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Gordon Brown sobrevive a otro intento de regicidio

Los principales ministros de su Gobierno tardan varias horas en cerrar filas

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La última conspiración laborista contra Gordon Brown sólo tardó unas horas en apagarse. Durante ese tiempo, el partido que ha gobernado el Reino Unido desde 1997 se vio abocado a escenas que ya comienzan a ser habituales.

La imagen pública del primer ministro es tan deplorable, mucho peor que la de su partido, que muchos dirigentes laboristas son incapaces de aceptar que Brown pueda conducirles a otra cosa que no sea la hecatombe electoral.

A las 12.30 de la mañana del miércoles, justo después de que acabara el 'Question Time' en el Parlamento, dos ex ministros soltaron la bomba. Geoff Hoon, ex titular de Defensa, y Patricia Hewitt, ex ministra de Sanidad, hicieron pública una carta dirigida a todos los diputados laboristas.

Solicitaban una votación secreta en el grupo parlamentario que dilucidara si Brown debía continuar al frente del partido. No pedían directamente la destitución, pero dejaban pocas dudas sobre sus intenciones.

“No he hablado de esto con ningún ministro”, dijo después Hewitt. “No se trata de un intento de golpe. Es un intento de resolver este asunto de una vez por todas”. Hoon, con buenos contactos en todo el grupo parlamentario, explicó que “un amplio grupo” de diputados cree que el partido no puede presentar un frente unido en la próxima campaña electoral mientras continúen las especulaciones sobre el liderazgo del primer ministro.

La noticia culminaba una semana de rumores, según los cuales un ministro presentaría su dimisión con la intención de forzar la retirada de Brown.

Lo que más llama la atención es que los pesos pesados del Gabinete –los auténticos destinatarios de la misiva– se tomaron su tiempo antes de cerrar filas. Parecía que estaban dejando pasar las horas para comprobar si esta última rebelión cobraba fuerza.

A primera hora de la tarde, Peter Mandelson difundió un comunicado que, como es habitual con Mandelson, se podía interpretar de muy diferentes maneras. Pedía que la noticia no se sobredimensionara y anunciaba que el jefe de Gobierno “continúa teniendo el apoyo de sus colaboradores”.

A partir de las 17.30, varios ministros comenzaron a desfilar ante las cámaras de la BBC para desactivar la noticia. Uno de los potenciales sucesores de Brown, el ministro Ed Miliband, dejaba claro que “Gordon Brown es el líder adecuado para el futuro del partido y del país”.

A los pocos minutos, aparecía en televisión Jack Straw, ministro de Interior, con el mismo mensaje. El titular de Hacienda, Alistair Darling, se conformó con un comunicado.

Brown no se dignó a hacer ningún comentario público, aunque estaba enterado de la iniciativa de Hoon y Hewitt desde poco antes de su comparecencia matinal en el Parlamento. Un comunicado se limitó a precisar que el primer ministro continuaba con su agenda habitual.

'Han herido a Gordon Brown, pero no le han matado”

Al igual que en retos anteriores, el cisma fue diluyéndose por la división interna existente desde los tiempos de Tony Blair. Casi todos los promotores de la destitución de Brown han sido ministros con Blair aunque, como en el caso de Hoon, tampoco tengan la etiqueta de 'blairista' cosida al traje.

Tanto el ala izquierda laborista como los sindicatos, que aún aportan buena parte de la financiación del partido, desconfían profundamente de cualquier dirigente asociado a la etapa del ex primer ministro.

El diputado laborista John Mann resumió el rencor que permanece entre los partidarios de Blair y Brown al llamar “idiotas pomposos” a Hoon y Hewitt. A ese nivel están las relaciones dentro del grupo parlamentario laborista.

Brown sobrevivirá a este enésimo intento de decapitarle, pero en peores condiciones y a pocos meses de las elecciones. “En muchos sentidos, ha sido el peor resultado para el Partido Laborista –dijo en Sky News Peter Kellner, presidente de la empresa de encuestas YouGov–. Han herido a Gordon Brown, pero no le han matado”.