Este artículo se publicó hace 7 años.
Un oasis verde se resiste al desahucio

Por El Quinze
-Actualizado a
"Nos quieren enterrar, pero no saben que somos semillas". Lo advertía Jordi, un activista vecinal que prefiere que se le cite como Bizikleto –así le conocen–, ante el inminente desahucio de Date una Huerta, un huerto-jardín urbano que desde finales de 2016 funciona por iniciativa vecinal en un solar "okupado con k", precisa el activista, entre edificios del barrio de la Prosperitat de Barcelona. Con su advertencia, Bizikleto quería dejar claro que, si les echaban, no se pondría fin al huerto, pero, por segunda vez, este se ha salvado in extremis del desalojo, con la intermediación del Distrito de Nou Barris. Los vecinos asumen que no podrán quedarse para siempre en la finca, pero al menos reclaman poder mantener este oasis verde hasta que se edifique. "La fecha de caducidad es la construcción del espacio", insiste Bizikleto.
Date una Huerta es uno de los múltiples lugares de Barcelona cuyo disfrute está en disputa por los intereses contrapuestos de vecinos e inmobiliarias. Se ubica en el número 79 de la calle Joaquim Valls, cerca de la salida de la estación de la línea 4 de metro de Via Júlia. El huerto nació para traer el campo a la ciudad, para darle color al gris, pero la propiedad tiene otros planes. La primera orden de desahucio estaba fijada para febrero. La última, para el pasado 21 de junio. Tras ellas está Divarian, sociedad que gestiona el negocio inmobiliario propiedad del fondo estadounidense Cerberus (80%) y del banco BBVA (20%). Divarian tiene intención de vender el solar, que es edificable. Los ocupantes del espacio aseguran que la parcela aparecía en un portal inmobiliario a la venta por un precio entre 540.000 y 640.000 euros, pero por ahora la transacción no se ha ejecutado. Los vecinos temen que se especule en un terreno al que ellos han dado un uso social.
Un muro con dibujos separa el solar de la calle. Encima hay un tigre blanco de peluche, a modo de bienvenida, pero es preciso entrar para hacerse una idea de la riqueza verde que atesora este huerto-jardín. La última incorporación son unas plantas de jengibre que empiezan a asomar entre la tierra y que ha traído una vecina de origen chino. Por aquí no es nada habitual ver cómo crecen este tipo de plantas, pero en el solar también hay hortalizas, hierbas aromáticas y flores que son mucho más comunes por estos lares. Aun así, estas también resultan exóticas para muchos barceloneses ajenos al verde. "No había tenido nunca relación con las plantas, y ahora veo que son como las personas", reflexiona Pere, a quien le sorprende que una misma hortaliza se pueda desarrollar mucho más rápido que la vecina sin explicación aparente. Sí que la hay sobre los tomates del huerto de al lado, propiedad de Rosa Bernabeu, y que están el doble de altos. Allí les echan estiércol de caballo.
Rosa es una ferviente defensora de que Date una Huerta continúe en su sitio, porque recuerda que antes, en este mismo terreno, se acumulaban los escombros y por él solo deambulaban "ratas como caballos". "Ojalá estos señores no se fueran nunca", anhela Rosa. O, por lo menos, que sigan allí mientras no se construyan los pisos previstos.
A Date una Huerta acuden escolares para aprender qué es un tomate, vecinos con enfermedades que demandan su dosis de serenidad... Es un terreno especialmente acogedor para "gente que está fuera de los circuitos" y para quienes les cuesta relacionarse con los demás, constata Joan Catafal, miembro de la Associació de Veïns i Veïnes de la Prosperitat, si bien lo es también para cualquiera, independientemente de su condición. Paseando por el huerto-jardín, otro vecino llama la atención para presumir de capuchinas, unas vistosas flores rojas que le despiertan cierta fascinación. "Cuando llueve, se queda todo con burbujitas", explica.
El solar lo escogieron a conciencia. "No valía cualquiera", recuerda Bizikleto, y es que para las hortalizas hay algo esencial. "Necesitábamos sol", añade. La otra condición era que no fuese de un particular, y finalmente dieron con la finca de la calle Joaquim Valls.
