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Matanza de Vitoria "La Transición pendió de un hilo": los asesinados por la Policía en Vitoria en 1976 se convierten en documental

Cinco muertes por heridas de bala producidas por la Policía y sin culpables casi cinco décadas después de los sucesos. Una cinta reconstruye los hechos con testimonios directos grabados durante los incidentes intentando hacer pensar a los espectadores "cómo se ha asfaltado la calle que pisas".

Funeral de los cinco obreros asesinados por la Policía en Vitoria en 1976
Funeral de los cinco obreros asesinados por la Policía en Vitoria en 1976

Vitoria, 3 de marzo de 1976. La Policía mata a tiros a tres trabajadores que momentos antes se encontraban asambleados en la parroquia de San Francisco, templo que las fuerzas del orden gasearon con unas 4.000 personas en su interior. Dos obreros más perderían la vida en los días siguientes por las heridas de bala disparadas aquella fatídica jornada. Este es otro capítulo más de aquellos tiempos. Un documental recién estrenado en el que todas las imágenes son de la época repasa los acontecimientos que sacudieron a todo el país mediante marchas en solidaridad con los trabajadores vascos; unas convocatorias que también supusieron el asesinato de otros dos trabajadores en diferentes puntos de la geografía española.

Pedro María Martínez Ocio, Francisco Aznar Clemente, Romualdo Barroso Chaparro, José Castillo García y Bienvenido Pereda Moral. Cinco nombres propios, cinco asesinatos sin culpables, que "marcaron los límites del proceso de la Transición española, a partir de dónde no iban a estar permitidas ciertas cosas", en palabras de Luis E. Herrero, director y guionista de la cinta, quien también comandó otro documental del que procede la idea de éste. Su anterior trabajo fue El entusiasmo y en él aborda la efervescencia libertaria y contracultural en torno a la reconstrucción de la CNT.

Utilizando sus propios recursos y sin pedir ayudas ni subvenciones para ninguno de sus metrajes, la productora Hanoi Films se adentra en uno de los momentos en los que la Transición pendía de un hilo. Euskadi bullía en huelgas de fábrica hasta que aquel 3 de marzo eclosionaron en una convocatoria de huelga general. La conexión entre la iglesia de base y el movimiento obrero fueron cruciales para la organización de los trabajadores. "La primera persona que introduce el documental es el propio autor de las filmaciones, el sacerdote vasco Koldo Larrañaga. Desde los años 60 la Iglesia tuvo un papel muy activo y estuvo fuertemente vinculada a las problemáticas sociales. Son muy conocidos los casos del padre Llanos y otros, todos aquellos curas rojos como se les llamó, pero también personalidades de la jerarquía eclesial, como el cardenal Tarancón, a quien el franquismo sociológico puso constantemente en la diana", acierta a explicar el propio Herrero.

La calle estaba caldeada y la coyuntura histórica, ahora observada con cierta retrospectiva, hacía pensar a sus protagonistas que luchaban por un mundo más justo, y que lo podían conseguir; pero por encima de ellos las cosas funcionaban de otra forma. Dos procesos estaban en marcha: "El de la fuerte presencia de Comisiones Obreras dentro del Sindicato Vertical franquista y el del todavía tímido proceso reformista, en este caso con Martín Villa como ministro de Relaciones Sindicales", concretiza el director del documental. Martín Villa es otro nombre propio que no pasa desapercibido en la memoria del movimiento obrero, ni tampoco a todos los expresidentes del Gobierno español, sobre todo en estos momentos en los que su reciente declaración ante la jueza argentina Servini "marca un hito al abordar algunas de las páginas más turbias de nuestra historia más reciente", tal y como explicitan desde la productora.

Cartel del documental.

"De repente toda la ciudad se ve inmersa en un proceso asambleario de gran calado y los trabajadores de cada empresa se organizan en asambleas y comités que se reúnen en parroquias y se coordinan entre sí. Dado que la libertad de reunión no existía, las iglesias se convierten en el lugar más propicio para asamblearse, ya que en teoría las fuerzas del orden no podían acceder a ellas sin la previa autorización del sacerdote", continúa narrando Herrero. De esta forma, el origen del proceso asambleario únicamente tenía un componente socioeconómico y las reivindicaciones eran de corte salarial, "pero como casi todo bajo el franquismo, fue la propia dictadura la que lo convirtió en político", puntualiza él mismo.

