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Extrema derecha en Europa Aliarse con la extrema derecha, una práctica más habitual de lo que creemos entre los conservadores europeos

El pacto entre PP, Ciudadanos y Vox no es un hecho excepcional en Europa, donde los cordones sanitarios destacan por su ausencia, con la excepción de Alemania, Francia y Reino Unido.

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Marine Le Pen conversa con Matteo Salvini durante una conferencia celebrada en en Milán. REUTERS/Archivo

“Ha pasado en Andalucía una cosa que no ha pasado en ningún lugar de Europa. Esto es que los partidos de centro y conservadores avalan, blanquean y normalizan a la extrema derecha”. Rita Maestre, portavoz del Ayuntamiento de Madrid, defendió este miércoles en el plató de Espejo Público una idea repetida durante las últimas semanas por la izquierda española: la alianza entre el Partido Popular, Ciudadanos y la ultraderecha de Vox en Andalucía es un hecho excepcional en Europa.

No obstante, ¿los pactos entre las fuerzas ultraderechistas y conservadoras son un hecho inédito? ¿La mayoría de los partidos de derechas siguen el ejemplo de la canciller alemana Angela Merkel y se oponen a pactar con formaciones neofascistas? La realidad resulta más compleja que la creencia de una España reaccionaria, esclava de su pasado franquista. Como señalan los politólogos franceses Jean-Yves Camus y Nicolas Lebourg en su libro Les droites extrêmes en Europe (Las derechas extremas en Europa), la cuestión que obsesionó durante décadas a las formaciones ultraderechistas fue: “¿Cómo abandonar el folklore protestatario para participar en el poder sin renunciar a sus convicciones?”. Su respuesta habitual ante este dilema: aliarse con los conservadores.

Austria, Holanda, Italia, Bélgica, Finlandia, Noruega, Hungría... Es larga la lista de aquellos países en los que las formaciones conservadoras o liberales pactaron con la extrema derecha. Incluso en Francia, un país reputado por los “frentes republicanos” para evitar la llegada de los Le Pen al poder, la derecha gaullista se alió con el Frente Nacional (ahora Reagrupación Nacional) durante los años ochenta y noventa. Lo que nos muestra que la negativa de Merkel a pactar con Alternativa para Alemania (AfD) no es un modelo demasiado imitado a nivel europeo.

La negativa de Merkel

Tras la creación de AfD en 2013, la CDU (conservadora) de Merkel se ha negado a aliarse con este partido ultraderechista. Con 93 diputados en el Parlamento alemán —lo que representa el grupo parlamentario de extrema derecha más numeroso en el viejo continente—, esta formación se ha convertido en la principal fuerza de oposición al Gobierno de gran coalición entre los democristianos y los socialdemócratas alemanes. De hecho, Merkel criticó con dureza las manifestaciones xenófobas impulsadas por AfD en Chemnitz, en la Alemania del Este, durante el pasado mes de agosto. “Estas demostraciones de odio no pueden tener lugar en Alemania”, lamentó la canciller alemana.

Aunque Merkel se oponga a pactar con la extrema derecha y denuncie sus comportamientos xenófobos, esto no ha impedido que la emergencia de AfD favorezca una derechización de la política alemana. Tras su decisión de abrir las puertas a los refugiados en 2015, el Gobierno alemán no ha dejado de endurecer su política migratoria. La sucesora de Merkel al frente de la CDU, Annegret Kramp-Karrenbauer, defiende unas políticas migratorias más duras que las de su predecesora y ha pedido la expulsión de todos los refugiados que cometan delitos en territorio alemán.

Además de Alemania, otro país en el que las alianzas entre conservadores y ultraderechistas resultan inexistentes es Reino Unido. En el caso británico, el cordón sanitario no se debe a la negativa de los tories a pactar con el Ukip, sino al propio sistema electoral. El escrutinio mayoritario uninominal, que comporta que solo sea elegido el candidato más votado de cada circunscripción, ha hecho que esta formación de extrema derecha tenga una presencia escasa en las instituciones.

Pese a que esta fuerza euroescéptica marcó la agenda de la política británica durante los últimos años y lideró la campaña a favor de la salida de su país de la Unión Europea, el brexit, su presencia en las instituciones resulta testimonial. Esto permite a los conservadores británicos no confrontarse con el dilema de pactar u oponerse a la extrema derecha.

Los claroscuros del frente republicano francés

Como en Reino Unido, en Francia el sistema electoral mayoritario a doble vuelta ha facilitado que la Reagrupación Nacional (antaño Frente Nacional) de Marine Le Pen tenga una presencia escasa en las instituciones. Además, la política francesa se ha caracterizado en las últimas décadas por la creación de “frentes republicanos”. Es decir, alianzas entre los partidos de centro derecha y centro izquierda para evitar la llegada al poder de la extrema derecha.

El caso emblemático de estos cordones sanitarios se produjo durante las presidenciales francesas de 2002. La llegada inesperada de Jean-Marie Le Pen a la segunda vuelta de esos comicios comportó que el resto de candidatos pidieran el voto por el conservador Jacques Chirac. Lo que se vio reflejado con la victoria aplastante de este último con el 82% de los sufragios. Una situación parecida se produjo con el triunfo de Emmanuel Macron en 2017 con el 66% de los votos ante Marine Le Pen.

