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Stranger Things 'Stranger Things': Enfrentarse a la adolescencia puede ser peor que hacerlo al Demogorgon

Netflix estrena hoy la tercera temporada de ‘Stranger Things’, en la que la pandilla de Eleven se enfrenta como grupo a dos monstruos, el del Upside Down y el de las hormonas en plena ebullición.

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Netflix estrena este 4 de julio la tercera temporada de ‘Stranger Things’. /NETFLIX

La puerta a ese otro mundo al revés oscuro, húmedo y lleno de peligros fue cerrada la temporada anterior en un final épico para Eleven. Sin embargo, algo se quedó con ellos a este lado y ahora tendrán que afrontar una nueva aventura en la línea de las ya vividas, pero con más experiencia dentro y fuera de la ficción. Lo difícil, a estas alturas, es haber mantenido la capacidad de sorprender y entretener la mayor parte del tiempo.

Solo han pasado tres años del estreno de la primera temporada de Stranger Things, pero eso, en la vida de un niño, es mucho tiempo. Tanto que los que empezaron siendo unos adorables y tiernos personajes se han convertido en chavales con la hormonas revueltas. El único al que Matt y Ross Duffer han permitido conservar algo de inocencia infantil es a Will. Los demás siguen adelante con su ciclo vital. Es lo que tiene entrar en la adolescencia, una etapa que en los primeros cuatro capítulos se dibuja como un periodo tan complejo para quien lo atraviesa como para quienes tienen que lidiar con ella desde fuera, los adultos. Con el añadido de que, eso sí, dado el universo en el que transcurre la acción, no sería descabellado pensar que el personaje del agente Jim Hopper (David Harbour) prefería lidiar con el Demogorgon a hacerlo con Mike (Finn Wolfhard) e Eleven (Millie Bobby Brown) besuqueándose, que diría una abuela, a cada rato.

El Demogorgon o cualquier otra criatura o situación inquietante que les depare ese Upside Down que ha vuelto hacer presencia en Hawkins, Indiana, para amargarles las vacaciones de verano a todos después de hacerlo en años anteriores con la Navidad y Halloween. Y es que esta aventura de Stranger Things arranca unos días antes del 4 de julio con un calor que recorre a los habitantes tanto por fuera como por dentro. Porque una de las cosas que más llama la atención en el arranque, además de los problemas con los imanes de la nevera que se caen solos, es que la sexualidad es un tema más que presente. Los chavales no son los únicos con el termómetro disparado. Cada vez que el ‘chulopiscinas’ de Billy (Dacre Montgomery) aparece para dar el relevo a su compañera socorrista las señoras hipermaquilladas se remueven en sus butacas en unas escenas tan cómicas que parecen sacadas de un anuncio de profilácticos o de desodorante masculino.

Con los nuevos intereses de la mayoría fijados sentarse alrededor de una mesa para dejarse llevar por un juego de rol solo resulta una prioridad para Will, que ha de enfrentarse a la aparente e incipiente disolución del grupo. Las chicas son parte de él, pero la guerra de sexos hace que empiecen a aparecer las primeras desavenencias tirando de tópicos de género. Algo que puede chirriar en el contexto actual pero que encaja bien en la década en la que se ambienta la serie. Haberlo maquillado en exceso habría sido un anacronismo importante para una historia que se nutre de las referencias continuas a la cultura popular y social de entonces. En Stranger Things todo es muy ochentero. El enfrentamiento ellos/ellas, también.

En cuanto al contenido de esta temporada, en la que tiene mucha importancia el centro comercial recién inaugurado, vistos seis de los ocho episodios que la componen no se puede decir mucho más de lo ya mencionado merced a un embargo dado a los medios con una lista interminable de detalles a no desvelar bajo riesgo de penalización. Aún así, lo importante con lo que hay que quedarse antes de enfrentarse a esta tanda de episodios -que vuelven a ser ocho- es que se apuesta otra vez por dividir a los personajes por parejas o pequeños grupos dando una mayor agilidad a la acción, pero también fragmentando el interés y las predilecciones.