El mismo día 3 por la mañana se disparan las primeras bombas lacrimógenas contra algunas ventanas desde las que la ciudadanía mostraba su apoyo a los huelguistas. Unas bombas lacrimógenas que adquirirían el protagonismo de la historia cuando los agentes que por la tarde rodeaban la parroquia de San Francisco recibieron una orden tajante: "Si hay gente, a por ellos. La iglesia está repleta de tíos. Va a haber que emplear las armas. Sacadlos como sea. Gasead la iglesia. Cambio", tal y como explicitan las comunicaciones grabadas entre el mando policial y los agentes destinados en el lugar.

Poco después, dentro del templo se encontraron hasta 20 botes de gas y diversos casquillos de bala. Fuera habían matado a tiros a tres trabajadores y varios más intentaban recuperarse de las heridas de bala, de los cuales dos de ellos también perdieron la vida. Dos días más tarde, al grito de "gloria a los muertos del mundo del trabajo", miles de personas acompañaron a los féretros de los asesinados por las calles vitorianas expresando su rechazo a las fuerzas del orden mientras levantaban el brazo y hacían el gesto de la victoria con sus dedos. "Si la policía decide cargar ahí se hubiera producido una verdadera carnicería; al igual que si algún cuerpo policial o la ultraderecha hubiesen intervenido en el funeral de los abogados de Atocha", compara Herrero.
"La tensión era máxima y a los policías les llaman de todo. El mando policial de ese día es el mismo que dos días antes dio la orden de desalojar la iglesia. Parece que después de la matanza del día 3 hubo alguien que llamó al Gobernador Civil y le dio directrices claras y lo lógico es pensar que fuese el ministro de Interior, Fraga. Sabían lo que estaba en juego".

Estas declaraciones del director del documental se entrelazan con las conversaciones que también se grabaron entre los agentes desplegados en las calles adyacentes y su mando. Los primeros le dicen al segundo: "Nos gritan asesinos y cobardes, nos escupen. Son miles los que van pasando haciendo el gesto de la victoria. Las provocaciones ya se están pasando, van con coronas de flores que nos dejan delante. Cómo se puede seguir consintiendo toda esta manifestación y esta masa. ¿Vamos a estar así hasta que terminen de pasar?". Al otro lado de la comunicación, el mando policial no deja de llamar a la calma a sus subordinados. "Trata de evitar por todos los medios el enfrentamiento. Hay que tener paciencia", les dice.

Un atestado policial redactado ya el 18 de junio "en relación con los sucesos del día 3 de marzo" dejaba constancia de la versión de los hechos por parte de la Policía. Mediante el uso de términos como "huelga salvaje", "asambleas obreras extrasindicales", "organizaciones ilegales", "grupos amotinados" y "ensayo de levantamiento insurreccional" construyeron un relato. El suyo. Contra él, el grito armónico de los allí presentes: "Muertos obreros, el pueblo os vengará".

En estos momentos, cada vez mayor parte de la sociedad sigue tejiendo un discurso propio en el que poder reconocerse, atendiendo a las heridas abiertas del pasado, intentando encontrar los porqués ante hechos como el que trata este documental y por los que nadie, a día de hoy, ha sido juzgado; y preguntándose "¿cómo se ha asfaltado la calle que pisas?", tal y como termina la cinta.

"Ese es el valor de la historia, saber de dónde venimos para ofrecer las soluciones más convenientes a los problemas del presente. Saber dónde pisamos, quiénes somos como sociedad, con toda la complejidad que implica. Alejarnos del uso instrumental de la historia, aquellos/as que buscan en el pasado lo que les interesa y dejan de lado lo demás porque lo que quieren en justificar sus posiciones. El pasado tiene que servir para evitar errores y aprender de ellos. Llevar esto a pie de calle, al asfalto, es una manera gráfica de decirlo", concluye Herrero.

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