No obstante, antes del seísmo político que supuso la llegada de Le Pen padre en la segunda vuelta de las presidenciales, la derecha francesa sí que había pactado con el Frente Nacional. Tanto en las elecciones regionales de 1986 como en las legislativas de 1988, la derecha republicana alcanzó acuerdos puntuales con la extrema derecha. Una situación parecida se repitió en algunas circunscripciones en los comicios regionales de 1998. Entonces, la derecha gaullista “no se dio cuenta del peligro y reaccionó sobre todo por anticomunismo”, explica el dirigente conservador François Léotard, en unas declaraciones que aparecen en el libro Histoire du Front National (Historia del Frente Nacional) de los periodistas Dominique Albertini y David Doucet.

De hecho, fue a partir de 2002 cuando tanto la derecha republicana y el Partido Socialista apostaron de forma casi sistemática por los “frentes republicanos”. Tras la llegada a la presidencia de Nicolas Sarkozy, que endureció su discurso en materia de seguridad e inmigración para seducir a los votantes de la extrema derecha, la derecha republicana cambió su estrategia. Desde el 2011, apostó por el “ni-ni”, ni votar al Frente Nacional ni al Partido Socialista en aquellas elecciones en que sus candidatos no tuvieran opciones para hacerse con la victoria.

En cambio, los socialistas franceses siempre apostaron por evitar la llegada al poder de la extrema derecha. Este cordón sanitario permitió que el partido Le Pen tuviera una presencia escasa en las instituciones, pero no impidió una progresiva derechización de la agenda política. Contribuyó al hecho de que esta formación lograra una aureola de fuerza antisistema. “Los cordones sanitarios son como los diques para frenar el aumento del nivel del mar. Estos pueden ser útiles en un principio, pero si el nivel del agua no deja de aumentar, estos no servirán para nada”, asegura a Público Marine Tondelier, concejala de oposición para los verdes franceses en Hénin-Beaumont, la principal localidad dirigida por la Reagrupación Nacional.

Coaliciones en la Europa Central y del Norte

Mientras que en Francia los “frentes republicanos” y el sistema electoral a doble vuelta han hecho que los pactos entre conservadores y extrema derecha sean prácticamente excepcionales, estos son mucho más habituales en los países de la Europa Central y del Norte, que se rigen por sistemas parlamentarios y con un sufragio representativo. Un caso precursor es el del Partido de la libertad de Austria (FPÖ). Esta formación con un pasado relacionado con el nazismo ya participó en una primera coalición de gobierno en 1983. Aunque esta experiencia resultó un fiasco, volvió a repetir en 1999, cuando la lideraba el carismático Jörg Haider. Actualmente, el FPÖ forma parte del gobierno liderado por Sebastian Kurz.

El canciller de Austria, el conservador Sebastian Kurz, y el vicecanciller, el ultra Heinz-Christian Strache. REUTERS/Archivo

En Italia, los pactos entre Forza Italia de Silvio Berlusconi y la ultraderechista Liga Norte son un clásico. Esta formación xenófoba participó en los gobiernos de “Il Cavaliere” entre 2001 y 2006 y entre 2008 y 2011 como socio secundario. Sin embargo, tras haber logrado el sorpasso en el bloque reaccionario italiano en las pasadas elecciones de marzo, la Liga Norte formó una coalición gubernamental con el populista Movimiento 5 Estrellas y ahora amenaza con convertirse en la principal fuerza del país.

Menos habituales resultaron los pactos entre liberales y ultraderechistas en Holanda. Pese a la fuerte irrupción en 2006 del Partido para la Libertad (PVV) de Geert Wilders, esta formación islamófoba solo apoyó en 2010 al gobierno liberal de Mark Rutte. La influencia de la ultraderecha en el ejecutivo aún ha sido más reciente en Bélgica, con la presencia entre 2014 y 2018 del partido xenófobo y nacionalista flamenco N-VA en el ejecutivo de Charles Michel.

Pactos entre la izquierda y la ultraderecha en el Este

Durante los últimos años, la presencia de la extrema derecha en el poder ha sido una constante en los países escandinavos. En Dinamarca, la extrema derecha permitió una coalición de gobierno sin integrar el ejecutivo. El Partido de los Finlandeses (ultraderecha) alcanzó un acuerdo de gobierno en 2015 con la derecha y el centro. En Noruega, la formación xenófoba Partido del Progreso se alió con los conservadores en 2013 y actualmente sigue formando parte del ejecutivo.

En el caso de la Europa del Este, no solo los cordones sanitarios destacan por su ausencia, sino que algunas formaciones consideradas de izquierdas pactaron con la extrema derecha. Fue el caso de la formación eslovaca SMER que entre 2006 y 2010 se alió con el Partido Nacional Eslovaco, nacionalista y xenófobo. O en Bulgaria el partido ultranacionalista Unión nacional de ataque (Ataka) pactó en 2013 con los socialistas búlgaros.

Según el politólogo Jean-Yves Camus, director del Observatorio de las radicalidades políticas de la Fundación Jean-Jaurès, “es una responsabilidad de las fuerzas conservadoras y liberales si deciden pactar con partidos de extrema derecha, cuyos valores no se parecen en nada a los de las derechas liberales”. Este experto de la ultraderecha advierte que “cuando un partido conservador pacta con la extrema derecha, su programa siempre termina radicalizándose”. Un tipo de acuerdo que ahora se produce en Andalucía, lo que no resulta una excepción, más bien asimila España con la tendencia de una Europa cada vez más parda.