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Migrantes Oussama y Abdo, resistir después del centro de menores

Dos jóvenes marroquís salidos de un centro de menores: a uno le sonríe la vida, otro ha tenido peor suerte. 

Abdo
Abdo (en la imagen). David Cassasús / EFE

Abdo y Oussama son dos jóvenes con una vida paralela. Con 16 años salieron de la misma ciudad marroquí para llegar a España en patera y han estado tutelados por las mismas administraciones. Sin embargo, al cumplir 18 años y dejar el centro de menores afrontan perspectivas distintas ya que uno logró vivienda y un contrato y espera un "futuro brillante", pero otro trabaja sin papeles en el campo y no espera nada del futuro.

España, junto con Italia y Grecia, son los países europeos donde mayoritariamente los niños y niñas migrantes no acompañados hacen su entrada al deseado continente, según un informe de Unicef. La Fiscalía General del Estado apuntaba que España contaba a finales de 2020 con 9.283 menores inscritos en el registro, aunque un informe posterior del Defensor del Pueblo denunciaba "la escasa fiabilidad" de estos datos, en parte por el baile de cifras de las distintas administraciones.

Al margen de la cifra real de cuántos menores no acompañados llegan a España cada año, lo cierto es que estos adolescentes han puesto a prueba el sistema de acogida español, ya que, si bien muchas comunidades autónomas han reforzado sus programas de ayuda, una gran parte de ellos se encuentran en situación de desamparo al cumplir los 18 años y tener que dejar los centros de menores donde han estado acogidos.

Aunque no se conocían, uno y otro hicieron el mismo recorrido, un trayecto en patera que muchos no acaban

Oussama y Abdo son dos finales distintos de esa situación, a pesar de haber seguido un trayecto paralelo hasta acabar en la Comunidad Valenciana. Ambos tienen 19 años, son marroquíes y crecieron en la misma ciudad, Beni Mellal, en la zona centro del país, de donde salieron con 16 años dejando a sus familias para llegar a España en busca de un sueño. Aunque no se conocían, uno y otro hicieron el mismo recorrido, un trayecto en patera que muchos no acaban y que les ha marcado como la experiencia más traumática de sus jóvenes vidas.

Oussama es el segundo de cuatro hermanos, es alto, de piel morena y una mirada triste que penetra cuando habla. Su padre murió de cáncer cuando él tenía solo 11 años, momento en el que, junto con su hermano de 13 años, se hizo cargo de la pequeña tienda de alimentos que regentaba su padre. Al mismo tiempo estudiaba y trabajaba en el campo recogiendo granadas u olivas o simplemente quitando hierbas, trabajos con los que la familia intentaba llegar a fin de mes.

Abdo tiene 4 hermanos también, y como Oussama también es el segundo. Con pelo rizado, la tez blanca y los ojos grandes, su mirada es limpia y clara, habla 4 idiomas (español, árabe, francés e italiano) y cuando se expresa transmite ilusiones y ganas de comerse el mundo. En Marruecos iba al instituto, pero siempre veía un futuro muy incierto, por lo que dejó de estudiar para trabajar de soldador.

Oussama en la imagen. David Cassasús / EFE

Los dos jóvenes decidieron con 16 años abandonar su país por caminos separados, subirse a una patera para buscar un futuro mejor y pasar uno de los viajes mas oscuros que recuerdan. Tanto uno como otro pagaron por el viaje del infierno entre 3.000 y 4.000 euros.

"Vine solo. Solamente en el agua el viaje duró como 20 horas, podría llegar a morir porque estaba todo el rato vomitando y muerto de hambre, nunca pensé que sería tan duro. La gente llevaba pistolas y cuchillos, y yo en mi vida había visto nada de eso. Ves la muerte ahí, y si caes, estás muerto", asegura Oussama a EFE.

El viaje de Abdo no fue mucho mejor. En su embarcación viajaban 80 personas, todas sin chaleco y una gran parte menores de edad. "Esas 12 horas fueron horribles, lo más cruel que me pasó en la vida, allí no había comida, la gente gritaba, fue horrible", afirma Abdo.

