la mala costumbre humana

Nos enteramos de que, todas las mañanas, Álex camina varios kilómetros y recoge los plásticos que encuentra a su paso: "Aquí viene gente que no es buena, que no respeta ni a los árboles ni al mar. Muchas personas están nerviosas, desconectadas, no se dan cuenta de que esto es la casa de todos y que debemos cuidarla y protegerla."

"Aquí viene gente que no es buena, que no respeta ni a los árboles ni al mar"

Hippie. Antisistema. Loco (como si estar loco fuese una descripción de las elecciones de alguien). Resulta fácil etiquetarle. Porque todo lo que se aleja de la norma se vuelve etiquetable cuando la alienación entra en juego, cuando juzgamos al otro desde una atalaya de trabajo remunerado y productividad sin pensar que su felicidad consiste, precisamente, en vivir al nivel del mar.

Atardecer visto desde la gruta. — Mila García Nogales

Cuenta la leyenda que junto a la isla de Ibiza existió una ciudad ancestral donde las personas y los monstruos marinos convivían en perfecta paz y armonía. Esa ciudad se llamaba Atlantis. Y se perdió bajo las olas tras un gran cataclismo. A la hija del rey, Tanit, le gustaba dar paseos por las afueras. Al verla, un monstruo se enamoró de ella y, para no tener que dejar de mirarla, se quedó quieto para siempre, convirtiéndose en piedra. Otro monstruo que lo acompañaba, más pequeño, no quiso abandonarlo y, desde entonces, también permanece petrificado al lado de su amigo.

Hoy, esas rocas se identifican con los islotes de Es Vedrà y Es Vedranell, cuyos índices de magnetismo se acercan a los del Triángulo de las Bermudas. Álex Shiney comparte con nosotros el relato del mito para que nos ubiquemos, a pesar de que el lugar donde nos encontramos está en la otra punta. Pero qué más da, si la Atlántida que él imagina descansa justo debajo de nuestros pies. Como esa señal en el mapa que espera y no espera ser descubierta. Como la esperanza que ya no queda.

Más noticias de Política y Sociedad