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Inmigración El difícil viaje de los retornados

Un total de 28.000 inmigrantes han solicitado el retorno voluntario a sus países desde el año 2009. La mayoría lo hacen golpeados por el paro y sin posibilidades de subsistir en España.

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Reunión de un colectivo de inmigrantes en Sevilla. | Efe

Julia se marcha. Lo tiene decidido. “No te creas que ha sido fácil. Mi pensamiento era morir aquí”, reconoce la colombiana. Llegó a España hace 20 años con las maletas cargadas de expectativas. Después de acumular todo tipo de trabajos precarios, de pelear hasta la extenuación por conseguir el permiso de residencia, de lograr traerse a sus hijos e incluso ver nacer a una nieta con sangre española, Julia vuelve a hacer las maletas. Otra vez.

“El perfil es muy variado. Lo que sí tienen casi todos en común es que se marchan porque no tienen cómo vivir”, explica Elimlahi

“No quería regresarme, pero todo se me volteó a raíz de la crisis. Con 58 años y tanto parado, aquí no tengo futuro”. Con suerte, Julia regresará a Colombia a finales de febrero. Ella es una de las participantes del Programa de Retorno Voluntario del Ministerio de Empleo, con el que se trata de ayudar a inmigrantes en situación vulnerable a volver a sus países de origen. Suelen ser personas golpeadas por el desempleo, que han agotado todos sus recursos y no tienen ni para pagar el billete de vuelta.

Desde el año 2009, casi 28.000 personas han solicitado esta ayuda. La mayoría (cerca de un 93%) son de América Latina, especialmente Bolivia, Paraguay y Ecuador. Le sigue de lejos África Subsahariana con un 3,4%. En este caso, casi todos proceden de Senegal. “El perfil es muy variado, hay tanto familias enteras como casos individuales. Lo que sí tienen casi todos en común es que se marchan porque no tienen cómo vivir”, explica Sana Elimlahi de ACCEM, una de las once ONG españolas que se ocupan de gestionar el retorno voluntario asistido.

El programa está abierto tanto a inmigrantes en situación regular como irregular. Aparte de ofrecerles el pago del billete y algo de dinero para los gastos del viaje, las organizaciones les dan una ayuda para la reintegración de 400 euros por persona (con un máximo de 1.600 euros por familia). A cambio, antes de irse, tienen que entregar su documentación española y firmar el compromiso de no volver en tres años.

Para muchos, emprender el camino de vuelta implica asumir la derrota y aceptar el miedo a empezar de cero

No se trata de una decisión sencilla. Aunque el retorno forma parte de un proceso circular, aunque volver siempre está en la mente del que migra, no todos los regresos son iguales. No es lo mismo el que decide poner el punto y final porque ya alcanzó sus objetivos, al que lo hace por razones familiares o de salud y, mucho menos, al que se resigna a volver por necesidad y casi siempre con las manos vacías.

En este último caso, el regreso puede ser tan difícil como el exilio. Además del coste económico, está el emocional. Para muchos, emprender el camino de vuelta implica asumir la derrota y el sentimiento de fracaso, desaprender ciertas formas de vida y aceptar el miedo a empezar de cero. Sobre todo a empezar en un país del que ya se sienten lejos y que seguramente es muy distinto al que dejaron antes de migrar. Es lo que se denomina el choque cultural inverso. A mayor tiempo de estancia fuera, más aumentan las dificultades de adaptación en la migración de retorno.

Esto hace que muchos tarden en tomar la decisión y acaben apurando hasta el límite. “Nos encontramos con casos muy vulnerables, con gente que está viviendo en la calle, que acumula muchas deudas”, cuenta la coordinadora del programa de retorno de ACCEM.

“Nos pintaron todo de color de rosa, pero al llegar no pudimos hacer nada”, lamenta María de Fátima

Es el caso de María de Fátima y Víctor. Ellos preferirían quedarse en España, pero no tienen otra opción. Esta pareja de Paraguay vino hace sólo cinco meses con la esperanza de darle un futuro mejor a su hija. “La niña nació con problemas de salud y en Paraguay los hospitales son muy malos. Un familiar nos dijo que aquí íbamos a tener trabajo. Nos pintaron todo de color de rosa, pero al llegar no pudimos hacer nada”, lamenta María de Fátima.

