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Metro Madrid El metro es machista

La invisibilidad femenina en Madrid es histórica. Las nuevas estaciones no han revertido el agravio. La presencia de mujeres es marginal pese a la apertura y ampliación de líneas. El criterio de elección de sus nombres es geográfico, justifica Metro.

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Foto de una campaña promocional de METRO DE MADRID, usada para el cartel de la exposición 'Un viaje por el tiempo'.

“La ausencia de nombres femeninos en las estaciones de metro no deja de ser un reflejo de la sociedad en la que vivimos, que valora más la aportación a la historia de los hombres”. Sara López desanda el calendario de la humanidad para justificar que sólo seis mujeres estén presentes en la señalética del transporte suburbano madrileño. “La historia la han escrito quienes tenían el poder y, en una sociedad tradicional, ellos se dedicaban a la política y dieron la versión que les interesaba, sin referentes positivos femeninos. La historia también es patriarcal”.

Huelga decir que López es historiadora, además de feminista y fundadora del proyecto Herstóricas, un juego de palabras que reivindica que la historia también les pertenece. “Aunque en el ámbito académico se está trabajando en la visibilidad y cada vez hay más concienciación en la sociedad, aún no se corresponde con su presencia en las calles”, añade la activista, consciente de que no sólo el metro es machista, sino también el callejero. Dado que el principal criterio para bautizar una estación es el nombre de la vía o plaza donde se ubica, la ausencia de mujeres en las placas ha llevado a su casi inexistencia en los rombos.

Así, en el metro de Madrid —inaugurado en 1919 con ocho paradas y actualmente con trescientas— sólo figuran con nombre y apellido Manuela Malasaña, María Tudor, Concha Espina y Eugenia de Montijo; La Latina es el apodo de la escritora Beatriz Galindo, quien enseñó latín a Isabel la Católica y a sus hijos; y Lacoma corresponde al segundo apellido de Margarita González, diseñadora de moda y empresaria textil. Si nos olvidamos de que en realidad alude a una institución, podrían ser siete con Hospital Infanta Sofía, que cambió de nombre en 2008 cuando el centro médico de San Sebastián de los Reyes hizo lo propio, pues antes era conocido como Hospital del Norte.

“Y no te olvides de las monjas, santas y vírgenes. Al igual que sucede en las calles, no pueden faltar, porque en el pasado era así como representaban a las mujeres”, añade López. Con La Almudena, Esperanza y Begoña, las estaciones con nombre femenino alcanzarían la decena, aunque en realidad la cifra aumentaría si tuviésemos en cuenta las añadiduras, que en ocasiones remiten a un lugar, como Barrio del Pilar, Parque de Santa María o Virgen del Cortijo, por la colonia ubicada en el distrito de Hortaleza.

“En definitiva, las paradas con nombre de mujer son mínimas, mientras que pueden observarse multitud de hombres, incluso en las líneas más recientes”, sentencia la licenciada en Historia. Así, María Tudor es la única en la línea 1 del metro ligero (ML-1), acompañada de Virgen del Cortijo, la misma soledad que le ha tocado sufrir en MetroSur a Manuela Malasaña, que comparte con varios varones la treintena de estaciones que componen el lazo que une los municipios del sur con la capital: Joaquín Vilumbrales, Universidad Rey Juan Carlos, Alonso de Mendoza, Juan de la Cierva, Julián Besteiro, Hospital Severo Ochoa y San Nicasio, lo que da una idea de que el pasado ya estaba escrito, pero el presente no ha corregido una discriminación centenaria.

Mapa de la Línea 12 de Madrid, Metrosur, donde una de las 28 estaciones lleva nombre de mujer.

“Somos una empresa de transportes, no políticos. Los nombres se ven influidos por los que reciben las calles, un tema histórico que se arrastra desde hace años. Así, la inmensa mayoría hace referencia a la zona donde se ubican las paradas, lo que facilita la orientación a los ciudadanos", justifica un portavoz de Metro de Madrid, quien explica el proceso para bautizarlas. “Cuando se construye una nueva, la dirección de la compañía y la Consejería de Transportes estudian el lugar al que da acceso la estación, fijándose en alguna calle emblemática. Si el nombre está repetido, se observa la historia del lugar o algún tipo de petición o reivindicación vecinal, caso de Vicente Aleixandre”.

