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Palabra de peludo

El francés Gabriel Chevallier narra en El miedo sus experiencias en las trincheras de la Gran Guerra

GUILLAUME FOURMONT

Se llamaban Gaston, Maurice, Louis o Roger nombres de moda en la Francia del naciente siglo XX. Tenían 17, 21 o 25 años. Eran cocineros, panaderos, obreros o burgueses. Lo dejaron todo trabajo, esposa e hijos y se convirtieron en soldados. En el nombre de la patria, les prometieron "el día de la gloria", como canta La Marsellesa.

Entre 1914 y 1918, ocho millones de franceses se alistaron; más de dos millones no volvieron, murieron en las trincheras que separaban Francia de Alemania. Gabriel Chevallier era uno de esos peludos, como llamaban a los soldados de la Gran Guerra. Él regresó y denunció lo que los mandos político y militar ocultaban: "La inmensidad del mal".

Cuando estalló la contienda, Chevallier tenía 19 años. Todo parecía una fiesta. "En las hormigueantes calles, los hombres, las mujeres, del brazo, inician un gran farándula ensordecedora, sin sentido, porque es la guerra, una farándula que dura una buena parte de la noche que sigue a ese día extraordinario en el que se ha pegado el anuncio", escribe en El miedo (Acantilado).

Era el 1 de agosto de 1914, pocas semanas después del asesinato, el 28 de junio en Sarajevo, del archiduque Francisco Fernando, heredero del Imperio Austrohúngaro, cuando las autoridades francesas llamaron a todos los hombres a luchar contra el Reich alemán de Guillermo II.

Francia era entonces una de las principales potencias mundiales junto a Reino Unido, pero no había olvidado ni perdonado la derrota de 1871, cuando Alemania se anexionó Alsacia y Lorena. Chevallier que no creía que "hubiera la menor grandeza en hundirle un arma en la tripa a un hombre" se dejó engañar y se alistó. "Esta guerra cae muy oportunamente a comienzos del mes de agosto. Los hombres dejaban de ser empleados, funcionarios, asalariados, subordinados, para convertirse en exploradores y en conquistadores", escribe.

Todos pensaban que el conflicto sería corto, gracias a ofensivas fulminantes, heredadas de las escuelas militares de Napoleón. El mando militar francés agrupó todo su Ejército en la frontera con Alemania, un error estratégico que permitió al Reich avanzar en territorio galo.

Entonces, la guerra se convirtió en una sucesión de batallas muy caras en vidas humanas. En Lorena, a finales de agosto de 1914, 140.000 franceses murieron en una semana. Kilómetros de alambradas y minas separaban los dos países y los soldados se pudrían en trincheras de dos metros de profundidad.

"En unos pocos días, la civilización es aniquilada", concluye Chevallier. Su abuela quien recordaba el conflicto de 1870 escribió al capitán para que no fuera al frente. En vano. Los mensajes nacionalistas de la grandeur francesa, la propaganda de guerra, habían convencido a los más jóvenes de que era un orgullo servir en el Ejército.

Frente a Austría-Hungría, Alemania y el Imperio Otomano, se aliaron más de veinte de países. Antes de la llegada de los estadounidenses, en 1917, británicos y franceses compartieron las trincheras. "La vida se veía reducida a las condiciones más elementales, como en las primeras edades del mundo", escribe Chevallier en su libro.

Herido en 1915, Chevalier permaneció, sin embargo, en primera línea de fuego hasta el final, hasta que Alemania firmó, el 11 de noviembre de 1918, el armisticio. Francia había vencido.

Al regresar, Gabriel Chevallier nunca ocultó su antimilitarismo: "La condición militar es la que menos hace uso de la mente", afirma en su obra. Lo único que aprendió fue a "tener miedo". Nunca olvidó los "gritos espantosos" de los compañeros, "con la cara vuelta al cielo cubierto, como para avergonzar a Dios", zanja.