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ROAD TO RIO 2016

"Un futbolista gana millonadas; yo hago historia y nadie me lo reconoce"

El sevillano Josué Brachi, esperanza de la halterofilia española, acaba de lograr la primera plata masculina de nuestro país en un Europeo. De pequeño ponía en práctica con su hermana el kárate que aprendía y sólo el deporte evitó que fuera un joven conflictivo

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El halterófilo Josué Brachi, en un momento de su entrenamiento. ALMUDENA TOMÁS

-BUM

-¿Cuántas…

-BUM

-…veces…

-BUM

-…al día…

-BUM

-…hacen esto?

No hay otra manera de hacer la pregunta que no sea así, entre el ruido atronador que producen pesas y barras cada vez que caen a plomo en el suelo. “Entre cien y doscientas repeticiones al día”, responde finalmente Isaac Morillas, responsable de prensa, que nos hace de cicerone en la sala, escorada en la última planta de un edificio del CAR de Madrid. Al fondo aparece Josué Brachi, que acaba de hacer historia al lograr la primera plata masculina española en un Europeo. Hace un rato que ha comenzado el entrenamiento, pero se le ve tranquilo, relajado. Se sienta en un banco y se toma un café. “Aunque sea de dos días, está bueno”, bromea con una de sus compañeras, que ya está de retirada.

La presencia de Brachi (Sevilla, 1992), la gran esperanza de la halterofilia española, en Madrid es casi una casualidad. Reside y entrena en Sevilla y sólo sube a la capital alguna semana aleatoria al año. En la ciudad hispalense tiene a su familia y a su pareja. Y a su abuela. Ella estuvo en el principio y está ahora. Estaba ahí cuando era un niño rebelde, salía del colegio y quizás llegaba antes la mochila a casa de su abuela que él. “De pequeño era bastante conflictivo. Empecé en kárate y mi madre me quitó porque todo lo que me enseñaban lo practicaba con mi hermana”, recuerda. Después se pasó al fútbol. “Y era más malo que la mar. Lo más redondo que había visto en mi vida era una piedra. Imagínate”. Así que al final la insistencia de su padre tuvo premio. Su progenitor fue halterófilo hace algunas décadas y se pasó meses tratando de inculcárselo hasta que dio su brazo a torcer.

Josué nunca lo vio competir en directo, pero aún guarda fotos y cintas VHS de alguna competición en Alemania. “Deben ser de los primeros VHS que debieron existir”, se ríe. Su carcajada y su gracejo andaluz se escuchan en toda la sala.

Calienta primero con una leve y fina barra amarilla y después con una de veinte kilos para estirar bien la espalda y los brazos y evitar lesiones. Primero entrena la arrancada, en la que, de una tacada, levanta la barra con decenas de kilos a cada lado desde el suelo hasta por encima de los hombros. “Es lo más explosivo y técnico que hay en nuestro deporte”, explica, mientras descansa en un banco de madera pegado a uno de los espejos que decoran las paredes del local. El firme está revestido de caucho, lo que provoca que cada vez que sueltan las pesas reboten medio metro, como si fueran pelotas de goma.

La halterofilia transformó literalmente su vida. Quizás le salvó de ser un gamberrete. O algo más. Se centró a los trece años y maduró antes que toda su quinta junta. Mientras que ellos se iban de excursión, él se quedaba en tierra haciendo deberes. “Apenas he salido de marcha. Nunca he pisado una discoteca, pero he tenido experiencias que otros no han disfrutado. Igual que ellos se pueden ir de escapada un fin de semana o hacer deportes de riesgo y yo no. A veces les envidio porque tengo veintitrés años y ganas de hacer cualquier locura. Me gustaría saltar en paracaídas”. Resopla. Toma aire. “Y ahí es donde te llega la madurez y piensas que ahora este es tu camino y que ya llegará más tarde el momento de ser una persona normal y corriente. Y entonces haré las cosas que hace la gente con veinte años. Tendré mi segunda juventud”.

Se turna con David Sánchez al fondo de una sala abigarrada, aprovechada al máximo, repleta de barras, bancos y pesas. Para cualquiera que no sea seguidor de la halterofilia, lo primero que llama la atención es que Brachi y sus compañeros de categoría no están muy musculados. No tienen unos brazos enormes. El secreto aquí está en las piernas. La clave para levantarse desde una sentadilla con más de cien kilos encima.

-¿Estas pesas tienen dueño? —pregunta Estefanía Juan, rompiendo con brusquedad la conversación entre los dos halterófilos.

-No —responde Josué.

-Pues ya lo tienen —zanja ella, mientras recoge las pesas y regresa a su sitio.

