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Proyecto Agua Proemaid Clases de natación para las "vidas en pausa" de los refugiados en Lesbos   

La ONG Proemaid ha desarrollado este verano en la isla griega el Proyecto Agua por cuarto año consecutivo. Gracias a la iniciativa, personas refugiadas que se ven bloqueadas en el país heleno a la espera de que se tramiten sus solicitudes de asilo tienen la posibilidad de acceder a un tiempo de ocio y de recuperarse del trauma que el mar les ha causado.

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Un momento de una de las clases de natación con los niños de Pikpa. - C.B / Cedida

Invirtieron un dinero que en ocasiones no tenían para cruzar el mar en un bote de goma. De noche, con frío y pocas certezas sobre su futuro. Pero pusieron un pie en Europa y fue como si un reloj se parase. A la espera de que se tramiten sus peticiones de asilo, viven –o mal viven– miles de migrantes en campos de refugiados. Los días se eternizan para ellos sin la posibilidad de ocuparlos con un trabajo o de establecer algo que pueda parecerse a una rutina. En términos generales, esta es la historia de muchas personas para las que su hogar se convirtió en un sitio inhabitable.

Organizaciones como Proem-Aid se dedican ahora a humanizar esta espera. La entidad española, que en septiembre de 2015 se estableció en Lesbos, ha desarrollado este verano por cuarto año consecutivo el Proyecto Agua. Gracias a él, unas 200 personas refugiadas han podido tomar clases de natación que acababan convertidas en divertidas jornadas de playa. 

El proyecto nació con un objetivo: hacer que los niños que le habían cogido miedo al mar tras una traumática travesía se reconciliasen con el medio. Los bomberos y cuerpos de rescate que en 2015 y 2016 dedicaban las noches a sacar del agua a los migrantes que llegaban en dinghy [bote de goma] advertieron que la fobia al agua era algo generalizado al ver los dibujos de los más pequeños, que pintaban el mar como algo horrible, y al percatarse que nadie barajaba la opción de ir a la playa como algo para el disfrute. 

Los equipos de voluntarios empezaron a ofrecerse a acompañar a los refugiados a la playa. Al principio eran pocos asistentes pero se corrió la voz de la existencia de estas clases de natación y la demanda aumentó. Los niños que viven en el campo de Pikpa, un antiguo camping gestionado por voluntarios de Lesvos Solidarity, ya no son los únicos alumnos. Este año, los seis grupos de voluntarios que han estado en la isla desde el 15 de junio hasta el 15 de septiembre también han nadado con mujeres, adolescentes y personas que forman parte del colectivo LGTBI.

"Lo que surgió de forma extraoficial acabó convirtiéndose en un proyecto en el que se colabora con otras entidades, con unos horarios y todo acordado de manera más formal", explica el coordinador del proyecto Daniel García. Señala que más que nadar, es importante que el trato y las relaciones sociales que se establezcan sean satisfactorias. Esto se ha convertido en todo un requisito debido a los largos periodos de tiempo que se ven obligados a pasar las personas en las islas mientras esperan que se tramiten sus peticiones de asilo: "Están bloqueados y no tienen nada que hacer durante el día. Este tipo de actividades les dan la vida y les permiten salir de los campamentos y tener un entretenimiento. Cuanto menos estén allí, mejor", sentencia.

"Alegría de enseñar aprendiendo de ellos"

Los equipos de voluntarios están formados por seis personas entre los que hay un sanitario y un socorrista o rescatador. El modus operandi de las clases es sencillo: varios ejercicios para calentar, un par de juegos en grupo y a nadar. Jacobo Díaz es otro de los coordinadores de equipo de esta edición del Proyecto Agua. En España también se dedica a dar clases de natación y este verano ha sido la segunda vez que se ha desplazado hasta la isla. Define la experiencia como lo más bonito que ha hecho en su vida y si tiene que usar una frase para resumir lo que ha sentido es la siguiente: "Alegría de enseñar aprendiendo de ellos".

Entre los valores que se tratan de transmitir a los refugiados se encuentran el cariño, la igualdad, la sinceridad y la confianza: "Ellos necesitan esto para creer en ti y así tu le enseñas las habilidades en el medio acuático", explica Díaz, que añade que de esta manera se ha enseñado "mucho y bien" creando grupos por niveles para que los alumnos fueran progresando. De una de las cosas que no se olvidará nunca Díaz es de un joven refugiado de origen senegalés al que se le dio una atención especial por parte del equipo de voluntarios, ya que le tenía pánico al mar: "Cuando nos despedimos de él rompió a llorar, se iba y regresada porque no quería despegarse de nosotros. Se me ha quedado grabada esa imagen", confiesa.

Voluntarios de Proemaid en una de las sesiones en la playa de Kara Tepe. - C.B / Cedida.

Otra de las situaciones que vivió Díaz durante su voluntariado es el episodio en el que dos jóvenes acudieron a clase en estado de embriaguez. "La desesperanza que hay en Lesbos y más en el campamento de Moria es total, ya que los días, meses o años allí son eternos pensando en cuando van salir de la isla hacia un futuro mejor. Por eso algunos beben o se drogan, para dormir la mente y pasar ausente unas horas de la desgracia que se ve día a día. ¿Acaso no lo hacemos esto no lo hacemos aquí?", reflexiona el voluntario.

