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Félix Padín, el anarcosindicalista que luchó contra la impunidad

La Fundación de Estudios Libertarios Anselmo Lorenzo (FAL) publica las memorias del histórico militante de CNT, fallecido en octubre de 2014. Justo antes de morir consiguió declarar ante los tribunales. Su testimonio forma parte de la querella que se tramita en Argentina.

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Félix Padín, el anarcosindicalista que luchó contra la impunidad.

Un poema. Un testamento. O una mezcla de los dos. “Quiero morir consciente y libre, en medio de frescas rosas, lleno de aire y de luz, mirando al sol”. Así se despidió Félix Padín en el otoño de 2014, cuando aún podía escribir. En su último escrito, el histórico militante de CNT desbordaba, paradójicamente, vida. “(…) Si algo en mí no muere, si algo al rojo fuego escapa, sea yo fragancia, polen, ritmo, idea libertaria”.

A pocos meses de que se cumpla el tercer aniversario de su muerte, las memorias de este anarcosindicalista vasco ya están en la calle. Si los libros hablasen, estas hojas serían un grito contra la impunidad. Un grito limpio, claro y atronador.

Hasta el último día de su vida, Padín (quien falleció el 7 de octubre de 2014 a los 98 años de edad) libró una encendida batalla contra el franquismo. Su pelea llegó hasta los juzgados de Buenos Aires, donde la jueza María Servini de Cubría tramita la querella contra los crímenes de la dictadura española. Algunos meses antes de su muerte, el ex miliciano se entrevistó con la magistrada en el hospital de Miranda de Ebro. Luego lo hizo frente a un juez de esa localidad burgalesa, a petición de la justicia argentina. Fue su último servicio a la causa.

Con su desgarrador testimonio, Félix describió a la perfección las atrocidades cometidas por los franquistas en el campo de concentración de Miranda de Ebro, donde estuvo recluido tras ser capturado en Basauri (Bizkaia). Su periplo por el horror incluyó también la cárcel de Vitoria y el seminario de Murguia (Araba), donde las misas habían dejado lugar a las torturas. También formó parte de los “batallones de trabajadores”, eufemismo empleado por la dictadura para referirse a los prisioneros que eran utilizados como esclavos.

Tal como se plasma en sus memorias, Padín fue obligado a arrastrar piedras para levantar una capilla en el campo de concentración de Miranda, tuvo que trabajar en la reforma de un chalet de un jefe franquista en Cercedilla, participó en los trabajos de reconstrucción de la carretera de Vidangoz (Navarra)…

Félix Padín, el anarcosindicalista que luchó contra la impunidad.

Cuando el militante anarcosindicalista recordaba aquel periodo, solía utilizar tres palabras que describían lo vivido a la perfección: enfermedades, sufrimiento y hambre. “Entonces me planteaba si no hubiese sido más fácil que me mataran el primer día”, relató hace algunos años.

“República, guerra y campos de concentración. Memorias de un anarquista bilbaíno” (editado por la Fundación de Estudios Libertarios Anselmo Lorenzo) recoge todas esas vivencias. “En una primera etapa nos relata sus peripecias en el seno de las Juventudes Libertarias, en un grupo de acción y en la CNT. Luego, durante la guerra civil, rememora su paso por las milicias libertarias en el Frente de Ochandiano y, posteriormente, por los batallones confederales Isaac Puente y Durruti”, puede leerse en el texto de presentación.

Memorias completas

“Se había pensado publicar este libro en vida, pero la muerte le sobrevino antes”, explicó a Público el investigador y militante cenetista José Ignacio Orejas, coautor de esta obra junto a Miguel Iñiguez, otro historiador (además de veterano militante de CNT) que ha dedicado varios años de su vida a realizar trabajos de documentación sobre el anarquismo en el Estado español.

Según explicó Orejas, este libro “consiste fundamentalmente en las memorias de Félix”, a lo que se ha añadido “notas a pie de página y biografías de personas que son citadas en su testimonio”. “Hemos complementado lo que él decía, citando cifras de la represión o aportando otros datos sobre determinados sucesos”, señaló.

Del mismo modo, esta obra abarca un periodo de la vida de Padín que no había sido incluido en sus primeros escritos. “Se trata de lo que vivió a partir de 1943 (apuntó el coautor), cuando terminó de realizar la mili ordenada por Franco, que en realidad era un campo de concentración”.

Si los verdugos creían que habían podido doblegarle, se equivocaban: así lo demostró en la huelga general del 1 de mayo de 1947, en la que participó activamente. Aquello significó una nueva detención y, por consiguiente, un nuevo apaleamiento. No valió de nada: Félix siguió peleando hasta el último instante.