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Dominique Perrault: "¡Pensemos lo que construimos!"

Cuando habla de sus obras, Dominique Perrault (Francia, 1953) no teme a las palabras. En España, se enfrenta a dos retos: dar vida a las orillas del río Manzanares con la Caja Mágica y un hotel en Tenerife

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Cuando habla de sus obras, Dominique Perrault (Francia, 1953) no teme a las palabras. 'Este es un monstruo', apunta a su trabajo más famoso, la Biblioteca Nacional de Francia. Alzadas en un barrio abandonado de París, las torres del edificio ocupan 365.000 metros cuadrados. Un monstruo. Con el tiempo, hubo más: la Corte de Justicia de las Comunidades Europeas, el Velódromo de Berlín... En España, Perrault se enfrenta ahora a dos retos: dar vida a las orillas del río Manzanares con la Caja Mágica (centro de tenis) y un hotel en la playa de Las Teresitas, en Tenerife. En plena crisis, el arquitecto presentó ayer con la grandeur habitual de los portavoces de la cultura francesa dibujos y maquetas en la Fundación ICO de Madrid.

En 2006, usted dijo que España era el mejor sitio para trabajar. Ahora es uno de los países más afectados por la crisis. ¿Sigue pensándolo?

La crisis no retira nada a la calidad de la arquitectura española. Es capaz de invitar a arquitectos extranjeros y respetar el trabajo de los españoles. Es un equilibrio excepcional entre lo que aportan los extranjeros y la calidad de los españoles.

¿La Caja Mágica, que está terminando en Madrid, se inscribe en esta tendencia?

Todo empezó con el Guggenheim de Bilbao, que mostró que las cosas no sólo se hacían en Barcelona o en Madrid. La arquitectura participa en la transformación de la ciudad. El Guggenheim y la Caja Mágica son significativos.

El reto es difícil: dar vida a las abandonadas orillas del Manzananares.

Siempre me enfrenté a este tipo de situación. En París, la Biblioteca Nacional de Francia estaba en una zona descalificada, olvidada. Lo que me interesa es crear un dispositivo de paisaje urbano, de restructuración del caos. La arquitectura es pensar cómo se puede transformar un paisaje abandonado en paisaje urbano.

Muchos parisinos dicen que no se consiguió en el barrio de la Biblioteca.

No estoy de acuerdo. No había nada antes y ahora hay más habitantes, más edificios. Quizá haya tardado, pero hay que entender que el tiempo urbano es distinto del tiempo humano.

Lo suyo es construir monstruos. ¿Define

así su estilo?

No tengo ni estilo ni logotipo. Trabajo para el tiempo presente. No se trata de vivir en la historia o imaginar utopías: hay que mirar de frente la realidad y trabajar con ella para transformarla, mejorarla. En mis proyectos, hay una investigación geométrica, movimientos de volúmenes. Y no son desmesurados sino justos. La arquitectura es construida por humanos y para humanos.

Los rascacielos de Dubai fascinan. ¿Existen límites?

La arquitectura no tiene límites. Mi trabajo consiste en conectar el campo arquitectónico con la sociedad, al arte... Que un proyecto sea humano o no depende de la percepción. Vivimos en una Europa urbana y tenemos que desarrollar estrategias para ver los territorios como humanos.

Construir también contamina o convierte una ciudad en un infierno.

Las molestias de la construcción son inevitables. Es el precio que hay que pagar para una mañana mejor.

O peor. Los excesos destruyeron muchas costas, como en Tenerife, donde su proyecto está bloqueado.

¡Socorro! Es un asunto entre políticos del que no entiendo nada. No es interesante.

¿Alguna manera habrá de trabajar respetando el medio ambiente?

No hablo de ecología. Estoy cansado de esas permanentes declaraciones sobre el desarrollo sostenible. En mis proyectos, existen dispositivos que están vinculados con ello. ¡Y punto!

¿De la crisis vamos a aprender algo?

Nos obliga a pensar a largo plazo, a reflexionar sobre el uso y la integración de lo que ya hemos construido. Es el patrimonio de mañana y los políticos deben situarse en esa dinámica urbana. Hay que aprovechar la crisis para pensar, hacer estudios, adaptarnos a lo que hicimos.