Un historiador británico sostiene que la sentencia a muerte del filósofo griego en el 399 a.C. fue un ejemplo de justicia y democracia
El juicio y condena a muerte del filósofo griego Sócrates (470 a.C.-399 a. C.) aún se enseña en algunas facultades de Derecho e Historia como el gran ejemplo de un uso retorcido de la justicia. Desde Platón, que fue su alumno, hasta la actualidad, el juicio al padre de la civilización occidental fue considerado poco menos que una farsa perpetrada por los señores poderosos de Atenas, que usaron los bajos instintos del pueblo para acabar con un crítico del status quo. Sin embargo, Paul Cartledge, historiador y profesor de la Universidad de Cambridge, defiende en un nuevo libro que el proceso al filósofo fue todo un ejemplo de justicia y democracia a la ateniense.
Sócrates fue acusado por el ciudadano Meleto de un doble crimen y sentenciado por un jurado formado por 501 hombres. En su declaración, este personaje denunció que el filósofo había violado la ley al no cumplir sus obligaciones religiosas con el panteón ateniense y por introducir nuevas divinidades. Además, definió al pensador como un corruptor de la moral de la juventud. Por todo ello, Meleto pidió la pena de muerte para Sócrates.
Desde la Apología de Platón, en la que el discípulo defiende a su maestro, la historia ha ninguneado la importancia del delito de impiedad y ha destacado el de corrupción en la condena de Sócrates. Este había sido tutor de algunos antidemócratas, como el traidor Alcibíades o Critias, y era ya considerado como muchos un sofista, es decir, un charlatán peligroso. El cargo de irreligiosidad es, para la mayoría de los historiadores, un instrumento para conseguir la condena.
El profesor Cartledge acaba de publicar Ancients Greek Political Thought in Practice (algo así como El pensamiento político de los antiguos griegos llevado a la práctica), editado por Cambridge University Press, en el que defiende la literalidad del caso. Cartledge afirma que fue el desprecio de Sócrates a la religión el que le llevó a su condena y que el otro cargo que se le imputaba, la acusación política, sólo sirvió para convencer a los indecisos.
El historiador británico se apoya en dos elementos para defender la justicia del juicio a Sócrates. Por un lado, asegura que "la ateniense era una democracia (la única existente entonces entre las grandes polis griegas) muy diferente a la actual". Todo se discutía y los ciudadanos al menos los bien situados eran participantes activos no sólo en la acción política sino que también tomaban parte en la administración de justicia. No había fiscales y la acusación era iniciada por cualquier ciudadano. La pena se decidía por votación.
El segundo elemento, despreciado por los historiadores, es la acusación de impiedad. Como escribe Cartledge en su libro, "la ciudad griega es una entidad viva colocada bajo la protección segura de los dioses, que no la abandonarán mientras ella no les dé de lado". Cuando Meleto acusa a Sócrates de descuidar sus obligaciones religiosas y de corromper a la juventud, está señalando a un personaje muy conocido que está repudiando a los dioses y que pretende traer a la ciudad nuevas y desconocidas divinidades.
Para Cartledge, Atenas era una comunidad mediterránea cerrada que veía en cada novedad una amenaza al orden establecido. Fue esta combinación entre participación democrática y miedo religioso la clave del proceso judicial. Sócrates, en definitiva, sufrió la desconfianza de sus contemporáneos, a los que les disgustaba su actitud hacia Atenas y la religión establecida.
Por su parte, Sócrates usó en su defensa su técnica preferida: responder con preguntas a las inquisitorias de Meleto. Sin embargo, la mayéutica que usaba con sus discípulos no le valió en su propio juicio. De los 501 miembros del jurado, 280 le condenaron. Sólo quedaba decidir la pena y Meleto insistió en su ejecución.
En su turno de contrarréplica, Sócrates volvió a actuar con desdén. Pudo solicitar el destierro o el pago de una buena multa, pero insistió en que se le impusiera un pago ridículo, argumentando que un hombre como él, dotado de una misión filosófica, apenas tenía valor para el Estado.
Su discurso enfadó al jurado y, al final, unos 320 ciudadanos votaron por la pena máxima. Sócrates se dio muerte días después, tomando un brebaje a base de cicuta. Para el historiador, "con la condena y muerte del filósofo la democracia de los atenienses se vio limpiada y reafirmada".
Una vez condenado a muerte, los amigos de Sócrates le pidieron que huyera de Atenas y buscara asilo a otra Polis. De hecho nadie se hubiera enfadado por que huyera, de hecho los mismos que le condenadoron hubieran preferido esto a tener que llevar su muerte en la conciencias, pero no, el buen filosofo prefería ser un buen ciudadano a tener que quebrantar la normas "nadie está por encima de la ley".
En definitiva Sócrates se condenó a si mismo de la manera más tonta, si hubiera propuesto en vez de una "justa recompensa" un castigo ejemplar como un exilio temporal, una multa económica, algún tipo de excarnio público...hubiera sido eso lo que le hubieran condenado. Nadie quería verle muerto, su sentencia a muerte fue algo escandaloso para la sociedad ateniense tanto que aún hoy hablamos de ello.
Otra cosa el autor del libro, tal y como está redactada la noticia, no da un juicio de valor, simplemente muestra como muestra la democracia, nada más.
Los que nos dedicamos a las humanidades profesionalmente sabemos que Paul Cartledge es uno de los mejores autores y uno de los expertos del tema.
Ciao.
Veo que no os enteráis, como siempre lleaváis puesta vuestras gafas progres que no os dejan ver bien.
