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Un siglo de Bauhaus: la escuela que sobrevivió al nazismo y diseñó el futuro

Los logros de la escuela que fundó en su día Walter Gropius todavía reverberan. Una generación única de artistas se atrevió a imaginar las formas del futuro en ese desquicie que era la Alemania de entreguerras.

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'Mujer en silla club B3', de Marcel Breuer. Máscara de Oskar Schlemmer. Vestido de Lis Beyer. Sobre 1927 © KLASSIK STIFTUNG WEIMAR © STEPHAN CONSEMÜLLER (ERICH CONSEMÜLLER)

El sueño duró muy poco. Apenas 14 años hasta que, alegando un pretexto diáfano –“nido de comunistas”–, el nazismo tuvo a bien clausurar una escuela de arquitectura y artes aplicadas que en pocos años rediseñó la modernidad. Hablamos de la Bauhaus y de esa convulsión creativa que tuvo a bien imaginar el futuro en forma de teteras hemisféricas, cunas cilíndricas, vestuarios para ballets triádicos y, sí, ya de paso también edificios. Un despiporre ortogonal con el funcionalismo como dogma que diseminó –una vez materializada la amenaza del nacionalsocialismo– sus tesis por medio mundo.

Se cumplen cien años de aquella osadía. Sus diseños copan ahora los manuales de historia del arte moderno y nos devuelven la mirada extrañamente actuales. Una eclosión en toda regla cuyo principal avance lo encontramos, en palabras de Isabel Campi, diseñadora, historiadora del arte y presidenta de la Fundación Historia del Diseño, en “la profunda innovación pedagógica que supuso una escuela que rompe con la enseñanza académica tal y como se conocía entonces”.

Corría el año 1919 y la República de Weimar era todo augurios. Pese al mazazo que supuso para el pueblo alemán la derrota en la Primera Guerra Mundial, junto al desquicie y el barullo propio de la época de entreguerras se cuela también un halo de esperanza, una fe ciega en que lo mejor –la realidad terminaría por desmentir este asunto– está por venir. “Creo que una de las claves es que estamos ante una generación que supo recoger todas las vanguardias de la época guiados por la promesa que suponía Weimar en aquel momento”.

El grupo 'The bauhauschapel' durante un concierto celebrado en Dessau en 1930 © BAUHAUS-ARCHIV BERLIN

En ese ínterin irrumpió un puñado de extravagantes –así los calificó el stablishment educativo del momento– con Gropius y Johannes Itten haciendo de avanzadilla de un claustro de profesores de lo más ilustre con artistas de la talla de Paul Klee, Wassily Kandinsky o Josef Albers. “Fueron capaces de romper –apunta la profesora Campi– con las enseñanzas académicas clásicas basadas en la copia de modelos antiguos planteando como alternativa un aprendizaje del diseño que reunía la enseñanza de talleres con la enseñanza superior”.

El resultado rompió con lo establecido. Los prototipos que fueron surgiendo de aquellas aulas reivindicaban la belleza de lo funcional y democratizaban el diseño libre de ornamentos. Lo hacían además sin distinguir entre la pintura, el teatro o la cerámica, un nuevo método que abogaba por la transversalidad del arte a través de diferentes oficios. “Lo que hace Gropius y los suyos es elevar estos oficios a la categoría de enseñanza superior y darle un carácter más reflexivo”.

La reacción no se hizo esperar. La involución que supondría el fascismo cortó las alas a un movimiento eminentemente progresista que se financiaba con dinero del Estado. Un siglo después de aquel atrevimiento de entreguerras encontramos concomitancias con la era actual. Si el viaje bauhasiano hacía bello y útil el tránsito de la artesanía a la industria, de la tradición a la vanguardia, quizá podamos mirar en el retrovisor y entender cómo proceder ahora que una sociedad analógica presencia su propio desmantelamiento en favor de la asepsia digital.

Panorámica de una de las alas del edificio Bauhaus en Dessau.- AFP

El arquitecto y divulgador David García-Asenjo reivindica en ese sentido la capacidad que tuvo esta escuela de romper y reciclar lo que le precedió: “Supieron servirse de esa importante tradición europea de diseño industrial y, al mismo tiempo, romper con el modernismo de formas blandas imperante para crear algo nuevo”. Otro modo de imaginar lo que se producía que iba más allá de un determinado savoir faire y que, en palabras de la arquitecta Benedetta Tagliabue, hacía que la Bauhaus “no fuera solo un estilo, sino una actitud”.

Según García-Asenjo, la heterogeneidad del personal de a bordo tuvo mucho que ver en la puesta en marcha de esa cantera que revolucionó el arte y la arquitectura. “Si pasas revista a los principales profesores cada uno era de su padre y de su madre; los había racionalistas, neoclasicistas, expresionistas… Les unía un mismo estado de ánimo de ilusión y confianza en el progreso, así como una preocupación tanto por el oficio como por el diseño”.

De la minipimer al iPod: un legado infinito

“Ese abandono del ornamento, esa búsqueda de la belleza de lo práctico se podría decir que vertebra el diseño del siglo XX”, apunta la académica Isabel Campi. Y de esa búsqueda, cabría decir, surgen todo tipo de artilugios cuya impronta debe mucho a los preceptos que aquella generación puso sobre la mesa. Nos referimos, cómo no, a los diseños racionalistas para Braun de Dieter Rams, cuya influencia en Apple queda patente cuando comparamos una radio de bolsillo de la marca alemana con un iPod. Por no hablar del diseño mínimo que plantea Ikea, una propuesta que bebe también de esa radicalización de los postulados bauhasianos.

Sea como fuere, y más allá de similitudes estilísticas, nos queda un legado que ha democratizado el diseño llevándolo a lo más íntimo. La dignidad de los objetos cotidianos, ya estemos ante una alfombra, un flexo o una cuchara, recobró de la mano de la Bauhaus una suerte de gravedad desde la sencillez. Es ahí, y en la revolución pedagógica que lo posibilitó, donde se engrandece su herencia.

Un trabajador limpia la cristalera de una de las alas del edificio Bauhaus, en Dessau.- AFP