Público
Público
Egipto

El legado de Mubarak: represión y una economía al borde del precipicio

La desaparición del expresidente Hosni Mubarak nueve años después de su dimisión como presidente de Egipto permite realizar un balance de un mandato que duró tres décadas, de una supuesta de transición que al final no condujo a un proceso democrático.

Hosni Mubarak en una imagen de archivo | Reuters
Hosni Mubarak en una imagen de archivo | Reuters

EUGENIO GARCÍA GASCÓN

El legado político de Hosni Mubarak, muerto el martes a la edad de 91 años, no puede ser más controvertido. Pueden hallarse un sinfín de opiniones encontradas que se reducen a dos básicas: que fueron tres décadas (1981-2011) de transición que al final no condujeron a un proceso democrático, o que fueron tres décadas que allanaron el camino para llegar a la situación actual, cuando Egipto vive sumido en una represión todavía mayor y con una economía constantemente al borde del precipicio.

Ese prolongado periodo que dejó en Egipto una huella indeleble se inició en octubre de 1981, cuando militares afiliados a organizaciones terroristas islamistas asesinaron al entonces presidente Anwar al Sadat, quien tres años antes había firmado los acuerdos de paz de Camp David con Israel. Estos acuerdos normalizaban las relaciones entre los dos países a cambio de una retirada israelí de la península del Sinaí ocupada en la guerra de 1967.

Curiosamente Mubarak no respaldó inicialmente los acuerdos de Camp David por dos motivos. En primer lugar porque Egipto se alienaba de los países árabes moderados que rechazaban el pacto por considerarlo una traición a la causa palestina y una medida unilateral que costó a Egipto el aislamiento del mundo árabe. Y en segundo lugar porque estaba cantado que provocaría un resurgimiento de los movimientos terroristas especialmente en Egipto.

Sin embargo, una vez en el poder, un Mubarak más pragmático expresó su apoyo a Camp David, lo que permitió recuperar efectivamente la península del Sinaí. El nuevo raís no ocultó que el principal problema de Oriente Próximo era el conflicto entre Israel y los palestinos, y así lo manifestó en repetidas ocasiones. No obstante, no actuó con energía en ese frente y prefirió una "paz fría" pero tranquila con el estado judío que le abría las puertas a una cuantiosa ayuda económica de Estados Unidos.

Fuerte represión

Quizás el principal rasgo de su política interior fue la fuerte represión, a veces brutal y no exenta de la tortura, que caracterizó el conjunto general del mandato y que en algunos periodos llegó a ser agobiante. Al principio optó por amnistiar a un gran número de presos políticos, pero simultáneamente dirigió la represión contra las organizaciones islamistas radicales que proliferaban en el país, desde los relativamente pacíficos Hermanos Musulmanes hacia el extremo de los grupos armados.

Además de la represión contra los islamistas, también persiguió a numerosos disidentes no islamistas, la plaga de la pobreza se extendió y el incremento del desempleo y la corrupción se multiplicaron. Mucho más tarde, tras su dimisión en 2011, Mubarak y su familia se vieron envueltos en distintos casos de corrupción de considerables dimensiones que apuntaban a cientos de millones de euros.

Estas circunstancias contribuyeron al deterioro de la economía en un país de por sí depauperado en cuanto al nivel de vida, especialmente en los periodos en los que el estado era incapaz de subsidiar los alimentos básicos y los combustibles que cualquier egipcio necesita para sobrevivir. La pobreza endémica provocaba una emigración masiva de ciudadanos de los pueblos hacia El Cairo, una ciudad insostenible se mire como se mire.

Quizá fueron esos elementos los que condujeron a la llamada "primavera árabe" que en febrero de 2011 le obligó a dimitir tras 18 días de protestas en la capital. En el último momento, un Mubarak desesperado requirió el apoyo del presidente Barack Obama pero este le dio la espalda y precipitó su dimisión, una circunstancia que posteriormente Mubarak lamentó con acritud.

Es posible que Obama pensara ingenuamente que tras la desaparición de Mubarak se abriría en Egipto un proceso democrático que arrastraría a los demás países árabes, pero esto no fue más que una ilusión, un espejismo sin ninguna base que apenas duró tres años, hasta 2014, cuando Al Sisi dio un golpe de estado con el apoyo de Estados Unidos e Israel que acabó con el primer presidente elegido democráticamente, Mohammed Morsi, de los Hermanos Musulmanes.

En algunos periodos de su mandato se registró un gran descontento de la población

En algunos periodos de su mandato se registró un gran descontento de la población a causa del incremento del coste de la vida y la mengua de los subsidios se tradujo en huelgas impulsadas por los trabajadores y también por los grupos islamistas, que en ocasiones encontraron eco en terribles campañas terroristas de los islamistas más radicales.

Mubarak acusó a los islamistas, especialmente a los Hermanos Musulmanes, de perseguir la desestabilización del país con objeto de provocar una revolución que implantara un gobierno islámico. En un periodo crítico, a fines de los ochenta, cuando las huelgas y los disturbios eran más acusados, irrumpieron con particular virulencia los atentados contra los cristianos coptos, políticos, figuras sociales y por supuesto los turistas, la principal fuente de ingreso de divisas.

Absolutamente todas las elecciones que se convocaron bajo su mandato fueron manipuladas y sus victorias apabullaban a sus rivales las pocas veces que estos se atrevían a dar la cara y se les permitía presentarse a los comicios. Aunque generalmente prohibió la actividad política de los Hermanos Musulmanes, sí les permitió que realizaran tareas sociales, como la administración de hospitales, algo que hoy es impensable.

En los cables de WikiLeaks, funcionarios estadounidenses revelaron en su momento que Mubarak era garante de la estabilidad de Egipto y un elemento valioso para la política exterior de Washington en Oriente Próximo. Lo definían como "un realista entrenado y verdadero, innatamente precavido y conservador, que tiene poco tiempo para objetivos idealistas". Es decir, un pragmático que nunca daría sorpresas a los americanos.

Más noticias de Internacional