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Los voluntarios de Tirso de Molina "Cuando te dicen que si no fuera por ti no comerían, se te cae el alma al suelo"

Los voluntarios Tirso de Molina preparan 150 cenas diarias que reparten a personas sin recursos en la céntrica plaza madrileña. No lo hacen por caridad, sino por el espíritu de compartir: "Aquí recibes mucho más de lo que das".

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Raúl y las voluntarias de Casa Solidaria, en la plaza de Tirso de Molina de Madrid. / HENRIQUE MARIÑO


Adriana apura los últimos minutos antes de salir hacia la plaza de Tirso de Molina. En una bolsa, ochenta sándwiches de humus. En otra, varios lotes de yogures. Hay otro bulto más que espera en el vestíbulo de su piso: “Lo llamamos el baúl de los recuerdos. Como no tenemos una sede, guardo aquí los táperes, las cucharas, los guantes y demás utensilios”, explica esta informática gallega que una tarde se encontró a escasos metros de su casa a más de un centenar de personas que hacía cola para recibir comida. “Les dije si podía echar una mano y aquí estoy”.


Tiempo atrás, en 2012, Raúl había comenzado a repartir cenas a personas sin recursos en la céntrica plaza madrileña. Importaba la idea del Centro de Apoio ao Sem Abrigo (CASA), fundado en Portugal por un maestro budista y rebautizado en España como Casa Solidaria. El objetivo: dar de comer a quien lo necesite sin indagar en el motivo que lo ha llevado hasta esa situación. “Nosotros no le preguntamos a nadie. Sólo nos interesa la persona, no sus razones. Es un trato horizontal, de tú a tú. No adoptamos el papel de trabajadores sociales, sino que nos ayudamos unos a otros”, explica el pionero de esta iniciativa laica, apolítica y arreligiosa en la que tienen cabida ciudadanos de todas las creencias.


Con el paso de los años, fueron creciendo la cola, los colaboradores y los días de reparto, hoy de lunes a viernes. Los voluntarios se organizan en grupos de unas treinta personas. El de Roberto, de Plaza Solidaria, atiende a los comensales los lunes. "Nuestra asociación nació para contar una representación legal, que nos permitiese dialogar con las administraciones", explica este consultor de empresas jubilado, nacido en 1960 en la cercana calle Amparo y hoy vecino del paseo de Extremadura.


"Conocí a gente muy comprometida que venía del 15M y había percibido mucha necesidad. Así comencé a colaborar, aunque cada grupo tiene una personalidad propia. El nuestro, por ejemplo, es muy femenino y comprometido. Hasta tenemos una compañera de ochenta años", añade Roberto, quien explica que su labor va más allá de las cenas. "Buscamos el contacto humano. Ése es nuestro principal trabajo, aunque la comida supone una ayuda para la gente que tiene una pensión ridícula. Si alguien necesita unos zapatos, por ejemplo, te mueves para conseguírselos", explica. 


Raúl se acerca todos los miércoles desde El Escorial, donde vive y trabaja como psicoterapeuta, para entregar 150 cenas. También lo hacen sus padres, Pilar y Antonio, así como otros vecinos del pueblo, ubicado a cincuenta kilómetros de Madrid. Malika llega desde Fuenlabrada, Puri viene de Embajadores, Ángela se desplaza desde Villalba... Entre todos, se reparten las tareas: hay que comprar la comida y cocinarla, preparar bocadillos, clasificar la fruta, llevar todo hasta la plaza, entregar los números una hora antes del reparto y servir el menú, puntualmente, a las ocho y media.


El grupo de Raúl sirve alimentos vegetarianos, aunque cada equipo funciona independientemente y se organiza a su aire. Uno de ellos, por ejemplo, es vegano. La ausencia de carne de cerdo en la carta amplía la demanda a los comensales musulmanes. Platos caseros preparados por los propios voluntarios, los mismos que comen en sus casas. “Quieren algo caliente, porque asienta el estómago y lo asocian con el hogar”, explica el fundador de la iniciativa, quien desde el comienzo vio claro que debían actuar en un punto fijo: “Hay otras entidades que realizan una labor parecida de forma itinerante, pero la certeza de saber que todas las tardes estaremos aquí ayuda a quienes están en riesgo de exclusión”. Necesitan, eso sí, un local cercano para almacenar la comida y los utensilios, de cuyo coste se hacen cargo los participantes en el proyecto.