Hopper se convierte en un padre desbordado por la situación enamorado de una mujer que se hace la loca con sus sentimientos porque es incapaz de pasar página y que si en su día se obsesionó con unas luces ahora lo ha hecho con unos imanes. Sí, es Wynona Ryder, que se mantiene en su línea. Además, al jefe de policía le ha salido un ‘enemigo’ en forma de alcalde déspota con la pinta de Cary Elwes. Una elección de casting muy ochentera también. Él era rubio y apuesto Westley en La princesa prometida.

Steve-Dustin, otra vez la pareja que mejor funciona

De todas las parejas creadas, la que mejor funciona es la que la que tanto sorprendió la pasada temporada y que sirvió para reconciliar al público con uno de los personajes más insulsos de la primera, el de Steve Harrington (Joe Keery), al que visten de marinero -cómo el marshmallow de Cazafantasmas- siguiendo a Dustin es sus alocadas teorías conspiratorias sobre un enemigo muy humano al que persiguen e intentan desenmascarar para convertirse en los héroes de toda una nación. Eso sí, para ello cuentan con la ayuda del fichaje de Robin (Maya Hawke), compañera de Steve sirviendo helados y la integrante más inteligente y resolutiva de este subgrupo. Una decisión, junto con las conversaciones y acciones de Max e Eleven, Wonder Woman mediante, que sirven para saldar cierta deuda pendiente de la serie con los personajes femeninos. En esta nueva hornada hay mucho de charlas feministas y mensaje empoderador. La sociedad te dirá que no puedes por ser mujer, pero no te rindas y demuéstrales que sí. Esa es la idea.

Sobre el resto de ‘emparejamientos’ no románticos sino dramáticos, Mike (Finn Wolfhard) forma tándem con Lucas (Caleb McLaughlin); Max (Sadie Sink) lo hace con Eleven (Millie Bobby Brown) y Nancy (Natalia Dyer) con Jonathan (Charlie Heaton). El que se queda descolgado es de nuevo, al principio, Will (Noah Schnapp). Empiezan y pasan gran parte de la temporada divididos, cada a lo suyo dados sus nuevos y viejos intereses, cada uno llevando a cabo una parte de la investigación sobre los extraños sucesos que sacuden Hawkins. Piezas del mismo puzzle que les acabarán uniendo para salvar el día, como dicen los héroe con capa. Nada que no se esperase y desease.

Lo que hay que reconocerles a los hermanos Duffer es lo bien que manejan el concepto cliffhanger generando en cada episodio la necesidad de seguir uno tras otro para responder al ¿y ahora qué? que plantean en la última escena de cada uno de ellos. Esto es algo que debería darse por hecho en la mayoría de ficciones televisivas. Sin embargo, se pierde cuando algunos creadores se empeñan en disfrazar de película larga cortada en partes un formato que no lo es. Stranger Things, como serie, sigue siendo adictiva y visualmente muy potente aunque en el arranque, con tanto drama adolescente (y también adulto), puede hacerse ligeramente pesada. Lo supera y cada vez va a más en tensión, acción, interés y diversión.

Esta Stranger Things puede gustar más o menos que las anteriores y haber perdido esa candidez que desprendían antes sus personajes, pero la esencia sigue manteniéndose y el juego de guiñar el ojo al espectador continuamente con referencias de todo tipo, ya sean estas cinematográficas, musicales, literarias o de vestuario, no decepciona. Algunas son más que evidentes. Otras estás destinadas a los expertos cazadores capaces de analizar una serie escena a escena, plano a plano, para no dejar escapar ni una sola. Buscarlas siempre es divertido. El principal problema que ha puesto en evidencia esta temporada es que la pandilla de Eleven y los suyos no puede durar eternamente por una cuestión de crecimiento. Quizá habría que ir pensando en buscarles sustitutos a unos niños que han dejado de serlo. Puede que la hermana de Lucas (Priah Ferguson) no sea una idea del todo descabellada.