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El miedo al contagio con la vuelta al pueblo de miles de españoles tras el fin del estado de alarma

Volver al lugar de origen después de haber pasado la pandemia en una gran ciudad pone en preaviso tanto a los viajantes como a los residentes en la España vacía.

Viajeros con mascarilla en la estación de Atocha. EUROPA PRESS
Viajeros con mascarilla en la estación de Atocha. EUROPA PRESS

jose carmona

Miedo. Se habla mucho de las inesperadas palabras más usadas en este 2020 (coronavirus, desescalada, nueva normalidad) y muy poco de sustantivos comunes que han visto multiplicado su uso diario. El miedo, habitual, pero restringido a las facciones amargas de la vida, ahora florece en ámbitos desacostumbrados a su manejo: vacaciones, viajes, visitas a la familia. ¿Hay miedo a irse de vacaciones? ¿Hay miedo a volver a casa? El riesgo de contagiar o ser contagiado lo impregna todo de miedo.

A partir del 22 de junio regresa el trajín, paralizado desde la segunda semana de marzo. El estado de alarma queda desactivado y será posible viajar entre comunidades. Son muchos los que, por motivos laborales, han vivido la pandemia lejos de sus hogares de origen. Ahora toca el veraniego regreso a Ítaca, aunque muchos confiesan algo de temor a ser portadores del virus y transmitirlo en lugares donde apenas ha tenido recorrido. Además, los estragos del coronavirus en la España vacía, con una media de edad elevada, podrían ser apabullantes.

Beatriz, una informática de 31 años residente en Madrid pero originaria de La Garganta, un pueblo de Cáceres, tarda en identificar el miedo que le invade a la hora de volver a su localidad: "No tengo miedo de volver contagiada, porque he estado en casa bastante... Sí tendré cuidado al ver a mi familia, eso sí me preocupa. Además, mi pueblo es un lugar pequeño, en el que igual llegas con tu coronavirus y te ventilas a medio pueblo, porque la mitad son de 50 años o más. Sí hay miedo, pero no en exceso", termina por confesar, algo dubitativa. 

"Además, en el pueblo la gente habla. Seguro que la gente tendrá miedo de volver", apunta Beatriz, aunque no por miedo al contagio. "Hace dos meses, en Candelario –un pueblo cercano– a los de Madrid les pincharon las ruedas por miedo a contagios. Veremos esta vez, porque habrá suspicacias. Casi me da más reparo volver por evitar suspicacias de que pueda llevar yo el virus allí que por el verdadero contagio", apunta sobre la poderosa rumorología popular en espacios pequeños.

Su familia, sin embargo, que vivió los acontecimientos de la pandemia desde el pueblo mientras ella se quedaba en la capital, tiene vivencias casi opuestas: "Mis padres llamaban todos los días, preocupados, por la alarma que crea la información, que nos bombardea todo el rato. Mi hermano pequeño vive en Alicante y encima trabaja en Telepizza, por lo que sí ha generado más preocupación", apunta la cacereña.

Nadie quiere ser el paciente cero en su familia, y Beatriz, como tantos otros, combate su temor en un intento de hacer la nueva normalidad algo más llevadera, algo más apacible y similar a la anterior.

"El miedo es una emoción necesaria para garantizar nuestra supervivencia ante un riesgo o un peligro, nos informa de este riesgo y su función es protegernos. Sin el miedo, nuestra vulnerabilidad aumentaría desorbitadamente y nuestra esperanza de vida se vería mermada por acciones meramente impulsivas. Es necesario y saludable", asegura Judit Parejo, cofundadora del centro de psicología Ínsula.

"Salir del binomio casa/seguridad - exterior/peligro necesita ajustes emocionales internos"

Mientras, la covid-19, pese a acaparar todo tipo de conversaciones, aún genera más incógnitas que certezas. Los asintomáticos, que podrían ser según una publicación en la Annals of Internal Medicine hasta el 40% de los contagiados, pueden transmitir el virus. Esa susceptibilidad afecta a los viajantes, que temen el reencuentro con sus parientes.

"Salir del binomio casa/seguridad-exterior/peligro necesita ajustes emocionales internos, de forma progresiva hacia una transición en la que se integre la convivencia con el virus, pero con menor carga de riesgo", aclara Parejo sobre el miedo a los desplazamientos.

El miedo visto desde el otro lado

En una cara de esta historia aguardan los que vuelven a sus casas con miedo a contagiar, pero en la otra están los que reciben a los visitantes con el miedo a ser contagiados. El éxodo de aquellos que han pasado lo peor de esta pandemia en las grandes ciudades alerta a los residentes en las pequeñas localidades. 

Es el caso de Rafael, alcalde y residente de Alicún de Ortega, un pueblo granadino de poco más de 400 personas durante el invierno, pero que durante el periodo estival sobrepasa los 2.500 habitantes: "Tenemos miedo por las vacaciones, porque hay mucha gente de Barcelona, Madrid y Mallorca que viene a pasar el verano aquí. No abriremos la piscina municipal y tampoco habrá fiestas del patrón. A ver si con eso basta para que no haya más contagios", comenta.