Hablais por hablar ya que no tenéis ni idea de como fue el juicio:
1ºSe crea un juicio para saber si Socrates es culpable de los cargos que se le imputan (corromper la juventud e introducir nuevas divinidades). Se vota y Sócrates es declarado culpable por unos pocos votos.
2ºUna vez culpable se votará que castigo se le impone. Ahora el acusador decía que castigo propone (la muerte) y el culpable (Socrates) propone su propio castigo. El filosófo no sólo no decide un castigo sino que provoca al jurado reclamando un "tributo por los servicios prestados a Atenas". Entre castigar y premiar a Sócrates, el jurado vota castigar y esta vez por muchos votos de diferencia.
La comparación entre la muerte de Sócrates y la de Jesucristo que hace "Cuquiña" me parece (ya que estamos hablando de Sócrates), un sofisma.
Comparar a un personaje histórico del que existen numerosos testimonios de su vida y sus opiniones con Jesucristo, de cuya existencia no constan pruebas fehacientes y en el que todas las referencias a su vida y a su "obra" fueron escritas mucho después de su supuesta muerte y "resurrección" es un insulto a la inteligencia.
Una vez más se intenta contaminar el pensamiento racional con una sarta de creencias como el cristianismo sin el menor apoyo en la realidad y que no es más que un refrito de mitos órficos, egipcios y sumerios.
Es significativo que historiadores judíos tan importantes como Filón y Justo de Tiberíades no hablen de la figura de Jesucristo cuando vivieron en su misma época, mientras que las primeras referencias históricas a la figura de Jesucristo aparecen en el siglo II, cuando ya el mito se había establecido.
Jesucristo fue un invento, y a partir de ahí se creó una iconografía, un pensamineto, una historia. La "Biblia" no tiene el menor rigor histórico, y sus "enseñanzas" ni de lejos alcanzan la profundidad de los pensadores griegos; son sólo una serie de cuentos y anécdotas hilvanados de mala manera y a toda prisa.
Vamos a ver. Lo que hace Cartledge -que es un muy buen historiador inglés- es interpretar la muerte de Sócrates segun las coordenadas del período que estudia. No emite un juicio moral, sino que explica el porqué de su ejecución en base al análisis político de la polis ateniense. No justifica nada, sino que da una explicación, la mar de interesante. Otra cosa es el carácter de la democracia ateniense, que es uno de los mitos más insostenibles de la historia de la humanidad como hace años demostró el gran y único (y lamentablemente fallecido) profesor de la universidad complutense, Juan de Dios Cascajero Garcés.
No me creo nada que pueda aparecer en la Apología de Sócrates de Platón. Es de esperar que un discípulo defienda a su maestro y más siendo Platón quien dijo que a los gobernantes les está permitido mentir si es por el bien del pueblo. Para mí, Socrates y Platón no eran diferentes de los sofistas a los que criticaban.
El sr. Cartledge no me parece un hombre de nuestro tiempo, que justifique una condena a muerte porque no aceptaba lo religioso me parece aberrante que crea que está bien. Yo que soy creyente no puedo entenderlo con la mentalidad de hoy, el respeto a todos los hombres no viene dada ni por la raza, ni por la religión ni por el sexo, sino por ser personas. En cuanto a que murió feliz a diferencia de Jesucristo, me parece una comparación improcedente, no es lo mismo beberse un vaso de cicuta que morir torturado, con todo un largo proceso de sufrimiento, y solamente cuando el la cruz dice "Padre mío, que pase de mí este cáliz" da una impresión de que ya no puede más.
Peligrosa conclusión la de este historiador porque, una lectura atenta de la "Apología de Sócrates" nos revela la incapacidad de la acusación para demostrar sus acusaciones, básicamente (y esto debe ser tenido en cuenta) porque casi todo el texto es "palabra del propio Sócrates", que desmonta de forma harto elocuente las acusaciones que él mismo expone. Y ahí está la clave, porque Sócrates expone la base de su mala fama y sus razones para desmontar dicha base. ¿Dónde está la argumentación de los acusadores? Y todavía más: ni siquiera es Sócrates el que expone sus palabras, sino que es Platón el que lo hace. ¿Qué sabemos de Platón y de lo que pensaba de Sócrates? Platón denuncia con dureza la democracia ateniense, que considera corrompida si ha sido capaz de condenar a Sócrates, su maestro. Toda su obra es un intento por edificar un sistema político nuevo, claramente elitista y opuesto a la "democracia", en base a la doctrina pitagórica del alma (mito de caverna, etc...) y el espíritu socrático que defendía reconocerse carente de todo conocimiento como paso previo a cualquier intento por conocer. En esa reintepretación de las teorías pitagóricas (aderezadas del elemento socrático, como decía) se sostiene una teoría política lastrada, si se me permite interpretar, por la falta de imparcialidad respecto a su maestro. ¿Fue injusta la condena de sócrates? ¿Fue una condena coherente y consecuente con el sistema bajo el que fue ejecutada? Es difícil saberlo, y ahí nace mi recelo hacia este historiador, que parece tenerlo muy claro. Intuyo una tendencia conservadora, liberal y recalcitrante en ese libro, en esa teoría. Por otro lado, siempre recuerdo a un profesor de la facultad de Filosofía que consideraba las teorías platónicas como una estafa de la tradición filosófica, puesto que Platón no hacia más que escribir diálogos, sin mayores pretnesiones, y menos filosóficas. Y si algo es cierto, es que Platón escribía de fábula, de ahí que recomiende la lectura sin prejuicios de sus diálogos.
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