Hasta el pasado diciembre, la dedicada al poeta en la línea circular se llamaba Metropolitano, pero tras la construcción del nuevo campo de fútbol del Atlético de Madrid se decidió el traslado del nombre a Estadio Metropolitano, mientras que la original tomaba el de la rúa en honor al Premio Nobel, donde se asentaba su casa, conocida como Velintonia. “Allí vivió muchos años, por lo que tras contactar con su familia y con la Asociación de Amigos de Vicente Aleixandre, se decidió rebautizarla con una figura ilustre”, explican fuentes del suburbano.

Cuando fue inaugurada, la Consejería argumentó que el cambio perseguía evitar la confusión a usuarios y turistas, quienes ahora también se bajan en Estación del Arte cuando quieren visitar el Museo del Prado, el Reina Sofía o el Thyssen Bornemisza, en vez de hacerlo en Atocha, denominación original que podría llevar a equívocos con Atocha Renfe. Otra modificación reciente, sin embargo, no orienta al viajero, pues si bien la primigenia Costa Brava aludía a una vía del barrio de Mirasierra, la actual Paco de Lucía no supone ninguna indicación geográfica. “Cuando se inauguró, el guitarrista había fallecido hace poco y, además, había vivido durante un tiempo en la zona. Como ya existía la estación Mirasierra, se buscó a un personaje eminente y se decidió homenajear al tocaor. El criterio para escoger un nombre es espacial y geográfico, aunque también puede responder a una petición vecinal”, insiste el portavoz de Metro de Madrid.

No obstante, ha habido elecciones que podrían haber respondido a la proximidad de una calle con denominación femenina, pero se optó por un señor o por otro registro no vinculado a ninguna persona. En ocasiones, también se han puesto nombres masculinos que no tienen nada que ver con una calle o con una plaza cercanas. En cambio, se han ignorado a féminas que apellidan paseos o avenidas cercanos a las bocas de metro. “Si no quieres poner nombres de mujeres, tampoco los pongas de hombres. Ahora bien, no me vale que bauticen una nueva estación como Paco de Lucía, porque esa mudanza podría haber servido para visibilizarnos”, opina Sara López.

“No quiero que se quite una parada a un varón para dársela a una mujer, sino que se complete la historia. Hay una parte de la población invisibilizada, no sólo nosotras, sino también otros colectivos que forman parte del discurso histórico. Hay que reconocerlas como iguales y hacerles un hueco, porque de esta manera la ciudadanía sólo conoce la mitad de la historia”, explica la activista madrileña, convencida de que ellas tienen que justificar “por activa y por pasiva” la propuesta de un nombre femenino, “una dificultad que no tienen los hombres, pues se acepta y punto”. Por ello, entiende que el nacimiento de nuevos barrios y la ampliación de la red es una gran oportunidad para ponerlas en valor. “Falta el claro compromiso de quienes hacen política para dar un impulso a la historia de las mujeres, de modo que el día de mañana sea considerada historia general”.

Concha Espina, La Latina y Manuela Malasaña dan nombre a tres estaciones del metro de Madrid.

Por ahora, sólo figuran en el plano madrileño las escritoras Concha Espina (línea 9) y Beatriz Galindo, La Latina (línea 5); la costurera y heroína en el levantamiento contra los franceses en mayo de 1808, Manuel Malasaña (línea 12, en MetroSur); la consorte de Felipe II y reina de Inglaterra, María Tudor (ML-1); la esposa de Napoleón III y emperatriz consorte de los franceses, Eugenia de Montijo (línea 5); la diseñadora de moda y promotora inmobiliaria Margarita González Lacoma (línea 7); y la infanta Sofía de Borbón, hija de los actuales monarcas españoles Felipe VI y Letizia (línea 10).

De alguna forma, también está representada Isabel I de Castilla —si bien compartida con Fernando II de Aragón— en la estación Reyes Católicos (línea 10). No obstante, se quedó sin rombo Isabel II, que tras el advenimiento de la Segunda República pasó a llamarse Ópera y, en plena guerra civil, Fermín Galán, aunque durante el franquismo el capitán republicano pasó al ostracismo. Sin embargo, sólo se recuperó la denominación monárquica para la plaza donde se ubica el Teatro Real, puesto que la boca que da a la misma volvió a ser Ópera (línea 5). Por cierto, la siguiente, cuando se inauguró en 1968, era Latina a secas, no La Latina.

