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La impiedad de Sócrates fue su condena

Un historiador británico sostiene que la sentencia a muerte del filósofo griego en el 399 a.C. fue un ejemplo de justicia y democracia

MIGUEL ÁNGEL CRIADO

El juicio y condena a muerte del filósofo griego Sócrates (470 a.C.-399 a. C.) aún se enseña en algunas facultades de Derecho e Historia como el gran ejemplo de un uso retorcido de la justicia. Desde Platón, que fue su alumno, hasta la actualidad, el juicio al padre de la civilización occidental fue considerado poco menos que una farsa perpetrada por los señores poderosos de Atenas, que usaron los bajos instintos del pueblo para acabar con un crítico del status quo. Sin embargo, Paul Cartledge, historiador y profesor de la Universidad de Cambridge, defiende en un nuevo libro que el proceso al filósofo fue todo un ejemplo de justicia y democracia a la ateniense.

Sócrates fue acusado por el ciudadano Meleto de un doble crimen y sentenciado por un jurado formado por 501 hombres. En su declaración, este personaje denunció que el filósofo había violado la ley al no cumplir sus obligaciones religiosas con el panteón ateniense y por introducir nuevas divinidades. Además, definió al pensador como un corruptor de la moral de la juventud. Por todo ello, Meleto pidió la pena de muerte para Sócrates.

Desde la Apología de Platón, en la que el discípulo defiende a su maestro, la historia ha ninguneado la importancia del delito de impiedad y ha destacado el de corrupción en la condena de Sócrates. Este había sido tutor de algunos antidemócratas, como el traidor Alcibíades o Critias, y era ya considerado como muchos un sofista, es decir, un charlatán peligroso. El cargo de irreligiosidad es, para la mayoría de los historiadores, un instrumento para conseguir la condena.

El profesor Cartledge acaba de publicar Ancients Greek Political Thought in Practice (algo así como El pensamiento político de los antiguos griegos llevado a la práctica), editado por Cambridge University Press, en el que defiende la literalidad del caso. Cartledge afirma que fue el desprecio de Sócrates a la religión el que le llevó a su condena y que el otro cargo que se le imputaba, la acusación política, sólo sirvió para convencer a los indecisos.

El historiador británico se apoya en dos elementos para defender la justicia del juicio a Sócrates. Por un lado, asegura que 'la ateniense era una democracia (la única existente entonces entre las grandes polis griegas) muy diferente a la actual'. Todo se discutía y los ciudadanos al menos los bien situados eran participantes activos no sólo en la acción política sino que también tomaban parte en la administración de justicia. No había fiscales y la acusación era iniciada por cualquier ciudadano. La pena se decidía por votación.

El segundo elemento, despreciado por los historiadores, es la acusación de impiedad. Como escribe Cartledge en su libro, 'la ciudad griega es una entidad viva colocada bajo la protección segura de los dioses, que no la abandonarán mientras ella no les dé de lado'. Cuando Meleto acusa a Sócrates de descuidar sus obligaciones religiosas y de corromper a la juventud, está señalando a un personaje muy conocido que está repudiando a los dioses y que pretende traer a la ciudad nuevas y desconocidas divinidades.

Para Cartledge, Atenas era una comunidad mediterránea cerrada que veía en cada novedad una amenaza al orden establecido. Fue esta combinación entre participación democrática y miedo religioso la clave del proceso judicial. Sócrates, en definitiva, sufrió la desconfianza de sus contemporáneos, a los que les disgustaba su actitud hacia Atenas y la religión establecida.

Por su parte, Sócrates usó en su defensa su técnica preferida: responder con preguntas a las inquisitorias de Meleto. Sin embargo, la mayéutica que usaba con sus discípulos no le valió en su propio juicio. De los 501 miembros del jurado, 280 le condenaron. Sólo quedaba decidir la pena y Meleto insistió en su ejecución.

En su turno de contrarréplica, Sócrates volvió a actuar con desdén. Pudo solicitar el destierro o el pago de una buena multa, pero insistió en que se le impusiera un pago ridículo, argumentando que un hombre como él, dotado de una misión filosófica, apenas tenía valor para el Estado.

Su discurso enfadó al jurado y, al final, unos 320 ciudadanos votaron por la pena máxima. Sócrates se dio muerte días después, tomando un brebaje a base de cicuta. Para el historiador, 'con la condena y muerte del filósofo la democracia de los atenienses se vio limpiada y reafirmada'.

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