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"Occidente no sabe nada de Darfur"

Las milicias árabes arrasaron la aldea de Daoud Hari en Darfur, le arrestaron y torturaron por hacer de traductor para ONG y periodistas. Exiliado en EEUU desde hace un año, ahora ofrece su desgarrador testimonio en un libro

MAR CENTENERA GARÇON

Sólo tenía 13 años cuando el mundo estalló alrededor de Daoud Hari, hijo de una familia de pastores nómadas de camellos en Darfur, al oeste de Sudán. Relata que ese día, tras la llegada de una milicia árabe a su pueblo, de etnia zaghawa, “por primera vez vi hombres volando encima de mí, hechos pedazos”.

Su hermano Ahmed lo alejó de la aldea para protegerlo, pero regresó al estallar la guerra civil en 2003, poco antes del ataque que les obligaría a huir y convertirse en refugiados: “Las mujeres empezaron a chillar a los niños ‘vamos, vamos’, y en el pueblo todo empezó a moverse en un torbellino de polvo y ruido. Los animales estaban enloquecidos de miedo y los asnos chillaban y rebuznaban. No veía dónde iban las balas, pero pequeños pájaros cantores descendieron volando de los árboles. Después vi cómo caían muertos al suelo, con el corazón roto por el ruido”. Los más jóvenes regresaron después para enterrar a los muertos antes de que las hienas los destrozaran. Entre ellos, estaba su querido hermano Ahmed.

Daoud podría haber cogido un arma y unirse a la resistencia. En vez de eso, arriesgó su vida introduciendo a periodistas en Darfur y asegurándose que saliesen con vida para contar las atrocidades que allí se están cometiendo, como cuando descubrieron acribillados a balazos a los defensores de una aldea– subidos a las copas de los árboles con sus rifles: “Hacía tres días que los hombres de los árboles habían muerto y, en esta tarde húmeda de primavera, sus cuerpos iban cayendo al suelo. Una pierna cayó cerca de mí, una cabeza golpeó con un ruido sordo contra el suelo un poco más lejos. Un olor horrible llenaba el bosque como un gas tóxico que hace que te duelan los ojos”.

Ahora, con 35 años, ha recogido su testimonio en El traductor (editorial Urano), un libro que le ha permitido “expulsar la ira” y “poder dormir, al menos un poco”.

Pese haber visto y sufrido tantas atrocidades, en el libro no hay odio ni deseo de venganza.

Tendría que odiar a demasiada gente. El odio te mata por dentro. (habla muy despacio, con un hilo de voz) Escribir me ha ayudado a no desear venganza algún día. No quiero vengarme, sino que haya paz en Darfur, por eso explico lo que ocurre allí. Tengo que mantener mi cabeza dentro de mi corazón y seguir hacia delante.

En cambio, niños y adolescentes deciden unirse a los rebeldes.
Son niños huérfanos, han visto morir a sus familias, destruir sus aldeas. Creen que es la única solución.  

Ha estado cerca de la muerte muchas veces pero ha sobrevivido. ¿Era su destino, como  lo fue ser traductor?

Ya no sé qué es mi destino. Ahora vivo en EEUU pero soy africano. En EEUU, en Europa, la gente planea lo que quiere hacer en los próximos 20 años. Nosotros no sabemos lo que pasará en las próximas 24 horas. En África la vida es muy simple: te levantas por la mañana, hace buen día, quedas con tus amigos, dejas que pasen los días. Intenté hacer lo mismo en EEUU, pero es muy difícil (se queda en silencio, se le nota triste y cansado) Echo de menos Darfur (vuelve a callarse). Pero está bien, trabajo por Darfur desde aquí.

¿Qué sabe Occidente de Darfur?

No sabe nada. Si no sale en los medios de comunicación, ¿cómo va nadie a saber que la gente está muriendo, que al menos tres millones de personas han tenido que huir de sus tierras y necesitan comida, medicinas? Aquí podéis comer tres veces al día, incluso vuestros perros y gatos; en Darfur muchos no saben si podrán comer una vez al día. Hay quien cree que en Darfur hay una guerra entre africanos negros y árabes.

Es mucho más complejo.

Negros y árabes han vivido juntos durante 150, 200 años. Pero ahora el Gobierno de Bashir apoya a los árabes para que expulsen a la gente de las tierras y así los chinos puedan venir y explotar libremente el petróleo. Cinco de los siete millones de habitantes de Darfur vivían en aldeas y el Gobierno quería que fuesen a la ciudad. ¿Pero cómo alguien que tiene animales puede vivir en la ciudad? Allí no hay trabajo, pasan hambre, lo rechazaron.

Cuando haya expulsado a toda la población no árabe, Bashir hará que “los árabes peleen entre ellos”.

Eso es lo que está ocurriendo ahora. El conflicto ha empeorado, los rebeldes se han dividido en 28 grupos. Bashir no se detendrá hasta que todos desaparezcan de las tierras ricas en recursos.

¿Hay que presionar a Pekín?

Claro, es lo más importante. A China le interesa que haya guerras para actuar con mayor libertad, pagar poco dinero por explotar los recursos. Si los europeos supiesen que cada minuto muere un niño en Darfur por el petróleo y las armas chinas, no irían a las Olimpiadas, las boicotearían.

“Sueltan a gente en el desierto, lejos de cualquier pueblo. Es más barato que utilizar balas para acabar con ellos”, dice.

Sí. Es muy doloroso. (los editores han pedido que no se le pregunte por su familia, ni los duros recuerdos que describe en el libro porque está muy triste. En una de las páginas, explica que encontraron “unas horas demasiado tarde” a una mujer violada y abandonada, que se había colgado de un árbol al ver morir de sed a sus tres hijos, cuya piel “era como un delicado papel marrón, muy arrugado”).

La violación es un arma de guerra.

Sí, destrozan sus vidas. Todo puede ocurrir porque no hay seguridad.

¿Quién puede garantizar la seguridad?

La ONU y la UE. Dicen que no pueden enviar a más tropas porque no hay seguridad, pero si hubiese seguridad, no necesitaríamos que viniesen, ¿no crees? Podríamos volver a nuestras tierras y vivir en paz.

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