El sevillano vive de una beca. “Más bien sobrevivo”, matiza. A veces la comparte con los suyos, como si de su sueldo se tratara, para ayudar a pagar las facturas. “Es como cuando vives con tu familia y estás trabajando; no te puedes quedar íntegramente con ese dinero”. Han pasado por problemas, como media España en los últimos años. El látigo de la crisis perdona a muy pocos. Su padre, pintor, se quedó en paro y él tuvo que enfocar en las pesas la impotencia que esa situación le creó. Como hizo de pequeño con su rebeldía.

A Josué, sin embargo, más que una beca, le gustaría un trabajo fijo para cuando sus días de halterófilo lleguen a su fin. “Éste no es como otros deportes que te permiten retirarte tranquilo. Cuando acabe tengo que seguir estudiando y trabajando como uno más. La diferencia es que los que no han sido deportistas de élite tienen una experiencia laboral y se han podido formar con unos estudios. Yo no, porque realmente he estado trabajando para el Estado, aunque no lo reconozcan”, lamenta. Cuenta con envidia, y no sana, que en otros países, como en Italia, los halterófilos son policías, bomberos o militares. O que en estados como Turquía reciben tanto dinero por lograr premios internacionales, como el que él acaba de conseguir, que les solucionan la vida para siempre. “Y yo soy un afortunado porque tengo mi trabajo. Pero si ahora no hay empleo para gente con carrera, los que, como yo, nos hemos sacrificado durante diez años para estar aquí y no nos hemos formado, tenemos aún menos posibilidades”.

Ricky Martin, Justin Bieber y el reggaetón de moda suenan por toda la sala. Las quince personas que la pueblan esta mañana se dedican mutuamente vítores y gritos de apoyo. Josué mide un metro cincuenta y seis y pesa cincuenta y seis kilos. Viste con una camiseta roja del combinado español, mallas negras, calcetines blancos subidos del todo y zapatillas rojas. Bigote y perilla adornan su cara. Entre repetición y repetición, el sevillano se empapa las manos de polvo de magnesio en un recipiente plateado para secar el sudor y facilitar el agarre. Es el centro de todos los chillidos, la estrella de este diminuto universo que forman los halterófilos en nuestro país. “Qué tal? ¿Vas bien?”, le preguntan continuamente.

Son un grupo muy unido. Saben que si no se animan, que si no se preocupan por ellos, apenas nadie lo hará. Se sienten marginados, como buena parte del deporte patrio. Todo lo que no sea fútbol de élite, prácticamente. “Desgraciadamente es porque no movemos tanto dinero y fama”, lamenta. “Estoy aquí entrenando muchas horas hasta que un día logro algo. Al menos, reconocédmelo, porque me haría sentir completo. Y no que muchas veces pienso que estoy haciendo historia pero nadie me lo reconoce. Que estoy en lo más alto y que nadie se fija en mí. Una persona que le da una patada al balón para meterlo entre tres palos está ganando millonadas y entrenan una hora y media al día. Yo aquí me paso muchas más, estoy haciendo historia y nadie me lo reconoce”.

En Río, donde, a falta de asignar las plazas, estará casi con total seguridad, intentará dar otro bofetón en el rostro de todos esos que sólo tienen el fútbol entre ceja y ceja. El hispalense tiene un espíritu ganador encomiable, pero no parece lo más mínimo preocupado por los Juegos Olímpicos. “Yo es que cuando compito voy a divertirme. No voy a inventar nada nuevo, sólo hay que dejar que la cosa fluya. Mi objetivo en Brasil, como en cualquier torneo, es ser el campeón. No sé lo que pasará luego, pero yo voy para ser el primero”.

Vuelve ahora a sentarse en el banco y se envuelve las rodillas de vendas antes del último ejercicio, el dos tiempos, que consiste en levantar la barra hasta el cuello y de ahí por encima de la cabeza.

-¿Cuánto llevas? —pregunta Isaac.

-Ciento setenta y siete kilos… Es poco. Lo máximo que he llegado a levantar es ciento noventa y cinco —responde Josué.

-Eso es muchísimo, ¿no? —pregunto.

-Bueno… eso es poquillo. Otros levantan mucho más. Yo es que soy flojo de piernas —sostiene.

La década que lleva practicando halterofilia no le ha impedido, sin embargo, formarse de manera autodidacta. Acabó Bachillerato, se sacó un grado superior de Enfermería, varios cursos de entrenador personal y ahora estudia Mecánica por las noches, después de toda la paliza diaria. “Me gusta mucho la mecánica de automóvil. Pero no voy a ninguna clase. Me compré los libros y estudio por mi cuenta”. Cuando dé por zanjada su carrera, allá por los treinta y dos o treinta y tres, pretende hacer Medicina. O Ingeniería. O Veterinaria. O Audiovisuales… “Es que me gusta todo. Es un pequeño problema”.

-¡Brachi! ¡Qué guapo sales tío! —le grita entre vaciles Manuel Sánchez.

Y Brachi se gusta ante la cámara y presume del puchero de su abuela: “Claro tío, producto de calidad Sevilla”.