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Las últimas palabras de Cesária

La cantante caboverdiana falleció ayer a los 70 años

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Cesária Évora tenía siempre las puertas de su casa de Mindelo abiertas. Y este jueves -aquí quinta-feira- fui con dos amigos caboverdianos a visitarla. Lo hice como era costumbre entre los vecinos de esta ciudad de 70.000 habitantes que la querían saludar. Como lo llevaban haciendo durante muchos años los turistas que tenían la suerte de no encontrarla de gira o pasando unos días en París, su segunda residencia.

En la puerta nos recibió con una sonrisa Pirogue, su leal asistente. 'Cize está descansando, le voy a preguntar si se puede levantar'. Esperamos en un sofá de la entrada hasta que, enseguida, pasamos al comedor. Allí estaba Cesária, andado por su propio pie por su discreta casa de tres pisos y arquitectura colonial.

Se sentó con nosotros y, sin preguntar demasiado, nos invitó a una copa. Al instante apareció una botella de ponche de coco y otra de grog, el aguardiente local más querido. Cesária no bebió, pero sí fumó sin parar. Eran sólo unas horas antes de que una insuficiencia cardiorrespiratoria aguda y una tensión cardiaca elevada le robaran la vida.

Pero allí estaba, a sus 70 años, rodeada de sus discos de oro, su Grammy del 2004, sus fotos más queridas y, por supuesto, su hijo, Eduardo. 'He perdido la cuenta de los países en los que he cantado', bromeó. 'Pero sí me acuerdo que la última vez que visité Barcelona me desapareció el bolso. Y no me gusta perder nada', dijo devolviendo otra vez la seriedad en su cara.

En una pared también había enmarcado Miss Perfumado (1992), el disco que asombró al mundo y que la convirtió en embajadora de la morna, el blues caboverdiano.

'Pero ahora todo terminó', repetía una y otra vez en portugués y criollo. Nadie la contradijo. Hace dos meses que anunció su retirada de los escenarios, obligada por problemas de salud e intervenciones quirúrgicas acumuladas, entre ellas una operación a corazón abierto en el año pasado.

El silencio se disipó cuando apareció un tema de conversación habitual en Mindelo: el carnaval, que se celebrara de aquí a unos meses y que es el orgullo de la isla. Muchos grupos se reúnen antes de que comience la rúa enfrente de su casa. 'Nuestro carnaval es como Brasil en pequeño. ¡Es precioso!'.

Vestía un traje morado sencillo, incluso con un pequeño estirpe. 'Voy sin peinar, así que no quiero fotos', dijo pasándose la mano por el pelo. 'No se preocupe. Ya pasaremos otro día', respondimos los tres al unísono. Y salimos complacidos.

Ayer, el domicilio de Cesária estaba más concurrido de lo habitual. Decenas de personas entraban y salían para trasladar sus condolencias. En la radio y la televisión de Cabo Verde, su música no dejó de sonar durante todo el día. Muchas familias sacaron los equipos de música para que sus canciones tiñeran las calles de Mindelo como recuerdo a la también llamada Diva descalza. El Gobierno decretó dos días de duelo y en los próximos días organizará un sentido funeral de Estado.

'Es muy difícil encontrar a alguien en la isla que no le guste Cesária', contaba ayer Alberto, el propietario del Café Royal de Mindelo, a unos metros de su casa. 'Lo representaba todo para Cabo Verde. ¡Es más importante que nuestra bandera!', asentía Cristina, que decía tomar un grog a su salud. 'El Royal, el Piano Bar, Ofelia... son bares donde ella cantaba que ya no existen. Pero siempre estaba muy cerca de todo el mundo. Era muy querida. Ha nacido un mito'.