Ambos dejaron en su país su trabajo y sus estudios. Incluso pidieron un préstamo que aún no han podido devolver. “Desde que estamos aquí sólo ha aumentado esa deuda. No tenemos papeles, no tenemos trabajo. Ahora compartimos un apartamento de tres habitaciones con quince personas”, cuenta Víctor, “irnos nos pone muy tristes. España es un país hermoso, aquí a mi hija no le falta de nada. Ojalá las cosas hubieran sido distintas, me hubiera encantado vivir aquí”.

No se van, huyen de la pobreza

La pregunta es ¿hasta qué punto una elección se puede considerar voluntaria si no existe otra opción?, ¿acaso no se ven forzados por un mercado laboral que les ha dejado fuera? En el año 2015, el sindicato UGT elaboró un informe titulado El efecto huida. En él se insistía en que “no estamos ante una migración deseada, sino ante un efecto huida de una situación casi insostenible”.

Hoy la tasa de paro inmigrante si sitúa en torno al 24,7% frente a la media del 18,6%

En efecto, hoy la tasa de paro inmigrante si sitúa en torno al 24,7% frente a la media del 18,6%. Por otro lado, los que tienen trabajo también suelen cobrar menos, concretamente un 35,9% menos que los españoles. Según el último informe sobre el Estado de la Pobreza en España, casi dos de cada tres personas extranjeras procedentes de fuera de la UE están en situación de pobreza y/o exclusión social. En un callejón sin salida, la única dirección posible es la marcha atrás.

“El Gobierno sólo quiere que nos vayamos, pero gracias a nosotros, los inmigrantes, ha crecido España. Hemos dado hijos, hemos trabajado, hemos metido el hombro en puestos que el propio español ha despreciado”, critica Julia. “Este es un país bueno, pero desafortunadamente no le dan a todos las mismas oportunidades. ¿Dicen que hay crisis? España no sabe qué es la crisis. No sabe qué es de verdad la pobreza”.

Para UGT este retorno obligado supone una importante pérdida de población “que España no se puede permitir”. Según el informe El efecto huida, el 10´2% del total de esta población perdida tiene entre 0 y 15 años”.

Otras instituciones como el CIDOB (Barcelona Centre for International Affairs) mantienen, sin embargo, que “el retorno es una opción todavía minoritaria”. En su anuario de la inmigración de 2016, destacan que, si bien en los años 2012 y 2013 tuvimos un saldo migratorio negativo (salían más personas de las que entraban), desde entonces ha bajado el número de salidas.

Lo que sí parece claro es que ha habido menos retornados de los que vaticinaba el Gobierno cuando presentó por primera vez en 2008 el programa de retorno voluntario. Entonces se preveía que unos 100.000 inmigrantes se acogieran a esta iniciativa (la previsión solo se ha cumplido en un 28%). Entre las razones está la desconfianza y el miedo a perder la posibilidad de regresar a España. Hay una más, quizá la más decisiva, como explicó el secretario General de la OCDE, Ángel Gurría, “las ayudas para que los inmigrantes vuelvan a sus países de origen sólo funcionan si en esos países hay oportunidades”.

El retorno como oportunidad

“El retorno siempre ha sido la oveja negra, pero no tiene por qué ser necesariamente negativo”, defiende María Jesús Herrera, jefa de misión en España de la Organización Internacional de las Migraciones (OIM). “Para ello, tenemos que darles a estas personas una oportunidad de desarrollo”, insiste.

