Este artículo se publicó hace 7 años.
"No quiero ser siempre refugiado"

Por El Quinze
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"No quiero ser siempre refugiado. Quiero hacer algo, empezar mi carrera, ser alguien importante profesionalmente. Quiero ser una persona activa en la sociedad". Ese es el objetivo principal de Louai, un chico de 24 años proveniente de Siria y que participa en el programa de acogida para estudiantes refugiados de la Universitat Autònoma de Barcelona (UAB), a través de la Fundació Autònoma Solidària (FAS). Louai se asentó en Catalunya hace poco más de un año. Ahora vive con su familia en Olesa de Montserrat, en la comarca del Baix Llobregat, donde ha conseguido trenzar una pequeña red de amistades y participa en actividades vinculadas a la historia, el feminismo y la política. Estudia Geología, pero su verdadera vocación es la Arqueología, una carrera a la que espera poder dar el salto cuando lo permita la burocracia, que no está siendo todo lo ágil que él desearía.
El caso de Louai es especial: se trata de uno de los pocos participantes del programa que tiene la intención de estudiar un grado. Gran parte de estos alumnos optan por cursar másteres o doctorados. Como la mayoría, eso sí, Louai llegó a la Península poniendo en riesgo su vida. Su travesía, de dos complejos años, le llevó de Damasco, de donde salió huyendo de la guerra con su familia, a Catalunya; de manera irregular y pasando por Argelia, Marruecos, España, Holanda y España de nuevo. Ahora intenta retomar los estudios que había empezado en Siria a través de uno de los muchos proyectos que existen en Barcelona y en Catalunya para allanar el camino de las personas que, como él, dejaron atrás su tierra para proseguir con su profesión o con sus estudios en un lugar más seguro.
Frente común para ayudar
Para muchos de ellos, sin embargo, la autonomía personal requiere de un proceso con infinidad de trabas. "El programa estatal es un desastre. La integración municipal es muy baja y hay gente que queda fuera del seguimiento de Servicios Sociales", critica Ignasi Calbó, responsable del programa Barcelona Ciutat Refugi, el brazo del Ayuntamiento de la capital catalana dedicado a la acogida de personas en situación de vulnerabilidad que acaban de llegar. Como una de las localidades que más refugiados y refugiadas ha recibido en estos últimos años en España, Barcelona puso en marcha varios proyectos para complementar el vacío que, a juicio del Consistorio, deja el programa estatal. "Decidimos reunir a las entidades sociales que quedaban fuera del circuito pero que trabajan este ámbito desde hace años, porque conocen el terreno y son eficientes", subraya Calbó.
Las cifras de Barcelona justifican el aumento meteórico de la necesidad de atender a las personas refugiadas: el asesoramiento jurídico municipal dedicado a este colectivo, por citar sólo un dato, ha pasado de 1.800 a 3.800 intervenciones en el último año.
Nausica es el nombre del principal plan de Barcelona que da continuidad al acompañamiento de aquellas personas con las que el programa estatal no ha dado resultado, o del que, directamente, no se han podido beneficiar. "Damos el impulso final para que sean autónomos dentro de la comunidad, o para que aterricen de forma suave en Servicios Sociales", detalla el responsable municipal. Eso se traduce en un abanico de iniciativas que afectan a numerosos ámbitos: alojamiento, ayudas, asesoramiento, formación laboral... También ayuda psicológica o un plan específico para casos de LGTBI.
Del proyecto Nausica se han beneficiado más de 150 personas, y existe incluso una lista de espera. Barcelona Ciutat Refugi contempla además otras iniciativas que complementan el desarrollo personal de los refugiados, como la que permite el acceso gratuito a centros deportivos municipales o el convenio con colegios profesionales de Catalunya, para que las personas con asilo puedan llevar a cabo prácticas en empresas del sector del que provienen, mientras regularizan su situación o homologan los estudios que llevaron a cabo en sus países de origen.
Seguir la carrera profesional
El de los estudios, sobre todo los universitarios, es un ámbito complejo y con muchos trámites. "Convalidar estudios como las ingenierías, las arquitecturas u otras titulaciones técnicas es un drama. A veces puede demorarse dos o tres años", lamenta Ignasi Calbó.
Algo así es lo que le ha sucedido a Louai, que comenzó Geología en Siria –antes de emprender la huida con sus padres y su hermana–, pero ya con la intención de pasarse a Arqueología, algo que no ha podido hacer, de momento, en España. "Yo tengo una puntuación de bachillerato de 8,2 y, aunque la nota de Arqueología es la misma que la de Geología, no puedo acceder, porque aquí el sistema se rige por las PAU [Pruebas de Acceso a la Universidad]. Otros compañeros en otros países han podido empezar informática o ingenierías, pero aquí no se puede", explica.
