Opinión
Alcaraz: los ricos también pagan

Por David Torres
Escritor
-Actualizado a
Es fácil sentir compasión por la gente que no llega a fin de mes, los mendigos que piden limosna a la puerta de los supermercados, los náufragos de mar y tierra, los vagabundos que viven con lo puesto, los muertos de hambre que no tienen qué llevarse a la boca. Eso está tirado. Lo difícil es compadecerse de los millonarios de toda índole, los financieros que se financian a sí mismos, los aristócratas con latifundios y castillos, las hijas de papá que empezaron doblando factorías textiles y los niños bien que aprendieron a construir casas desde el tejado. En esa abigarrada fauna del dinero a espuertas, tan digna de lástima, sobresale la especie de los deportistas de élite, y dentro de ellos, la subespecie de los tenistas.
Estos días, entre los aplausos y panegíricos dedicados a Carlos Alcaraz, diversos medios señalaban el mordisco de más de medio millón de euros que va a llevarse Hacienda tras su fabulosa victoria en el Open de Australia. Parecía que le estuvieran aconsejando que fije su residencia fiscal en Andorra o que se nacionalice australiano. Sin embargo, mucho más íntima era la indignación de los peatones que lamentan que Alcaraz tenga que pagar impuestos a la hora de recoger los frutos de su esfuerzo. Tal vez no hayan caído en la cuenta de que, entre becas, torneos, viajes y subvenciones, el Estado destina más de dos millones de euros anuales en ayudas a la Real Federación Española de Tenis. Eso sin contar las infraestructuras pagadas con dinero público -polideportivos, pistas, iluminación, carreteras- que le permitieron triunfar por todo lo alto. A lo mejor se piensan que Alcaraz ha llegado hasta ahí arriba él solo, gracias a una raqueta y unas zapatillas.
A los pobres les conmueven las desgracias de los ricos mucho más que las propias, es un hecho. Recuerdo con estupor el éxito de aquellas teleseries de los ochenta -Dallas, Los Colby, Dinastía, Falcon Crest- donde los millonarios estadounidenses se peleaban a base de navajazos bursátiles, compras de tierras y bufetes de abogados. Había pijos engominados capaces de trincar un avión y recorrer tres husos horarios sólo para ir a soltarle cuatro frescas al tío Gilito que los había desheredado y joderle la fiesta de cumpleaños. Cada insulto les salía a diez mil dólares la milla aérea. Normal que, durante años y años, Jota Erre fuese el ídolo de la pequeña pantalla: con su sombrero tejano y su sonrisa depredadora estaba anunciando la versión petrolera de los Iluminati. Todavía no habían hecho su aparición, pero ya se veía venir a lo lejos a Donald Trump jugando al póquer y a Jeffrey Epstein organizando pases de modelos infantiles. No me hagan mucho caso, pero creo recordar que, entre palacios, piscinas, jardines y zoológicos, hasta tenían pistas de tenis privadas.
En España hay muchos pobres de ésos que lloran los problemas económicos de los grandes potentados. A saber cuántos colaboraron enviando un donativo cuando Lola Flores pidió a todo el país que le echara una mano para saldar su deuda con Hacienda. "Si una peseta diera cada español", dijo, prefigurando el rescate multimillonario de las cajas donde, en realidad, tocamos prácticamente a dos mil euros por persona. Menos mal que Mariano Rajoy aseguró que eso no sucedería jamás y que además no volvería a suceder. Aun más emotivas fueron las lágrimas derramadas con el juicio a la infanta Cristina, que contó con un fiscal defensor encaramado a unos abogados que aseguraban, en primer lugar, que ella no tenía la menor idea de lo que ocurría a su alrededor y, en segundo lugar, que estaba enamorada. A Urdangarín no pudieron fabricarle una doctrina judicial a medida, como a Botín, pero sí una prisión a la carta para demostrar que hasta entre rejas hay clases. Es lo que pasa a veces con los deportistas de élite, que empiezan con los deportes y acaban en las élites.
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