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Más allá del cabo Norte

En invierno, el norte de Noruega ofrece la oportunidad de vivir el hielo, la naturaleza pura, el silencio y, si hay suerte, las auroras boreales.

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Un viajero alemán llamó a Tromso el 'París de Norte', por su gran vida social y cultural. Era una exageración, evidentemente, pero también tenía algo de verdad ya que, a fines del siglo XIX, la ciudad podía enorgullecerse de tener museos, instituciones de enseñanza de gran calidad y todo tipo de espectáculos que podían resultar impensables en un puerto de pescadores situado más allá del Círculo Polar Ártico.

En la época gloriosa de la exploración polar, de aquí salían las expediciones al Ártico, al Polo Norte, también las de caza de ballenas y focas. Por eso allí está la casa de Roald Admundsen (el primero en llegar al Polo Sur, en completar el paso del Noroeste, y en sobrevolar el Polo Norte).

La clave de la expedición al Polo Sur fueron los trineos de perros, y ahora se puede revivir esa aventura (en una millonésima parte) con un recorrido en trineos tirados por huskies. Pocas cosas hay comparables a adentrarse en las soledades que empiezan en la última casa de Tromso, en busca de los bosques boreales. Entonces sólo se oye el roce de las cuchillas de los trineos sobre el hielo, los jadeos y los ladridos de los perros, el aire que mueve las ramas de árboles de corteza blanca como la nieve.

Si las expediciones polares salían de Tromso, puede ser una buena idea embarcarse en este puerto con destino al cabo Norte. Todos los días del año, los barcos de Hurtigruten pasan por 34 puertos entre Bergen y Kirkenes -casi en la frontera con Rusia-, uniendo tanto grandes puertos como pequeñas aldeas. Fundada en 1893, Hurtigruten -'Ruta Rápida' en noruego- es una de las señas de identidad de este país ya que, sin este servicio, muchas poblaciones hubieran permanecido completamente aisladas del resto del mundo hasta hace relativamente poco tiempo. Todavía mantienen sus funciones de barco-correo y de transporte de pasajeros y mercancías.

Una de las paradas fundamentales de un recorrido por la costa septentrional de Noruega es Honningsvag, el puerto que sirve de entrada al cabo Norte. Desde aquí es un viaje de pocos kilómetros que, en invierno, debe hacerse en convoy, con un quitanieves por delante. El paisaje, absolutamente pelado, sin árboles ni arbustos, y todo cubierto de nieve, impone por su soledad y su desnudez. Al final se llega al cabo Norte, ese tremendo precipicio que surge de las aguas oscuras del Océano Glaciar Artico. Una esfera armilar marca el lugar de destino de todos los viajeros que recorren la zona. Pero, a pesar de la creencia general, no es el punto más septentrional del continente. Este privilegio le corresponde al cabo de al lado, un promontorio que carece de la espectacularidad de este barranco sobrecogedor.

Hasta ahora el mar nunca aparece congelado, pero en cuanto se da la vuelta al cabo Norte y se enfila hacia la frontera rusa las condiciones empiezan a cambiar porque desaparece el efecto de la corriente del Golfo. La entrada en la bahía de Kirkenes, tras una noche de viaje, con el barco haciendo un camino sobre la superficie helada, es memorable.

En invierno, Kirkenes es una ciudad de calles cubiertas de hielo por las que los locales circulan en bicicleta con toda naturalidad. En el puerto antiguo, viejos paquebotes rusos esperan mejores tiempos rodeados de hielo. En el fiordo cercano, los submarinistas se sumergen bajo el hielo para cazar cangrejos reales. En otros fiordos, completamente helados, los pescadores hacen un agujero en el hielo con un berbiquí gigante para poder tirar el anzuelo. Y en las afueras, todos los años se construye un hotel de hielo. Las auroras boreales suelen incendiar el cielo nocturno. Los bares están muy frecuentados.


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