“El retorno siempre ha sido la oveja negra, pero no tiene por qué ser necesariamente negativo”, defiende María Jesús Herrera

En sus oficinas la OIM, además de gestionar programas de retorno asistido, también ofrecen la opción del retorno voluntario productivo. Se trata de una ayuda para aquellos que a la vuelta quieran emprender un negocio propio. El proyecto ofrece varias sesiones de formación en emprendimiento y un apoyo económico de entre 1.000 y 3.000 euros para que puedan poner su idea en marcha. En este caso, la OIM ofrece esta alternativa a ciudadanos de Camerún, Senegal y Colombia, países con los que tiene suscrito un acuerdo de colaboración. En 2015 apoyaron 43 proyectos productivos, para este año tienen previsto 57.

Trabajan con un grupo al mes de entre siete y once personas. Les enseñan conceptos básicos para manejar un negocio, hacer facturas, contabilidad. Les ayudan a diseñar su propio proyecto y sobre todo a estudiar si es viable. Muchos migrantes hace años que se fueron y hoy desconocen cualquier cosa relacionada con licencias, permisos o incluso precios.

Las clases se desarrollan en un aula cuyas paredes están plagadas de maletas y despedidas, de fotografías de otros migrantes. Son imágenes de los españoles que huyeron en los años 70 a Argentina. Fotos en blanco y negro de otros hombres y mujeres, que como a ellos, también les tocó salir. Aunque quizá tuvieron más suerte.

“Quiero pensar que, al menos, de todo se aprende. De las cosas malas también”, afirma Fernando

“Me gusta la tranquilidad y la seguridad de España, pero aquí nadie me dio la oportunidad de trabajar en nada. He buscado por todos lados y no tengo cómo sostenerme más. No quiero seguir viviendo de la caridad”, cuenta Fernando, un colombiano de 34 años. Su plan no salió como esperaba, a pesar de haber invertido en él todos sus ahorros. Ahora quiere montar un negocio de compra-venta de motos de segunda mano. Lo hará en su ciudad natal, Cali, donde vive su hijo de doce años. “Yo quería habérmelo traído para acá para darle un futuro sin tanta violencia, pero no pudo ser. Quiero pensar que, al menos, de todo se aprende. De las cosas malas también”.

Fernando comparte el aula con Julia, que también se ha decidido a montar un ultramarinos en Bogotá, y otros cinco compañeros. Tres son de Senegal, uno es de Camerún y otro también colombiano. En las clases, cada uno expresa sus miedos. “Yo sé que voy a llegar a dos velas”, reconoce Fernando.

Otros, como Souleye, tratan de contagiar su esperanza, el deseo de abandonar el estatus perpetuo de migrante, la ilusión de que el fin sea un nuevo comienzo. Este senegalés abandonó su país hace 18 años porque su negocio, una sastrería, no iba bien. Durante este tiempo se deslomó la espalda cargando cajas de fruta, trabajó de sol a sol por cifras irrisorias. “He llegado a trabajar por 30 euros al día y todo lo tenía que mandar a mi familia en Senegal. Ya soy mayor, me encuentro cansado”. Souleye regresa con casi 60 años y la intención de volver a montar una sastrería, de aplicar lo que ya ha aprendido.

Una vez que la OIM apruebe sus proyectos tardarán entre cuatro y seis semanas en volver a casa. Ya en el terreno les facilitarán el dinero para la inversión y les acompañarán en los primeros pasos. Eso sí, el éxito o fracaso posterior de estos negocios es difícil de seguir.

“Tomar la decisión fue muy duro, pero ya lo que quiero es irme. Vuelvo a tener ganas, ilusión”. Aunque reconoce el vértigo, Julia espera encontrar consuelo y tranquilidad, después de varios años oscuros que le han costado una larga depresión. Dice que, “a pesar de los explotadores”, se lleva una buena imagen de España, que los españoles le han tratado bien.

Hoy mientras prepara su regreso piensa qué fácil sería si todos los retornos fueran como aquel tango de Gardel. Poder sentir que es un soplo la vida y que, a pesar de todo, 20 años no son nada.

Este reportaje ha sido realizado dentro del programa "Periodistas de Frontera", impulsado por el Instituto Panos para el África Occidental (IPAO).