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"El testamento es un género literario"

Ácido, crítico, vehemente y protestón, es uno de los artistas más interesantes del arte español de la segunda mitad del siglo XX

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Habla con Gumersindo de Azcárate sobre los temas que este le va presentando en una conversación imaginaria con uno de los participantes en la creación de la Institución Libre de Enseñanza, en 1876. Un diálogo de altura. De réplicas y contrarréplicas. Una charla con recuerdos, un libro: Minuta de un testamento (Taurus). Y así ha montado sus memorias Eduardo Arroyo (Madrid, 1937).

Usted siempre a contracorriente: le gusta el boxeo.

A mí me gustan mucho dos cosas que no son muy bien vistas: los toros y el boxeo. El boxeo tiene muchos enemigos, incluso en el interior del boxeo. He viajado mucho para ver combates fuera. Es un deporte tremendamente literario. He de reconocerlo: tengo una gran biblioteca pugilística. A mí siempre me ha sugerido la metáfora de la soledad y el enfrentamiento. No eres nadie sin el otro para combatir. Hay una anécdota que cuenta cómo un gran campeón italiano se acerca a su rival, le da un abrazo monumental durante el pesaje y le dice: 'Soy tu adversario y te quiero mucho' [risas]. Eso es el boxeo para mí.

Reconoce que uno de sus pecados capitales es la ira.

Soy iracundo, cascarrabias, etc. Me hubiera gustado no serlo, pero en fin. Tengo una gran capacidad de indignación. No es algo bueno, pero es cierto. Si eres iracundo en el boxeo pierdes. La ira te devora la reflexión. Pero me parece que no está mal tener la capacidad de indignación con las cosas que te vienen. Hay que acabar con los pensamientos cada vez más políticamente correctos, cada vez más dirigidos, cada vez menos críticos. Este mundo disciplinado no es bueno para nadie. No es una cosa sana.

¿Y cómo recuerda el exilio?

Pues ha quedado bastante diluido. Cuando te echan y te quitan el pasaporte vives otro mundo. La del exiliado es una condición muy dura. Algunos lo han contado a su manera, otros no lo han podido contar, y yo te diré que no la reivindico. Es un avatar de tu vida. He vivido la dificultad de integración, a pesar de haber estudiado en el Liceo Francés. He visto la miseria y te digo que me preocupa muchísimo que nos acerquemos a los cuatro millones de parados. Aunque tenga todos estos privilegios, el entorno me desazona.

¿No es época para esperar una revolución?

He sido muy crítico con Mayo del 68, a pesar de haber participado en él. Siempre he creído que caminábamos hacia una evolución, pero veo que involucionamos. Ahora, la revolución me queda tan lejos. ¿Para qué, dónde, con quién, cómo? Yo por lo que he luchado toda mi vida es para ser lo que soy hoy: un ciudadano europeo libre, y poder viajar.

¿Y qué me dice de la Iglesia?

No creo en nada de eso, afortunadamente. No quiero saber absolutamente nada de ese mundo.

Tampoco le faltaron nunca los negroni [un cóctel clásico con vermouth, campari y ginebra].

Bueno, eso es una anécdota. Lo que sí creo es que yo soy un negroni: un 33% de italiano, un 33% de español y un 33% de francés. Esa condición triple para mí ha sido muy importante y me ha formado como persona. Sin preferencias porque son partes equitativas.

Le apunto un nombre propio y usted me dice: José María Blanco White.

Uf. Una figura importantísima. Una figura dramática y terrible del exilio. Es uno de los personajes que más me ha impresionado, así como la de Ángel Ganivet. Este granadino que se gana la vida como diplomático, va a Finlandia y termina suicidándose en las aguas heladas del río Duina. Blanco White también. Es la España triste. Mundos patéticos pero muy significativos.

Y ahora un concepto: disciplina.

He sido completamente indisciplinado. Me han echado de todos los sitios. Es curioso, pero el boxeo para mí tiene una cosa fundamental: tienes que tener disciplina y un maestro que te enseñe. A mí la docencia me es verdaderamente muy extraña, pero tú no puedes boxear sin tu maestro. Hoy no podemos creernos cuando James Joyce dudaba entre alimentarse o comprarse un traje para poder trabajar, porque no tenía dinero para las dos cosas. Porque aquí la gente va en bermudas a dar una clase de Matemáticas. Alucinante. Todavía creo en ciertos valores: el rigor intelectual, que la pintura sin ética no es nada.

Pero el artista, como el boxeador debe tener voluntad para entrar cada día en el taller.

Efectivamente. Enfrentarte al cuadro te exige estar ahí, no quedarte en la cama. Si tú eres un artista tienes que estar todos los días trabajando. Y si no lo haces, pues puede ser muy divertido.

¿Y qué me dice de ARCO?

Bueno, he escrito mucho sobre ello y me he retirado ya de esa polémica. Pensaba de joven que el mundo del arte sería otra cosa, y hoy no tiene nada que ver con lo que imaginé. No critico a ARCO porque se haga negocio. Eso es ridículo, el arte hay que mezclarlo con el dinero porque siempre se ha hecho así. Lo que me preocupa es la parafernalia, la gente que va a ver un cuadro al año, las organizaciones injustas...

De todo el mercado, rescata y cuida el papel del coleccionista.

Sí, porque es un hombre libre. Tengo mucho respeto por el dinero privado. Otra cosa es el dinero público, porque una parte de ese dinero es mío. El coleccionista es un hombre que se priva de una cosa para conseguir otra. Yo me he sentido siempre muy sostenido por el mercado privado. Donde está la injusticia es en el mercado público, el Estado, los museos, el funcionario. Eso no existía antes. Tiene una pujanza y una potencia que me disgusta y me preocupa. Hay artistas que sólo trabajan para el museo. Yo tengo la desgracia de ser un pintor al óleo, es decir, viejo y pasado de moda. Y eso quiere decir que cuando hago un cuadro no sé dónde va a ir, si me lo voy a comer o me lo van a comprar. La obra hecha en exclusiva para el museo me parece una obra deleznable. Es injusta y mala siempre.

Una curiosidad, ¿cuándo llega el momento del testamento?

No estamos acostumbrados a manejarnos con él. Hay mucha gente que no practica el testamento por miedo. Prefieren no hablar del tema. A mí me interesa mucho ese terreno. Hay que hacer varios testamentos, es un género literario. Hay dos testamentos geniales: uno, el de Gumersindo de Azcárate, que es completamente surreal. Y el otro, el de Stendhal. Los dos quieren dejar cosas que no tienen. Esa locura me interesa mucho. Y he hecho muchos testamentos porque es un buen ejercicio, y lo seguiré haciendo. Además, soy un buen fabricante de testamentos porque no sé lo que es heredar. Este libro, de hecho, supone aclarar qué voy a hacer con mis pasiones. En el fondo es una locura testamentaria.