"La gente está intranquila porque sabe que va a empezar a venir gente al pueblo. Los mayores tiene miedo, porque nuestras edades son avanzadas, una media de 65 a 70 años. Si el virus entrara en el pueblo sería una tragedia. Hasta ahora solo hemos tenido una infectada, pero ha salido adelante, confinada en su casa", recuerda Rafael, que transmite la pesadumbre de los ancianos de la región.

"No podemos vivir permanentemente aislados del peligro. No es compatible con la vida"

"Es normal y totalmente comprensible para la población que en un primer momento se despierte la angustia del contagio. Todos necesitamos hacer un reajuste emocional de lo que hemos vivido tan sólo semanas atrás, y necesitamos un periodo de transición. Para las personas que tienen un estilo más fóbico, un tanto más obsesivos o rígidos será mucho más difícil adaptarse a los cambios, y minimizar el riesgo, pero retomar el contacto poco a poco, ir experimentando que salir de casa o ver a los demás (con las condiciones se seguridad) no ha provocado ningún contagio, facilitará una integración saludable y relajará la alarma. No podemos vivir permanentemente aislados del peligro. No es compatible con la vida", analiza la psicóloga Parejo.

"En La Garganta –apunta de nuevo Beatriz–, ha habido un par de casos como mucho, pero está todo el mundo con miedo, quizás más que en las grandes ciudades. Los contagiados eran los que limpiaban el consultorio médico, porque el marido de la médica fue el primer caso. Ahora, la gente va con mascarilla por el pueblo y entran en las tiendas de uno en uno, pero también iban a otros pueblos a comprar. Dentro del pueblo con mascarilla, pero luego se van al súper del pueblo de al lado", apunta algo desconcertada. 

El miedo no camina al mismo ritmo que un real decreto, que un estado de alarma; necesita espacio para expandirse y contraerse: "Después de vivir tres meses en un contexto de pandemia, una realidad objetiva terrible, con datos de muertes devastadores, donde la protección, los protocolos de higiene y distancia física han formado parte de nuestra sensación de seguridad y de protección ante el contagio, dónde la palabra alarma ha estado muy presente y teníamos normas muy contundentes, una mayor libertad de desplazamiento puede ser para algunas personas una fuente de conflicto en su experiencia como individuos. Y algo difícil de asumir. Los tiempos para el procesamiento emocional son más lentos que las aplicaciones de normativas y nuevas leyes de desplazamiento y movilidad", apunta la psicóloga Parejo.

Una visita adelantada

"Los que trabajan tienen miedo de perder el trabajo y quien no tiene miedo al hambre, tiene miedo a la comida", dejó escrito Eduardo Galeano. Si algo vence al miedo es la necesidad. El imperativo de un aprieto coloca en un segundo plano las percepciones subjetivas.

El miedo a la covid-19 no es más que el temor crónico al paro o al desahucio. Es el caso de Ana -nombre ficticio-, una joven de 21 años que hizo su propio proceso de cuarentena cuando aterrizó en su pueblo natal: "Vivo en València, pero soy de Cañada Juncosa, un pueblo de Cuenca de menos de 200 habitantes, y la mayoría son personas mayores". La joven adelantó su regreso, pese a que el viaje entre comunidades no estaba permitido todavía, alegando motivos de fuerza mayor: "Tuve que volver al pueblo porque estaba en una casa que no era mía y ya me había pasado todo el confinamiento allí, y además sin trabajo". 

Cuando València pasaba a la fase 2, ella aprovechó que su lugar de residencia, según su DNI, es su pueblo, por lo que sacó un billete de autobús rumbo a casa. "Mi padre quería que volviera y mi madre, más consciente del tema, me animaba con la decisión de quedarme en València unos días más", recuerda. Ana, asmática y por tanto grupo de riesgo frente al coronavirus, lo que no quita que pasara un miedo atroz. "Por supuesto que tenía mucho miedo de volver, es lo que me echaba para atrás. Me quedé en casa una semana sin quedar con nadie y sin ver a la familia, haciendo mi propia cuarentena", recuerda.

Después de trabajar cuatro años en un área de servicio, el estado de alarma fue el detonante de una mecha encendida por el paro y la inestabilidad: "Yo vivía de alquiler. Al perder el trabajo mi pareja y yo decidimos irnos a casa de su madre, pero a su madre a principios de la cuarentena la echaron del trabajo", asegura. Lo más fácil para ella era volver a su tierra y pasar el trauma junto a su familia.

Un trauma para la nueva normalidad

La palabra "historia", continuamente malgastada en acontecimientos irrelevantes, ha tomado durante la pandemia verdadero significado. La experiencia de la covid, que acechará con peligro hasta la aparición de una vacuna, dejará un poso, miedo que afrontar a largo plazo.

"Algún trauma me quedará", apunta Beatriz a título individual. "Hace unos días fui en metro e intuitivamente buscaba sentarme alejada del resto. El gel hidroalcoholico será para todo", bromea. 

La psicóloga Judit Parejo finiquita la cuestión y reconoce que el miedo será el trauma a combatir entre todos: "Socialmente hemos vivido una experiencia traumática colectiva, que inevitablemente nos ha impactado y necesitaremos tiempo para asimilar. El sentimiento de comunidad y de experiencia colectiva compartida son factores de protección, y minimizadores de las secuelas emocionales traumáticas. Poder compartir lo que nos ha ocurrido es esencial para que no quede encapsulado y genere mayor sufrimiento en el futuro".

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