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Víctimas represión de Argentina Las Abuelas de Plaza de Mayo reclaman “memoria, verdad y justicia” por los 30.000 desaparecidos en la dictadura de Argentina

Más de 5.000 personas fueron secuestradas y torturadas en un centro clandestino de las Fuerzas Armadas entre 1976 y 1983. A día de hoy continúan abiertos 12 juicios sobre el caso.

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La titular de la Asociación Madres de Plaza de Mayo, Hebe de Bonafini, saludando a la multitud concentrada para recordar el golpe militar  - EFE

Alfredo Ayala cuenta su historia con un tono de voz muy leve. Sus cuerdas vocales están dañadas por los grilletes que estaban amarrados a su cuello durante su secuestro y dejaron visible una gran cicatriz debajo de su barbilla. Fue torturado y sometido al trabajo forzoso durante dos años y medio. Se escapó de sus opresores por segunda vez un día de julio de 1980, convirtiéndose hoy en uno de los 250 supervivientes que pueden contar su historia.

Memoria, verdad y justicia. Esto es lo que piden los supervivientes del centro clandestino de detención, tortura y exterminio situado en la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA), en Buenos Aires (Argentina), durante los 2.818 días que duró la dictadura militar, entre 1976 y 1983.

Alrededor de 5.000 personas fueron secuestradas y torturadas en este centro clandestino y a día de hoy más de 300 familias continúan reclamando el paradero de los 30.000 padres, hijos y nietos desaparecidos. Ahora, desde hace 14 años, es un espacio para la Memoria.

Este sábado, como cada 24 marzo desde 1977, las Abuelas y Madres de Plaza de Mayo protagonizarán una marcha para reivindicar la verdad sobre sus familiares desaparecidos. Un acto del cual el presidente de la Nación, Mauricio Macri, se desvincula. “Sólo queremos saber dónde están nuestros hijos, vivos o muertos”, reclama una de las portavoces. “Miles de hogares continúan sufriendo dolor, tristeza y angustia”.

Cartel de protesta frente a la Escuela de Mecánica de la Armada - Sandra Rodríguez Ramos

La deshumanización de “los subversivos”


Encapuchados permanentemente, con esposas en las manos, grilletes en los pies y sin poder moverse de un espacio de 2 metros x 70 centímetros; pasaban su día a día en la Esma los secuestrados. “La tortura empieza en el minuto uno del secuestro. Nos borran el nombre y nos asignan un número. No hay peor tortura que la supresión de tu identidad, eliminar todo aquello que te hace humano”, recalca Ayala.

Néstor Fuentes vivió 18 días en ese “infierno”. Le capturaron después de trabajar social y políticamente en una villa de Buenos Aires como militante peronista. “Las brutales palizas eran diarias, nunca sabías cuándo te iban a llevar a la muerte”, señala. De repente, un día cualquiera le soltaron en una plaza y le dijeron que contara hasta cien antes de quitarse la capucha. Nunca supo por qué le dejaron libre.

“Los represores eran dueños de la vida y la muerte de cada uno de nosotros”, insiste Ayala. “Ser mujer dentro de la Esma era aún más terrorífico. Los opresores describían delante de nosotros cómo las violaban en el baño”, añade Fuentes. Durante la existencia del centro clandestino, alrededor de 400 bebés nacieron en cautiverio.

Las mujeres embarazadas vivían en las mismas condiciones que el resto de secuestrados, hasta que cumplían el séptimo mes y las trasladaban a otra sección, donde les quitaban las esposas y les ofrecían leche y huevos. Cuando daban a luz, estaba presente un médico de la Armada que después se llevaba al recién nacido.Los 'vuelos de la muerte' eran los miércoles.

Los secuestradores trasladaban en avión a los desaparecidos y los arrojaban con vida al Río de la Plata para ocultar sus cuerpos. Cuando en el año 1979 la Comisión Interamericana realiza una inspección a la ESMA, los secuestrados son trasladados a la 'Isla del Silencio', donde les esconden y les someten a trabajos forzosos.

Esta isla le dio la oportunidad a Ayala de escapar. Cuando se acercó una lancha que portaba mercancías, él les explicó que estaba secuestrado y, aunque no le creyeron, le dejaron acompañarles escondido en un saco de patatas durante cinco horas, hasta que llegaron a Tigre. Allí Ayala se refugió en el barrio donde militaba, hasta que se destapó todo.

