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Khaled, el naúfrago argelino que salvó la vida gracias a unos turistas

No todo es agua de rosas en un ansiado descanso estival. Hay quien regresa con unos kilos de más y quien lo hace con la conciencia bien ancha. Esta es la historia de un migrante argelino a la deriva a punto de morir y unos asturianos con un par.

Khaled, en el hospital el día del alta, con un brazo maltrecho arriba y la parte del cuerpo no sumergida quemada por el sol.
Khaled, en el hospital el día del alta, con un brazo maltrecho arriba y la parte del cuerpo no sumergida quemada por el sol. J.C.A. / Cedida

Juan Carlos Avilés

Cala San Pedro, Las Negras, Almería. Son las siete de la mañana del pasado 20 de julio, cuando el sol arroja sus primeros rayos sobre las sosegadas aguas que bañan el Cabo de Gata. Poco más allá de la orilla, al abrigo de unas incipientes rocas, Emilio, Cris, el pequeño Raitán, y una pareja de amigos con otro crío de la edad de aquel, todos ellos asturianos, despertaron sobresaltados por el estridente rugido de unos motores.

Habían decidido pasar una noche diferente haciendo vivac cerca de una comunidad hippie asentada allí desde hace muchos años. Paz y naturaleza en estado puro, lo más cercano al paraíso al que solo puede accederse a pie o en taxi-barca.

Dos pateras, tras una brusca y hábil maniobra de sus respectivos pilotos, sueltan en la playa su clandestina carga: cincuenta o sesenta migrantes subsaharianos que saltan al agua y echan a correr playa arriba. Detrás, una patrullera que, al no disponer de calado suficiente, decide dar media vuelta y perseguir a las barcazas que marcharon de allí como una exhalación. La escena se repite con relativa frecuencia, pero era la primera vez para aquellos jóvenes y ocasionales robinsones que no salían de su asombro.

Sobre el agua quedó flotando el cuerpo de un hombre, como un fardo a la deriva

No todos los pasajeros lograron darse a la fuga. Sobre el agua, ya libre de ajetreos, quedó flotando el cuerpo de un hombre, como un fardo a la deriva, inerte y desmadejado. Nuestros robinsones no lo pensaron dos veces y se zambulleron al rescate del inmóvil náufrago. Lo llevaron hasta la orilla y trataron de reanimarle como buenamente pudieron. Estaba helado y temblaba convulsamente, mientras su pecho se hinchaba y deshinchaba con inusitados espasmos vomitando agua mezclada con restos vegetales.

Emilio, Cris y los demás, pequeños incluidos, también temblaban lo suyo de nervios, incertidumbre e impotencia. Enseguida se unió a ellos un punki malabarista y tatuador que no andaba lejos, entregado a las jaculatorias de la amanecida, y que contempló la escena. También unos cuantos hippies que declinaron responsabilidades sugiriendo que lo abandonaran a su suerte, para evitar complicaciones, que Dios unas veces aprieta y otras ahoga.

El punki ofreció su casa cueva y transportaron hasta allí al herido donde le hicieron las primeras curas con desinfectantes de tatuador. Fue entonces cuando se dieron cuenta del estado deplorable del náufrago y de la multitud de heridas, la mayoría infectadas, producidas por decenas de medusas que se fueron adhiriendo a su cuerpo. Y fue también cuando, a duras penas, y con un traductor del móvil —el herido solo hablaba árabe—, lograron entender la peripecia completa.

Khaled (izquierda) y su amigo del alma, poco antes del azaroso viaje
Khaled (izquierda) y su amigo del alma, poco antes del azaroso viaje. J. C. A. / Cedida

Khaled, que así se llamaba, 28 años, había salido tres días antes con un amigo del puerto de Argel, donde vivía con su familia, en una barcaza de los traficantes de sueños. Seis mil euros por trasladarte a Eldorado europeo con todas las garantías, pero a las 25 millas la patera se partió en dos. Murieron doce de los catorce pasajeros, entre ellos el amigo de Khaled, y éste quedó, junto con otro, flotando en el Mediterráneo. Trataban de hablar entre ellos para no perder el contacto, pero al segundo día el silencio se tragó al compañero y Khaled quedo solo en aquella fría inmensidad. Dormía en el mar, bebía del mar y sentía cómo aquellos diablos transparentes abrasaban su piel una y otra vez. Hasta que una de las dos pateras que arribaron a la Cala San Pedro le recogió, ya medio muerto.

