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Robert Eggers: “Incluso si Dios y el diablo son reales, la histeria religiosa existe”

Premio a la Mejor Dirección en Sundance, la ópera prima de este joven debutante, 'La bruja', retrata el desvarío colectivo al que conducen los fanatismos con una elegancia y un detalle histórico excepcionales en el terror.

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Fotograma de la película de terror 'La Bruja'. 

MADRID.- Los cuentos clásicos de brujas, comentados debidamente en sus textos por Torquemada, entre otros inquisidores, y groseramente ‘apoyados’ en estos tiempos por las pérfidas -y súper famosas- Maléfica y la Bruja Mala de Blancanieves, han calado muy hondo en el imaginario colectivo. Mujeres poseídas por el diablo -en realidad, mujeres de ciencia o de gran sabiduría, enormemente fastidiosas para los planes de un mundo dominado por los hombres-, a las que ahora un jovencísimo cineasta, Robert Eggers, ha concedido su gran venganza. La bruja, Premio a la Mejor Dirección en el Festival de Sundance, es un siniestro cuento de fanatismo religioso que conduce a una histeria enloquecida y asesina y que guarda una grata sorpresa final. “Incluso si Dios y el diablo son reales, la histeria religiosa existe”.

Ambientada en Nueva Inglaterra en 1630, la película –que se construyó sobre una exhaustiva tarea de investigación- muestra cómo un exaltado granjero inglés decide abandonar con su mujer y sus cinco hijos el pueblo en el que vive antes de ser repudiado por su iglesia. La familia se instala en los límites de un bosque en el que, según la leyenda, habita algo maligno. Las cosas empiezan a ir mal, las cosechas se pierden, los animales se vuelven agresivos, el hijo pequeño desaparece, otro parece poseído por un espíritu malvado… Todos acusan a la hija mayor, Thomasin (interpretada por Anya Taylor-Joy), una adolescente cansada de las represivas reglas que le impone su religión y que ella no entiende. Día a día, el delirio paranoico crece entre ellos. Ralph Ineson y Kate Dickie acompañan a la joven actriz en el reparto.

Las sombras de Salem

Fe religiosa, superstición y desvarío son inseparables en esta historia que trasciende el género para llegar mucho más arriba. “Las sombras de Salem están vivas en el inconsciente actual”, escribe Eggers en sus notas de dirección: “Seguimos atrapados en ciclos de pensamientos realmente regresivos y feos. La bruja representa las sombras de lo desconocido, y la gente aún la señala con un dedo acusatorio”.

El retrato de los peligros de una religión opresiva, oscura, intransigente, extremista, que sospecha de la mujer y la castiga ferozmente, se muestra en La bruja con una elegancia inesperada, por momentos sofisticada, con escenas que recuerdan las pinturas holandesas de la época. Son cuadros que van completando una crónica que persigue, mucho más que la denuncia, una especie de ajuste de cuentas, una victoriosa vendetta.

La Bruja

"El oscuro femenino"

“Incluso si Dios es real, incluso si el diablo es real, la histeria religiosa existe, lo mismo que los falsos profetas y que las alucinaciones”, repite una y otra vez en encuentros y entrevistas el director Robert Eggers, que reconoce su fascinación por las historias de brujas y por lo que él llama “el oscuro femenino”.

Con su película, este debutante ha recreado con espeluznante detalle la época de las persecuciones y del puritanismo, un tiempo en que las mujeres eran “símbolos de la oscuridad y del mal, como sigue ocurriendo actualmente en algunas sociedades restrictivas”. Así, desde el punto de vista de la vida de hoy, Eggers se introduce en el sofocante mundo que degeneró en los juicios de Salem.

"El terror viene del alma"

Citando a Poe, cuando en el siglo XIX aún se consideraba el terror un género alemán, el propio Robert Eggers sentencia: “El terror no viene de Alemania, sino del alma”. Y es el alma de aquellos colonos de Nueva Inglaterra la que con más espanto se percibe en una película que, sin necesidad de sustos ni efectos sorpresivos, coloca el género en primera división.

La bruja, que ciertamente, como han afirmado algunos críticos, está más cerca de La cinta blanca de Haneke que de cualquier clásico del terror, es un relato que anticipa la demencia a la que se llegó a medida que la brujería y las supersticiones se hacían más fuertes. Tal y como la historiadora Stacy Schiff afirma en su libro The Witches: Salem 1962, publicado el pasado año, “La bruja, tal como se concibió en Salem, apareció en el siglo XIII, cuando la brujería y la herejía iban de la mano. Se hizo más fuerte con la Inquisición, y el mito popular acabó por convertirse en locura popular".