La situación de los refugiados en la isla

Actualmente en las islas de Grecia viven unos 29.000 refugiados y las llegadas no cesan. Según los últimos datos del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur), en la semana del 16 al 22 de septiembre llegaron a Lesbos otras 1.438 personas. 14.695 en lo que va de año procedentes, en su mayoría, de Afganistán, Siria y la República Democrática del Congo. La cifra de desembarcos ha bajado desde que se firmara el acuerdo UE-Turquía en marzo de 2016, en el que se estableció que el Gobierno de Erdogán recibiera 3.000 millones de euros a cambio de que el país controlara la frontera marítima entre ambos estados, lograra cerrar la ruta migratoria y aceptase recibir a 1.400 personas que fueron devueltas desde Grecia. Mientras que en 2015 arribaron 856.723 migrantes, un año después, el número de llegadas por esta ruta se redujo hasta las 173.450 personas. 

El que ha sido bautizado como "acuerdo de la vergüenza" por varias entidades ha hecho que disminuya el flujo, pero no ha solventado el problema, más bien ha creado otro: miles de personas se encuentran bloqueadas en el país heleno a la espera de que se tramite su petición de asilo. Muchos de ellos viven hacinados en campos de refugiados como el de Moria. Ubicado en una antigua cárcel militar y preparado para albergar a 3.000 personas, actualmente da cobijo a unas 12.000 personas, según Acnur.

Unas 14.000 personas han llegado en lo que va de año a Lesbos

En los aledaños del campo se palpa la tensión. Existe un continuo trasiego de personas que entran y salen del campo, que van y vienen a pie y en autobús de Mitilene, la capital de la isla. Además, se han instalado tiendas de campaña y barracones alrededor del edificio principal para dar cabida a más personas. Hasta siete meses llegó a pasar una familia con un niño en una de esas tiendas, soportando el frío y la lluvia en invierno hasta que lograron el traslado al campo de Pikpa.

A los problemas de salubridad denunciados por el sindicato de personal sanitario y administrativo de los hospitales públicos griegos se suman los de convivencia y el aumento de la violencia en lo que se ha convertido en una torre de Babel en la que conviven numerosas nacionalidades. Las secuelas físicas de las peleas saltan a la vista en el cuerpo de los refugiados que en muchos casos tienen cicatrices y heridas aún abiertas. Esta misma semana, un niño de cinco años murió en Moria atropellado por un camión mientras dormía en unos cartones y a finales de agosto un menor no acompañado de 15 años de edad fue apuñalado hasta la muerte durante una pelea en el mismo campamento. 

Imagen de archivo tomada en 2018 de la zona de petición de asilo en Moria. / M.I

La alimentación también es nefasta en estos centros. Por ello, varias iniciativas altruistras se dedican a servir raciones para los más vulnerables. Es el caso de Nikos y Katerina, un matrimonio que prepara en su restaurante unas 600 raciones diarias para habitantes de Moria. Mientras que el cocinero español jubilado Julio García con su Movil Kitchen lleva cerca de cuatro años en la isla elaborando almuerzos. Este último verano también ha colaborado con Proem-Aid, cosa que ha permitido que los asistentes a las clases de natación, pudieran comer después de estar en la playa. "También era una forma de incentivar que vinieran a clase y después comieran lo cocinado por Julio y no lo que les dan en Moria", explica García. 

García está de acuerdo con que esta situación se da por diferentes motivos. Explica que una de las principales preocupaciones de las instituciones es no generar lo que ellos bautizan como efecto llamada. La deducción es que si los refugiados cuentan a sus familiares que la vida en Europa no es lo que se esperaban no querrán venir. Y añade que la situación se ve agravada por la falta de cohesión entre los países de la Unión Europea: "Cada uno juega su película, Grecia no sabe qué hacer con las personas porque no se ponen de acuerdo sobre dónde deben ir".

Cementerio de chalecos: la huella más visible del éxodo

El aumento de la presión humana sobre la isla no es la única huella palpable que ha dejado la crisis humanitaria en la isla. La imagen del drama queda perfectamente representada en el enclave conocido como cementerio de chalecos. Un vertedero ubicado al norte de Lesbos, en un lugar recóndito y de acceso complicado. Allí se amontonan los miles de chalecos salvavidas con los que venían provistos los migrantes. Entre las montañas de la prenda de seguridad quedan objetos personales de los que hicieron la travesía, motores de las embarcaciones y restos de botes neumáticos.

Cementerio de chalecos, al norte de Lesbos.

Lo que representa la mala gestión de un éxodo se ha convertido además, en una amenaza para el planeta. "Lesbos no tiene instalaciones para reciclar estos chalecos y es muy costoso enviarlos a Atenas. Esto es una bomba de tiempo ambiental, un tsunami de plástico", indicaron en septiembre de 2015 fuentes de la oficina del alcalde. Hoy en día, tres años después de esas declaraciones, siguen quedando muchos chalecos, aunque bien es cierto que algunos sí que han sido eliminados de la zona.

Otros han tenido una segunda vida gracias al proyecto Safe Passage Bags, que reciclan los chalecos y con ellos crean carteras, estuches y fundas de ordenador entre otras confecciones, que además proporcionan ingresos y provén de un empleo a algunos refugiados. Además, las mujeres de Pikpa han empezado a elaborar cuencos y posavasos de tela que con una frase reflejan lo que esos materiales con los que se fabrican suponen: "Nadie pone a sus niños en una barca a no ser que el mar sea más seguro que la tierra".

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