Voluntarios de Casa Solidaria. / RAÚL GIGLIO


Todavía falta una hora para que comience el reparto y los comensales se arremolinan en torno a Raúl, quien entrega los números a los presentes. Son más de cien, aunque hasta las nueve irán llegando los rezagados. Algunos son ancianos de la zona a quienes no les alcanza su magra pensión. Otros vienen desde otros barrios a propósito. Hay migrantes y castizos. Jóvenes y mayores. Hombres y mujeres. Gente que se quedó sin techo y gente que perdió el trabajo. Obreros centrifugados por el ladrillo. También personas que duermen en albergues. La casuística es variada y no hay un perfil determinado. “Yo quería ayudar en lo más básico, donde no hubiese preguntas, prejuicios ni connotaciones de ningún tipo. Y comer es lo más primario”, afirma Miguel Ángel, cordobés de Cabra, 44 años. “Estoy aquí simplemente por el espíritu de compartir”.


Mientras esperan en la plaza pacientemente, van llegando a cuentagotas los voluntarios, hasta que los comensales enfilan el lugar donde se efectúa el reparto, un banco con una placa que recuerda la primera cena: el 18 de noviembre de 2012. A este lado, una cadena solidaria que intenta que no se rompan los eslabones que tienen enfrente. “La entrega de alimentos también es un pretexto para hablar con ellos”, cree Javi, informático en paro y vecino de Lavapiés. Raúl abunda en la idea: “De hecho, intentamos hacerlo sin demasiada prisa para tener algo de tiempo para saludarlos y ver cómo les va. Luego, hay algunos que sólo vienen a por la comida y otros que prefieren permanecer en el anonimato, aunque siempre hay quien busca conversación”.

Menús vegetarianos y veganos


De primero, puré de verduras y crema de lentejas. De segundo, arroz con huevo, lentejas, macarrones con salsa de queso y arroz con verduras. De postre, yogur y fruta. De beber, un zumo. Para el desayuno de mañana, sándwiches de queso y de humus. Un comerciante indio hace llegar cada miércoles una caja repleta de bolsas de magdalenas: Sonu, su empleado, explica que el resto de los días trae jugos. Alguien dejó pagados bocatas de tortilla para un año en un bar cercano. También hay panaderías que ceden el producto que no han vendido durante la tarde. Otras donaciones puntuales enriquecen el menú. “¿Qué prefieres: café, té o zumo?”, pregunta Susana, apostada ante varios briks y termos. “Dar a elegir es importante, porque para algunos ésta es la única elección que pueden hacer en su vida diaria”.


Los voluntarios también podrían elegir. Una opción sería ingresar dinero en una cuenta bancaria. Sin embargo, en la plaza hay más retorno: “Preferimos hacer la comida y entregarla en mano, porque resulta humano y hermoso”, cree Raúl, quien gasta más dinero en gasolina y en aparcamiento que en preparar el menú. Él había conocido iniciativas similares en Alemania antes de cruzarse en su camino con la experiencia portuguesa y dar un paso adelante. “Empezamos una noche con dieciséis cenas, fuimos creciendo, nos organizamos y ahora somos unas 150 personas, repartidas en cinco grupos de treinta. Si lo piensas bien, el aumento de colaboradores significa que también hay una necesidad de ayudar al otro”. Visto desde otra perspectiva, calcula que en seis años han servido unas 220.000.

Raúl, de Casa Solidaria, y Roberto, de Plaza Solidaria.


“Cuando conoces a la gente, te enganchas. Los comensales y los voluntarios somos como una familia”, corrobora Adriana, cuya pareja le echa una mano para preparar la comida. “Yo soy de A Guarda y en un pueblo parece que hay más recursos para los desfavorecidos, pero imagínate vivir en Madrid sin ayudas. No dejo de sorprenderme por la cantidad de ancianos con pensiones bajas y de trabajadores afectados por la crisis”. Al igual que ella, otras personas conocieron la iniciativa al atravesar la plaza y ver la cola. Como Natasha, administrativa de 43 años, oriunda de Bariloche y residente en Vallecas: “Aquí no hay credos ni ideologías. Se da de comer a todo el mundo, sin cuestionarse nada. A veces, incluso, no sabes si quien tienes enfrente es un voluntario o un comensal”.

