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Retrato de una 'outsider'

Apasionada, depresiva, enigmática, la figura de Virginia Woolf no deja indiferente. La escritora Irene Chikiar publica ‘La vida por escrito’, la mayor investigación en castellano sobre una de las autoras más fascinantes del siglo XX

Virginia Woolf, coraje y lucidez

MADRID.- “Pienso mucho en mi futuro, y ya decidí qué libro voy a escribir… cómo voy a darle nueva forma a la novela y a capturar miles de cosas ahora fugaces, a englobar la totalidad y a moldear infinitas figuras extrañas”. Con estas palabras, una mojigata de tan sólo 16 años llamada Virginia Woolf dejaba por escrito su plan maestro para revolucionar la literatura contemporánea. Y lo cierto es que, con el permiso de ilustres coetáneos como Joyce o Proust, la joven no andaba muy desencaminada.

“No cabe duda de que apuntaba maneras. Su padre, incluso, llegó a vaticinar un futuro literario para su hija, pero claro, como escritora de biografías o de perfiles históricos, no como la escritora que finalmente fue”, apunta la periodista y escritora Irena Chikiar, autora de Virginia Woolf. La vida por escrito (Taurus), un meticuloso paseo de 952 páginas por la vida y milagros de esta escritora genial e inclasificable.

"Pretendía que bastaran sus libros para conocerla, su ansia era que su obra hablase por ella"

Lejos de satisfacer las expectativas de su padre, Woolf supo trazar su propia línea, convirtiéndose en una rara avis literaria, capaz de entender el aspecto autobiográfico como un valor puro, netamente literario, pero sin caer en la autoficción y en la literatura del yo. “Digamos que supo transmitir su complejidad mental y su análisis de la vida de una manera genial, con especial talento para las escenas y las texturas, más que para los argumentos”, explica la autora.

“Me llamo Virginia Woolf. Atrápame si puedes”, de este modo, parafraseando una de sus líneas más reconocidas, la Woolf aludía a esa reputación de escritora críptica y esquiva que siempre le acompañó. “Ella pretendía que bastaran sus libros para conocerla, rechazaba casi todas las invitaciones que recibía, su ansia era que la obra que dejaba hablase por ella”. Y vaya si lo hizo. Todavía hoy se suceden las interpretaciones sobre tal o cual paraje. Los hay, por ejemplo, que buscan respuestas en sus devenires anímicos —padecía brotes maniaco-depresivos—, en una sexualidad marcada por un lesbianismo latente, o en la compleja relación que mantuvo con su madre.

“Los intentos de etiquetarla o clasificarla han fracasado. Sencillamente porque fue capaz de impregnar su obra de esa peculiaridad de la que siempre hizo gala”. En Woolf, vida y literatura se entrecruzan hasta el punto de que es ella la primera notaria de sus padecimientos mentales. Estados de euforia y depresión que se sucedieron a lo largo de su vida y que ya en su más tierna infancia reconoció como un proceso de formación interior de carácter artístico: “A pesar de que tengo la particularidad de recibir estos golpes bruscos, ahora son siempre bienvenidos; después de la primera sorpresa, siempre siento al instante que son especialmente valiosos; el golpe siempre va seguido de la necesidad de explicarlo. Es mi capacidad de recibir golpes lo que me hace escritora”, explicó la autora de Al faro.

Virginia Woolf. La vida por escrito huye del estereotipo, de esa imagen de escritora maldita que emborronó un “ya no puedo más” de despedida poco antes de echarse un pedrusco al bolsillo y hundirse en el río. Una visión “polifónica” —como le gusta definir esta monumental biografía a su autora— en la que cartas, ensayos, críticas literarias y documentos gráficos nos aproximan no sólo la figura poliédrica de Virginia Woolf, sino también al retrato de una época convulsa como pocas.