Curiosamente, algunos nombres variaron desde que las paradas fueron proyectadas o construidas. Así, Hortaleza pudo llamarse Virgen del Carmen, mientras que Avenida de América no llegó a ser María de Molina, como la ronda que la cruza. La nonata Virgen de la Paloma terminó siendo Valdezarza, pues la denominación original —que tomaba el nombre de un instituto cercano— sólo figuró en la cartelería durante las obras de construcción. “Yo estoy de acuerdo con el criterio geográfico, porque los nombres de estaciones son para orientarse, no para rendir homenaje a personalidades históricas”, señala Eduardo Gallego, presidente de la Asociación de amigos del metro de Madrid Anden1, aunque entiende que haya excepciones. “Por ejemplo, cuando hay una calle cercana, caso de Francos Rodríguez, o un espacio importante dedicado a una personalidad, caso de Santiago Bernabéu, que antes era Lima y actualmente indica la ubicación del estadio del Real Madrid”.

Gallego cree que carece de sentido bautizar una parada con el nombre de una persona no relacionada con la zona y advierte de que las denominaciones no deben inducir a error. Respecto a la necesidad de compensar la presencia de varones, justifica que la mayoría no tiene nombre de hombre ni de mujer, mas es consciente de que ellas son muchísimas menos. “Desde la asociación, no hemos entrado en ese aspecto concreto. Enfocamos nuestra labor en temas de carácter histórico, así como de construcción y explotación de las líneas. No es que no lo consideremos un asunto prioritario, sino que no nos lo habíamos planteado hasta ahora”, reconoce el presidente de Anden1, una asociación integrada por cuarenta señores. “Hubo dos mujeres, pero se dieron de baja”, señala Gallego.

Mapa del metro de Madrid.

Quien sí ha reflexionado sobre la asimetría es la geógrafa Pilar Vega, quien considera que el nombre de las estaciones dice mucho del mundo que nos ha tocado vivir en el último siglo. “Es un reflejo más del poder que hemos tenido en la sociedad. Debemos tener en cuenta que el sector del transporte ha estado y está muy masculinizado, desde la planificación hasta la operación. No podemos esperar que quienes planifiquen —técnicos y políticos— piensen en visibilizar el nombre de mujeres ilustres o destacadas por alguna cuestión”. Fuentes de Metro de Madrid reconocen que no hay ningún nombre femenino en cola, si bien el organismo está pendiente la inauguración de Arroyo del Fresno (línea 7). Construida en 1999, no fue puesta en servicio debido a la ausencia de población en la zona donde se ubica, aunque tampoco parece que vaya a elegirse una denominación que las compense.

“Estamos abiertos a cambios, mas deben obedecer a una reivindicación de la ciudadanía. Tendría que haber una necesidad por parte de la gente, porque la sustitución lleva aparejada una serie de cuestiones a tener en cuenta, pese a que no supondría un impedimento”, matiza el portavoz del suburbano, quien señala que la decisión no resulta sencilla. “Supone cambiar miles de planos y de placas, además de que puede provocar confusión. No sólo es una complicación logística, sino que los usuarios también están acostumbrados a los nombres tradicionales. Lo que no significa, insisto, que eso frene las modificaciones, aunque deben ser sopesadas en su justa medida”.

Respecto a la estación fantasma de Arroyo del Fresno —y a otras que sí fueron abiertas, pero en medio de un páramo o del fango, como sucedió en su día con Las Musas—, Pilar Vega considera que “el diseño de la red no siempre se ha pensado para facilitar la accesibilidad de todos los colectivos”, no sólo el de las mujeres, sino también el de las personas con discapacidad, entre otros. “Pese a sus reivindicaciones, son muchas las estaciones donde no se han tenido en cuenta criterios de accesibilidad y seguridad: prolongadas escaleras, líneas soterradas, varios pisos, vagones vacíos durante las horas valle y la noche, largos pasillos o bocas de metro en mitad de la nada”, critica la geógrafa y diplomada en Ordenación del Territorio y Transportes Terrestres. “Esos son algunos de los aspectos negativos de este sistema que debería planificarse de acuerdo a nuestras necesidades, si bien no son los únicos”.

Marisa Soleto, directora de la Fundación Mujeres, declina pronunciarse concretamente sobre los nombres de las paradas, pero aboga por la visibilidad. “Es necesario que ellas estén representadas simbólicamente en la ciudad, tanto en el transporte como en otros espacios. Para ello, los gobernantes deben asumir ese compromiso, aunque de todas formas esa reivindicación ya está presente en las políticas públicas de muchas Administraciones”. Sara López, en cambio, es más pesimista: “La invisibilidad histórica ni se ha corregido, ni hay la intención de hacerlo. Y no me refiero sólo al metro: habría que comenzar por los libros de textos, para que los niños y las niñas tengan referentes femeninos”.

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