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Petardos en vez de fuegos artificiales

Marcelino juega al todo o nada y facilita el triunfo al Villarreal

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El barniz más populista y estrambótico de Marcelino tampoco le ha dado resultado. Necesitaba un golpe de efecto para reconciliarse con una grada que lleva desde hace dos meses sin catar un triunfo. Le urgía devolver la sonrisa al aficionado después de interpretar el papel en una supuesta guerra con Kanouté, más virtual que real, pero en la que aunque los cartuchos fueran de mentirijillas llevaba todas las de perder.

Necesitaba, por tanto, un partido con fuegos artificiales para cambiar el gesto del socio. Lo intentó, pero chirriaron petardos donde esperaba un espectáculo de luz y color. Quiso salvarse travestido del entrenador que no es, del que le gustan los partidos locos, sin defensas, pero su bote salvavidas también tenía un agujero.

Por supuesto en su alineación apareció Kanouté. Nada raro. El guiño había que hacerlo; lo más extraño es que le hiciera coincidir en el campo con Manu y Negredo. El Villarreal de Molina no se dejó intimidar por tanto destape. Los amarillos han recobrado la autoestima pero no con un volantazo. La solución era más sencilla sólo se trataba de mantener la dirección y recobrar el gusto por aquello que antes hacían tan bien y por circunstancias con Garrido se había podrido.

La pelota volvió a bailar al compás de Senna. Borja ya puso por delante a los visitantes a los 20 minutos. El Sevilla, entonces, lo volvió a hacer: sus mejores minutos de la temporada siempre han sido con el marcador en contra. Navas, después de un rebote afortunado, marcó el empate.

No le valía esa senda a Marcelino para salir del paso. Así que en el descanso se puso una careta extraña. Quitó del campo a un lateral para meter a Reyes, a Medel para introducir a Trochowski. En el Sánchez Pizjuán sonó de repente el heavy metal cuando lo que acostumbra es el moderatto. El Villarreal buscaba el gato encerrado, buscarle explicación a un suicidio colectivo. Antes de marcar el segundo gol tuvo ocasiones clarísimas para hacerlo. Cierto es que también pudo ganar el Sevilla, si no hubiese sido por las enormes paradas de Diego López. La grada ya no se creyó su truco y le pidió la dimisión.