El joven sirio, que se comunica con resultados notables en catalán, forma parte del citado proyecto de la UAB que facilita el estudio de grados, másteres y doctorados a personas refugiadas; una extensión del programa de acogida que desde 2016 ofrece la FAS junto con la Comisión Española de Ayuda al Refugiado, y con el que prestan alojamiento, asesoramiento y orientación lingüística o laboral a personas en condición de asilo y refugio. Casi 200 personas se han beneficiado ya de la iniciativa, que les abre las puertas de la universidad y sus servicios –las bibliotecas o las instalaciones deportivas, por ejemplo– y en la que participan decenas de voluntarios. Una de ellas es Khaoula, estudiante de Educación Social que en primero de carrera decidió enrolarse en el programa para ayudar a gente que acababa de aterrizar en Catalunya sin conocer el idioma, sin amigos y, en muchos casos, también sin familia.
"Sé lo que es dejarlo todo y venir a un lugar nuevo, porque yo llegué aquí de pequeña, con 7 años. Viví las dificultades de no conocer el idioma, de no tener red a tu alrededor, y lo complicado que es crear vínculos. Quizá por eso tengo más capacidad para empatizar con estas personas", sostiene la joven, que llegó a España con su familia procedente de Marruecos. Durante los últimos tres años, Khaoula ha acompañado a cuatro chicos, de diferentes orígenes y con distintos problemas de fondo. Como voluntaria, les ha ayudado a hacer gestiones, a buscar trabajo o alojamiento, a mejorar con el idioma o a saber a qué servicio debían acudir si tenían un problema. También ha hecho turismo con ellos, o se han tomado un café. "He aprendido mucho de todos, porque también hemos vivido dificultades y me he llevado sus problemas a casa", reconoce. Explica que, en sí, la palabra refugiado no le gusta, y que, en cualquier caso, "no significa que alguien valga menos o tenga menos conocimientos". "Cualquiera debería poder ir a otro sitio a trabajar o a estudiar, si no infringe las normas ni hace daño a nadie", concluye la voluntaria.
De refugiados a socorristas
Otra iniciativa, en este caso relacionada con la formación y a la inserción laboral, surgió el pasado año de la mano de una de las ONG más mediáticas del último lustro, Open Arms, con sede en Badalona y Barcelona, y cuya misión es rescatar personas que intentan llegar a Europa por mar. Proactiva, la vertiente empresarial de la entidad, dedicada a los servicios de salvamento marítimo que supervisa desde hace años muchas playas de Catalunya y España, impulsó la temporada pasada y de la mano de la Generalitat un plan para formar a personas refugiadas y en condición de asilo político. Durante unos meses, un grupo de una quincena de jóvenes –sobre todo chicos– de diferentes edades y procedencias –desde Oriente Medio hasta Sudamérica y Centroamérica– hicieron un curso para adquirir los conocimientos necesarios para lanzarse al agua a rescatar personas.
Reza Sorkhabi fue una de las caras más mediáticas de esta iniciativa, por la historia que trajo consigo desde Irán, país desde el que partió en busca de una vida mejor en Europa. A lo largo de más de un año, protagonizó una dura travesía por tierra y mar, pasando apuros para sobrevivir y evitar ser detenido y deportado. Durante la primera convocatoria del curso, Reza, gran aficionado al deporte y al ejercicio físico, era uno de los alumnos aventajados y que estaba más en forma. El pasado verano, de hecho, ya ejerció de socorrista en algunas playas de la provincia de Barcelona, con el logo de Proactiva. "Cuando tenga los papeles, viajaré con Open Arms para ayudar a otros refugiados", aseguraba hace unos meses. La mitad de los participantes superó con éxito la formación y pasaron a trabajar como socorristas.
El presente curso, este proyecto de colaboración entre Proactiva y la Secretaria de Migracions se ha detenido temporalmente, pero ambas partes han mantenido contactos recientemente para darle continuidad. La empresa se muestra satisfecha con los resultados obtenidos y espera poder repetirlo el próximo año, aunque fuentes de la Generalitat prefieren no avanzar si se reproducirá la temática y si tendrá el mismo formato.
LAS CIFRAS SE DISPARAN
Según los datos que baraja la Secretaria de Migracions de la Generalitat, provenientes de fuentes del Estado, algo más de 2.600 refugiados con plaza residencial habían llegado a Catalunya a finales de 2018. La mayoría –el 66%– viven en grandes urbes de más de 100.000 habitantes, y la mitad de estos en Barcelona. A estos datos, apuntan fuentes del Gobierno catalán, hay que sumar las personas incluidas en la Fase 0 de Cruz Roja. Se trata de gente que espera obtener el reconocimiento oficial del Estado, pero cuya situación de vulnerabilidad requiere de la intervención de los servicios de la entidad, en forma de ayudas, alojamiento o atención sanitaria. Son unas 1.100 personas. Y habría que añadir, según estimaciones oficiales, otras 3.000 en trámites de solicitud de refugio internacional y que no son consideradas suficientemente vulnerables como para entrar en la Fase 0. En 2015 estos registros se reducían a 28 personas refugiadas en Catalunya dentro del programa estatal.