Publicado: 20.01.2016 20:05 |Actualizado: 21.01.2016 07:00

“La segunda Transición me
suscita mucha desconfianza”

La crónica de un crimen atroz sirve al escritor Javier Pastor para hilvanar un recorrido por la Transición en el que se rebela contra la “voluntad de desmemoria” de la derecha.

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Javier Pastor, a vueltas con la Transición.- EP

Burgos, septiembre de 1975. Un capitán del ejército español, Victorino Moradillo de 42 años para más señas, decide asesinar, sin motivo aparente, a su mujer María Cristina López Rodrigo, de 38 años, y a sus cuatro hijos: Cristina, de 14 años; María Concepción, de 13; Victorino, de 10; y David, de apenas dos meses de vida. Acto seguido, procede a descerrajarse un tiro en la sesera y acabar con su vida. Un crimen brutal que hoy día habría acaparado todas las portadas pero que sin embargo no tuvo apenas repercusión en su día. Salvo en Burgos, donde todavía se recuerda, de forma elusiva, como “lo de Moradillo”.

“Franco acababa de firmar la pena de muerte de los que serían los últimos cinco fusilados de la dictadura y en quince días iba a sufrir su primer infarto cerebral que le mantendría encamado hasta el 20-N. Entre tanto, Olof Palme recogía dinero por las calles de Estocolmo para ayudar a los familiares de las víctimas y la embajada española en Lisboa ardía… La situación era muy inestable, al régimen no le interesaba que se aireara un escándalo de estas características”, explica Javier Pastor, autor de Fosa común (Literatura Random House), un minucioso ejercicio de memoria que reconstruye la Transición y el tardofranquismo.

Un “ejercicio de desmemoria” que el autor entiende fruto de esa “voluntad de olvido” a la que planta cara en esta novela: “En cuanto se habla de fosas de comunes surge la derecha más rancia y dice que no hay que reavivar viejos rencores. Seguramente quienes dicen esto saben perfectamente dónde están enterrados sus muertos, sus apioladitos”.

"Los que dicen que no hay que reavivar viejos rencores, seguramente saben perfectamente dónde están enterrados sus muertos"

Y junto a esa amnesia pretendida por algunos, Pastor denuncia también el desprecio por la memoria como facultad, no sólo como pasado histórico. “Hoy día se exaltan las formas no memorísticas porque se supone que estudiar debe ser una actividad placentera. Y yo creo que, aun estando de acuerdo con que memorizar acríticamente la lista de los reyes godos no sirve de nada, entender el estudio como algo que ha de ser gozoso es otra cosa bien diferente. Los jóvenes de hoy carecen, muchos de ellos, de pertrechos críticos que le permitan entender la Transición y el tardofranquismo”.



portada fosa comun


No es el caso de Javier Pastor, su exhaustiva reconstrucción de aquellos días —era vecino de los Moradillo— a través de los ojos de un adolescente de barrio —Jaime Arzain, hijo de militar y trasunto del autor— evoca detallista sus años de formación y su despertar a la vida. Un ejercicio de introspección que el autor amalgama en un cuento ficcional. Según Pastor, “cada vez que recordamos estamos superponiendo un recuerdo nuevo, recreamos de nuevo lo sucedido, es más, cuando hablamos de nosotros mismos en primera persona estamos haciendo propiamente ficción”.

Consciente de ello, Pastor no escurre el bulto y se sitúa en una posición un tanto antipática. “Podría haber adoptado ese perfil de eterno perdedor sin matices, víctima del régimen, pero prefiero meterme en otros berenjenales. Era consciente cuando escribí esto que, supuestamente, estaba en el lado de los ganadores; fui hijo de un militar, un militar que no era franquista, y conozco bien esas barriadas que daban grima”.

En ese sentido, el autor carga de forma virulenta contra toda esa pléyade de demócratas de pro que proliferaron como setas cuando la diñó el dictador. “Empezaron a salir resistentes por todas partes, gente que decía que había sido demócrata toda la vida, ¿te lo puedes creer?, ¡pero si vivían felices como perdices con Franco!”. Parafraseando a Luciano Rincón: “¿Resistencia?, lo que aquí ha habido es mucha aguantancia