Hasta la casa del tatuador se acercaron una médica y una enfermera pertenecientes a la comunidad hippie. Tras unas curas incipientes, ambas coincidieron en que había que trasladarlo urgentemente al hospital de Huercal Overa, el más cercano. Así que los asturianos avisaron al taxi-barca, recogieron el coche en Las Negras y marcharon para allá. Pero Khaled se negó a entrar. Tenía miedo a que le denunciaran y fuera devuelto a Argel. "Yo contigo, Emilio; yo contigo, hermano", repetía en perfecto árabe googleliano.

En lugar de dormir, Khaled lloraba, y cuando lograba conciliar el sueño se veía flotando en el agua, devorado por las medusas

Así las cosas, se fueron todos a la casa de Mojácar, donde estaban alojados, le acomodaron en una habitación y trataron de que comiera y bebiera agua. Craso error. Todo lo vomitaba entre grandes arcadas, hasta la última gota. Y más espasmos. Y más tiritonas. Se hinchaba, se le ennegrecía la poca piel que le quedaba sana, parecía que iba a morir. Aquella noche nadie pegó un ojo. Continuas idas y venidas a la habitación, con el temor de que hubiera dejado de respirar. En lugar de dormir, Khaled lloraba, y cuando lograba conciliar el sueño se veía flotando en el agua, devorado por las medusas, arrastrado hasta el fondo.

A la mañana siguiente los chicos lograron contactar con una asistente social de Almería que hablaba árabe. Con dificultades, logró convencer a Khaled de ir al hospital. Previamente pasaron por un ambulatorio de Mojácar donde les confirmaron la gravedad de su estado y la necesidad de llevarlo a un centro sanitario. Vuelta a Huercal Overa. Una vez allí, el viacrucis de Emilio para convencer a todos de que no dieran cuenta a la Policía, de que era pariente suyo, de que él se hacía cargo. Logró convencerlos y quedó ingresado. Pruebas y más pruebas. Fallo multifuncional con lesión severa en pulmones, riñones y esófago —algunas irreversibles—, y numerosas infecciones graves en la piel. Beber agua de mar es lo que tiene.

Khaled estuvo ingresado catorce días. Dos semanas de idas y venidas sin ningún tipo de información, sin poder verlo, sin saber nada. Mientras, Emilio contactó con la familia perpleja porque ni siquiera sabía que se había echado a la mar. Habló con la madre, con una hermana, con un familiar en Zaragoza que entendía español y que les remitió algún dinero para ayuda, además de los doscientos euros que el náufrago llevaba amarrados en los testículos y que no devoraron las medusas. Todo se lo reservaron a él porque su futuro iba a ser de lo más incierto.

Lo benefactores de Khaled —Emilio, Cris y el pequeño Raitán—, felices junto al mar.
Lo benefactores de Khaled —Emilio, Cris y el pequeño Raitán—, felices junto al mar. J.C.A. / Cedida

Finalmente, Khaled salió del hospital. Y los asturianos, —guajes incluidos—, Khaled y dos hermosos perros de la familia regresaron al verde paraíso natural tras unas memorables vacaciones en el sur. Permaneció durante un mes en casa de Emilio y Cris mientras ella, embarazada de ocho meses, seguía con las curas y él realizando trámites para garantizar su seguridad e independencia.

Hoy Khaled está acogido a un programa de ACCEM, una institución con sede en Asturias dedicada a facilitar la vida a los migrantes. Vive en una casa de acogida junto con cuatro senegaleses y un marroquí con el que se entiende de maravilla. Recibe clases de español, una pensión de manutención, atención sanitaria para sus curas diarias y lleva en el bolsillo un papel que certifica que no es un paria, por si el Gobierno se pone protocolario. La familia del náufrago adora a los chicos asturianos e insisten continuamente en que vayan a visitarlos. "Sí, papá, pero en barco no", puntualiza el pequeño Raitán.

Luego la vida, que algunos contribuyen a que sea más dulce y solidaria, saldrá al encuentro de Khaled, el nuevo hermano de Emilio, con todo su peso. Ojalá que le vaya bonito. Insha' Allah.

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