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Muñoz Molina: "Me da miedo la tendencia que hay en España al banderismo"

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Desde que empezó su carrera literaria, Antonio Muñoz Molina ha tenido "la suerte" de contar con muchos lectores y ahora espera que su novela "La noche de los tiempos" sea bien recibida. No sabe lo que dirán los críticos, pero le "da miedo la tendencia que hay en España a la simplificación y al banderismo".

"Esa actitud me da miedo siempre: con respecto a mi novela, a mi vida y al porvenir", afirma el escritor en la entrevista que concede a Efe para hablar de su nuevo libro, en el que se enfrenta a los convulsos tiempos de la Segunda República y a la destrucción y la muerte de la Guerra Civil.

No le ha sido fácil ponerse en el lugar de quienes vivieron aquella época ni imaginar cómo era la vida de la gente. "He hecho lo que he podido y lo he hecho con mucha incertidumbre y a veces con angustia. Pero he puesto toda mi alma en esta novela", asegura Muñoz Molina.

El escritor recrea una gran historia de amor en "La noche de los tiempos" (Seix Barral), que transcurre entre septiembre de 1935 y octubre de 1936.

Aunque en los tanteos iniciales pensó en el poeta Pedro Salinas como protagonista, luego optó por un personaje de ficción: el arquitecto Ignacio Abel, que representa a "esa generación de la que forman parte Salinas, Francisco Ayala, Juan Negrín o José Moreno Villa, que viaja fuera" y que quiere contribuir a modernizar España con su trabajo.

Este arquitecto al que Muñoz Molina le ha prestado algo de su manera de ver el mundo, llega a Estados Unidos en octubre del 36, huyendo de la guerra y con la esperanza de reencontrarse con Judith Biely, la mujer de la que estaba enamorado.

Entre constantes saltos temporales y con el sentimiento de pérdida inevitable en los exiliados, Ignacio revive esa relación clandestina y evoca el ambiente que se respiraba en Madrid en ese tiempo en el que ya todo apuntaba hacia el desastre aunque él, y otros muchos como él, no quisieran verlo.

Lleno de luces y sombras, el personaje de Ignacio, magistral desde el punto de vista literario, "le debe mucho" a Arturo Barea y al relato que hace del Madrid de aquella época en "La llama", la tercera parte de "La forja de un rebelde".

El autor acude también a personajes reales para recrear aquellos años, entre ellos a Negrín, Moreno Villa, Manuel Azaña y Rafael Alberti y José Bergamín. Unos salen bien parados y otros no tanto, pero todas sus afirmaciones están documentadas.

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