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'Antifa', manual de uso contra "nazis de corbata"

El historiador estadounidense Mark Bray analiza la historia del antifascismo desde sus orígenes hasta nuestros días. Lo hace partiendo de los testimonios de antifas de todo el mundo, detallando las estrategias y la filosofía que nutre la lucha.

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Manifestación antifascista en Sacramento.- REUTERS

Un siglo separa los Arditi del Popolo italianos de los voluntariosos skinheads anarquistas. Dos extremos de un mismo compromiso histórico cuyo ideario tuvo a bien sintetizar el eterno Durruti: “Al fascismo no se le discute, ¡se le destruye!”. En Antifa (Capitán Swing) se dan cita un buen número de militantes antifascistas de todo el mundo, el historiador Mark Bray los congrega en este ensayo urgente para hablar del movimiento en sus respectivos países y, de paso, tejer un “tapiz impresionista” sobre estrategias de lucha, historia y filosofía del movimiento.

No ha pasado ni una semana desde que un neonazi irrumpiera con la mandíbula cuadrada en una sinagoga de Pittsburgh pertrechado de un fusil de asalto y acabara con la vida de 11 personas. El odio colea. El bicho no ha muerto. Máxime cuando desde las más altas tribunas internacionales se justifica, cuando no fomenta, el supremacismo blanco y las políticas opresivas contra las minorías. Trump, Salvini, Orbán y, desde hace apenas unos días Bolsonaro, evidencian que la extrema derecha sigue dando que hablar y que, por tanto, la lucha antifascista no ha perdido razón de ser. En guardia frente a los "nazis de corbata".

En ese sentido Bray se revuelve contra la mal llamada neutralidad, esa tierra de nadie en la que se oculta cierto academicismo apoltronado: “Se debería temer más a quienes son verdaderamente neutrales en este tema que a quienes reconocen con honestidad su oposición al racismo, al genocidio y a la tiranía”. Tampoco cae en la trampa de reducir el antifascismo a una mera oposición —por mucho que la morfología del término se encargue de lo contrario—, pues asumir esto impediría entenderlo como un método político, un ámbito de identificación individual y colectiva y un movimiento transnacional que ha adaptado las corrientes socialistas, anarquistas y comunistas anteriormente existentes a una necesidad repentina de reaccionar frente a la amenaza fascista.

Pero qué se esconde tras esa "reacción", en qué consiste, qué engloba, qué queda fuera. Surgen preguntas y Bray —de la mano de sus contertulios— no las rehuye. ¿Qué hacemos con la violencia?, ¿se oponen los antifascistas a la libertad de expresión?, ¿tienen derecho los fascistas a disponer de tribunas públicas? Antifa no elude el debate y muestra en esencia ese crisol que es la lucha antifascista. 

Ed. Capitán Swing

No hay acuerdo en cuanto a los límites del uso de la fuerza. Tal y como apunta el historiador, dentro del movimiento coexisten grupos pacifistas junto a otros que defienden la posesión de armas. Un activista de Baltimore cuyo testimonio queda recogido el ensayo resume con tino el ideario antifa: "Luchas contra ellos escribiendo cartas y llamando por teléfono para no tener que hacerlo con los puños. Luchas contra ellos con los puños para no tener que hacerlo con cuchillos. Luchas contra ellos con cuchillos para no tener que hacerlo con pistolas. Luchas contra ellos con pistolas para no tener que hacerlo con tanques". 

Sí parece haber quórum a la hora de señalar la trampa que esconde la defensa de la libertad de expresión ante los desmanes fascistas. Parten en su mayoría de un rechazo de base a los términos de un debate que, según ellos, responde a un liberalismo clásico. "Para los liberales, la cuestión principal es el derecho de los fascistas a expresarse libremente. Para los antifascistas, que son socialistas y revolucionarios, la cuestión principal es la lucha política contra el fascismo", explica Bray. Dicho menos finamente y en palabras de Job Polak, antifascista holandés: "Se tiene derecho a hablar, ¡pero también a que te hagan callar!".