Llegada a España

Tras llegar a España en la costas de la Línea de la Concepción (Cádiz), ambos durmieron en el calabozo la primera noche y las dos semanas siguientes estuvieron en un centro en Andalucía, donde, según cuentan los jóvenes, las condiciones eran infrahumanas. Los dos decidieron escapar por caminos separados y retomar su camino hacia la Comunidad Valenciana.

Abdo pasó varias noches en las calles de Valencia pidiendo comida, hasta que un policía que le habló en francés lo recogió y lo llevó a un centro. Por su parte, Oussama fue interceptado por la Policía Nacional nada más llegar a la Comunidad Valenciana y fue conducido al centro de menores de Buñol.

Abdo pasó varias noches en las calles de Valencia pidiendo comida, hasta que un policía que le habló en francés y lo llevó a un centro

Tras dar varias vueltas por diversos centros, los dos adolescentes pasan la mayoría de su tiempo en el centro de menores de Torrent (Valencia). Los dos aseguran que allí tuvieron una vida fácil, donde hacían cursos de integración, aprendían castellano y practicaban deporte, una vida que, con su corta edad, jamás imaginaron.

Durante su estancia allí recibieron el cariño de sus compañeros y de los trabajadores del centro. Pero todo cambia cuando cumplen la mayoría de edad. "En el centro tus compañeros o los trabajadores te dan un abrazo, pero ahora nada, te encuentras solo y no te llega ni un mensaje, te encuentras muy perdido, estás abandonado" confiesa Oussama.

La vida después del centro de menores

Abdo y Oussama entraron a formar parte de un proceso de identificación y tutela por parte de las instituciones. Entre 2018 y 2019 llegaron a la Comunidad Valenciana 1.389 menores migrantes, según los datos de la Dirección General de la Infancia. La gran mayoría son chicos, "hay un porcentaje muy bajo de chicas, que suelen ser víctimas de las redes de tratas de personas" dice Rosa Molero, directora general de Adolescencia e Infancia de la Comunidad Valenciana.

"La mayoría de los niños y niñas que se encuentran sin acompañamiento adulto vienen del Magreb, concretamente de Marruecos y Argelia", señala Molero, quien añade que "son menores a los que debemos proteger".

"La mayoría de los niños y niñas que se encuentran sin acompañamiento adulto vienen del Magreb", señala Molero

122 plazas en pisos tutelados son las que hay actualmente para todos los menores que salen de los centros de la Comunidad Valenciana cuando cumplen la mayoría de edad. Los que no consiguen una de ellas duermen en la calle, okupan un piso o piden ayuda a distintas organizaciones. Abdo consiguió un espacio en un piso en Paterna (Valencia), gracias a Somllar, una entidad cuya misión es la protección y educación de los menores.

Desde Somllar piden a las instituciones una red con más plazas, además de una formación adaptada a las necesidades de los menores. Ricard Gozálvez, coordinador del Área de Emancipación de Somllar, sostiene que "la sociedad civil debe apostar" por la inclusión de estos jóvenes, ya sean en "peñas de equipos de fútbol, casales falleros o asociaciones de vecinos para conseguir una sociedad participativa e inclusiva".

Abdó a día de hoy trabaja como soldador en una empresa en el polígono de Xirivella (Valencia). Afirma que "ve su futuro brillante y que sin dudarlo volvería a coger una patera". Oussama no ha tenido la misma suerte que su compañero de viaje y ahora trabaja en el campo sin papeles, vive con seis personas más y cuando habla del futuro "no espera nada, él solo vendrá".

Los dos huyeron de la pobreza, de la exclusión y de la falta de oportunidades. Durante todo este tiempo han sido señalados, juzgados y etiquetados bajo el término "mena", pero lo único que piden en su corta adolescencia es tener derecho a vivir una vida totalmente digna.

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