Los vecinos entraron en ella en noviembre de 2016. El huerto está abierto todos los días del año, incluso en Navidad y Año Nuevo, excepto el 8 de marzo, en solidaridad con la huelga feminista. Funciona "de manera libertaria y anárquica", asevera Bizikleto. Últimamente los vecinos habían visto a la Policía por los alrededores, pero al final el desahucio previsto para el 21 de junio no se ejecutó. Solo un día antes de esa fecha, la propiedad aceptó suspenderlo y reanudar las negociaciones con el Ayuntamiento de Barcelona, "para poder seguir dando un uso provisional al solar y que los huertos continúen hasta que haya comprador o se empiece a construir en el solar", indicaron fuentes municipales. Hasta cuándo, no está claro. "Se están valorando todas las posibilidades", se limitó a decir Divarian, preguntada por El Quinze, aunque previamente había concretado que "hasta que se decida vender".
El consejero técnico del Distrito, Carlos Izquierdo, defiende alcanzar un convenio con la propiedad para garantizar la continuidad del huerto. Destaca el compromiso vecinal de estar solo hasta que se construya y la buena relación de la iniciativa con el barrio, aunque no esconde que es incierta la posición que adoptará la propiedad. "No tenemos ninguna garantía", reconoce.
El Consistorio asegura que trató de acordar un convenio, pero que el pasado 20 de mayo los nuevos interlocutores de la propiedad "comunicaron que rechazaban la cesión y que continuaban adelante con el desalojo".
Continuidad sin garantía
Sin embargo, algo ocurrió para que a pocas horas del desahucio se anunciara su suspensión. Los vecinos lo sabían, pero desconfiaban de la comunicación de que se había vuelto a parar. Así que el día previsto se plantaron ante la finca, con el huerto cerrado a cal y canto por si llegaba la comitiva judicial. Bizikleto lamentaba la falta de confirmación oficial de que este no se ejecutaría, lo que ocurrió porque la suspensión fue in extremis. "Estamos ofendidos, muy enfadados", comentó.
El desalojo de Date una Huerta se pudo evitar, pero en Nou Barris, la zona de la ciudad donde más desahucios se registran, los activistas no tienen margen para bajar la guardia: en el huerto habían preparado litros de gazpacho para celebrar su continuidad, pero entre vasos repletos de este colorido manjar alguien tomó el micrófono para avisar de que se iba a ejecutar otro desahucio, también en Nou Barris, y que los afectados les habían pedido ayuda. "A trabajar", soltó una vecina. Fue en la calle Castell d’Argençola, en Torre Baró, y también se suspendió gracias a la presión vecinal.
UN SOLAR CON HISTORIA
En la parcela donde está el huerto, que tiene 246 metros cuadrados, hubo una casa al menos desde 1928, una de las primeras del barrio y que pertenecía a los Arnau. La vendieron a Caixa Sabadell en 2007 y, con la suerte que ha seguido después la finca, puede explicarse la historia del desmoronamiento del sistema de cajas de ahorros catalán, que coincidió con la crisis económica: de Caixa Sabadell pasó a la unión con las cajas de Terrassa y Manlleu, después Unnim y BBVA, y este último ha vendido buena parte de su cartera inmobiliaria a Cerberus con quien comparte Divarian.
OTRA "TRINCHERA CONTRA LA ESPECULACIÓN"
El caso de Date una Huerta tiene un precedente en el barrio de Porta, también en Nou Barris. Hace más de diez años que vecinos jubilados empezaron a cultivar sus huertos en unos terrenos de la calle Maladeta, que tienen distintos propietarios, entre ellos la inmobiliaria Núñez y Navarro. La iniciativa ha subsistido pese a la intención de construir y a episodios como el que se vivió en octubre, cuando la empresa Barcino envió a operarios para limpiar uno de los solares. "Los huertos funcionan como una trinchera contra la especulación", sostiene Albert Villacampa, presidente de la Associació de Veïns de Porta, quien subraya que lo que empezó como una iniciativa espontánea "se ha consolidado como lucha vecinal".