“Ya es hora de que se haga justicia”

Cientos Ford Falcon de color verde entraron en la ESMA, llevando a los secuestrados al centro de tortura. La cadena que obstaculizaba el paso de las ruedas del vehículo fue una de los detalles que sirvieron como prueba en el testimonio de los testigos en el megajuicio, junto al ascensor oculto tras la pared, que llevaba al sótano; o el vocerío de los fanáticos del fútbol durante el mundial del 78. Un juicio cuyas lecturas de sentencia llegaron a alcanzar las ocho horas para 160 condenados. 

En 1985, Argentina marcaba un antes y un después en su Memoria. Era la primera vez que un Gobierno en democracia juzgaba a los responsables de una dictadura de su propio país.

Aún hay 12 juicios en trámite y alrededor de 3.000 imputados. La cifra de arrestos domiciliarios -532- supera a la de los presos que se encuentran en cárceles comunes -449-. Absolvieron a 99.

Fue a partir del año 2001 cuando Mercedes Soiza se convirtió en la fiscal federal del caso Esma. Junto a su equipo, comenzó a reunir pruebas testimoniales y documentales para reclamar justicia por las víctimas y contra los genocidas por delitos de lesa humanidad.

“La desclasificación de los archivos de las Fuerzas Armadas, encarados como política de Estado, fue el gran disparador para poder probar las estructuras represivas que funcionaron durante el terrorismo de Estado”, añade.

Las cifras son estremecedoras. Más de 400 niños nacieron en cautiverio en los más de 500 centros clandestinos. De los 30.000 desaparecidos, el 81,4% tenían entre 16 y 35 años. “Ya es hora de que se haga justicia, ni siquiera buscamos venganza”, agregan los supervivientes. Ya se ha encontrado a 127 pequeños, incluido el nieto de la presidenta de Abuelas de Plaza de Mayo.

La Asociación Madres de la Plaza de Mayo marcha para reivindicar la verdad sobre sus familiares desaparecidos- EFE

Deudas pendientes

“La única casa para un genocida es la cárcel”. Este cartel se puede leer en la puerta de la ESMA, pidiendo justicia por los crímenes cometidos durante la dictadura. Las Abuelas y Madres de Plaza de Mayo no se dan por vencidas. “Hay muchas deudas pendientes. Los procesos de justicia han logrado construir la historia de nuestro pasado reciente, pero la deuda aún continúa.

Faltan nietos que restituir, historias que reconstruir. Es difícil pensar en una justicia plena, pero sí estamos seguras de que estamos consiguiendo el fin de la impunidad y del negacionismo”, reclaman.El 2 de diciembre de 2015, Cristina Fernández de Kirchner promulga la Ley de Creación de la Comisión de la Verdad, Justicia, Reparación y Fortalecimiento de las Instituciones argentinas.

“El Gobierno debe reparar de manera integral los daños causados a través de leyes, como la recuperación de espacios que funcionaron como centros clandestinos, para que sean lugares que alberguen el testimonio de las víctimas y funcionen como prueba de lo ocurrido”, denuncia la fiscal. Ni Néstor ni Alfredo creían que saldrían vivos de la ESMA.

Fuentes declaró por primera vez hace seis años, y su juicio continúa abierto. “Quiero que haya democracia, y este Gobierno de Macri se exhibe como autoritario, no respeta la legalidad y compra a los jueces y a los criminales”, señala. Además, insiste en que nunca se arrepintió de su militancia peronista: “El Estado tiene miedo de que la gente salga a la calle y es lo que hay que hacer”.

Ayala recalca la importancia de mantener viva la historia y la lucha de sus compañeros, su memoria, a través de la justicia. “Queremos un juicio justo, pero sin arrestos domiciliarios compasivos. Ellos no tuvieron compasión con nosotros cuando nos torturaron diariamente, han arrasado familias enteras”, señala.

“En la ESMA reside el llanto y la impotencia de muchos compañeros por que se haga justicia. El delito por robo de identidad no deja de producirse mientras el que una vez fue un niño apropiado continúe en la ignorancia sobre su verdadera identidad”, concluye.