Dar, pero también recibir


Concha, una jubilada de Lavapiés que trabajó en una promotora inmobiliaria, repartía por su cuenta bocadillos en la glorieta de Atocha. “Yo soy muy de radio y un domingo escuché a Raúl. Entonces decidí seguir haciendo lo mismo, pero en grupo, porque la calle es muy dura para quienes la sufren”. Ha visto pasar por delante a familias con niños, a viudas, a vecinos, a sintecho… “Hemos tenido comensales que antes habían estado de nuestro lado, y viceversa”.


Andrés, por ejemplo, tiene un pie en ambas orillas. Trabajó como camarero y mecánico. Fue voluntario de la Cruz Roja cuando los incendios de Alcalá 20 y Almacenes Arias. Ahora está retirado, vive solo y echa una mano en la plaza. “Las entidades públicas no nos ayudan, porque hay que estar muy mal para poder acceder al comedor de un centro de mayores. A mí me aceptaron, pero para ello debes estar empadronado, cuando mucha gente necesitada no tiene un domicilio fijo”, explica este vecino de Antón Martín. Llegó a través de una amiga hasta aquí, donde da y recibe, aunque en realidad todos los miembros de Casa Solidaria reciben más que dan.


“Cuando te dicen que si no fuera por ti no comerían, se te cae el alma al suelo”, confiesa Ricardo, jubilado de Vallecas. Durante cuatro años, acompañó a su mujer, que padecía cáncer, al hospital. Ella le dijo que, cuando terminara el tratamiento, le gustaría cuidar a los niños enfermos que acuden al servicio de oncología. Sin embargo, falleció y Ricardo se encontró solo. “Entonces le pedí a mi hija que me buscase un voluntariado y me encontró esto. Ahora estoy encantado”.

Voluntarios de Casa Solidaria. / RAÚL GIGLIO


Ángela vive a cuarenta kilómetros de Madrid y sabe que los miércoles no tiene vida. O tiene una vida dedicada a los otros. “No obstante, lo haces con ilusión, porque la gente es muy agradecida”. Concha lo tiene claro: “Aquí no sólo damos de comer. Durante estos años, se ha generado mucha empatía”. Susana, a veces, piensa en dejarlo, pero cada vez que se fija en la larga cola la idea pasajera se esfuma: “Esta labor nos hace sentir mejor”. Adriana, consciente de que la ayuda es recíproca, se sincera: “He llegado a tener una sensación de egoísmo, porque parece que lo hago por mí”. Roberto, de Plaza Solidaria, le va a la zaga: “Nosotros somos muy egoístas, porque sacamos más que lo que damos. Yo vengo con el grupo de los lunes y recargo energía para toda la semana. Es algo especial, pues creas unos vínculos con ellos que te llenan". El sentimiento es unánime, concluye Raúl: “Es un regalo para uno mismo. Cuando estoy triste, esto me centra y me reconforta, porque el cariño recibido es brutal”.


Sin embargo, en Casa Solidaria no importan los motivos. Ni los de unos, ni los de otros. Javi, informático en paro y vecino de Lavapiés, lo tiene muy presente: “Cualquier día te puede pasar a ti. Si ese momento llegase y estuviese en el otro lado, me gustaría que alguien me ayudase”. Él, junto a Susana, son los encargados de la cafetería. Ella es inglesa, aunque lleva casi treinta años en Madrid, donde trabaja como contable. “¿Cómo no voy a contribuir si veo que esto sucede al lado de mi casa?”, reflexiona antes de hacer memoria de los últimos cinco años. “He visto a gente perder los dientes, a sintecho que murieron durante el invierno, a personas que lograron salir y, al cabo de un tiempo, tuvieron que volver a hacer cola…”.


Porque también hay momentos duros, reconoce Natasha. “A veces, la gente está rebotada de la vida y se la toma contigo. Pero tú sabes que ellos no te están gritando a ti, sino a la propia vida, aunque se desquiten con nosotros. A cambio, gracias a la ayuda que prestamos, hay días que llegas triste y regresas a casa contenta”. Dar y recibir. Sin hacer preguntas, pero hallando la mejor respuesta.