Opinión
Europa: de faro moral a repetición trágica

En los últimos días, los titulares europeos se han llenado de declaraciones eufóricas tras nuevos ataques de la OTAN, bajo la bandera ucraniana, contra importantes infraestructuras rusas. Lejos de despertar alarma, estos actos han sido presentados como pasos firmes hacia una supuesta victoria de la “democracia”. En Bruselas, Berlín y París, los dirigentes hablan con orgullo de “unidad”, de “determinación” frente al “autoritarismo”, de “defensa del orden basado en reglas”. Pero esta retórica, revestida de una superioridad moral heredada del pasado, encubre una peligrosa ceguera estratégica: Europa no está liderando una causa justa, sino caminando dormida hacia otra repetición trágica de sus errores históricos.
Con estas reflexiones proponemos una crítica directa y sin concesiones: Europa ya no es el faro moral que cree ser. En vez de construir paz, exporta armas. En lugar de autonomía, adopta la obediencia. Y en lugar de proteger a sus ciudadanos, los prepara —una vez más— para morir en guerras que ellos no decidieron. La pregunta ya no es si hay tiempo de corregir el rumbo. La pregunta es si existe la voluntad política de hacerlo.
El mito de la superioridad moral europea
Europa lleva décadas construyendo un relato en el que se presenta como campeona de los derechos humanos, del derecho internacional y del multilateralismo. Desde la Segunda Guerra Mundial, la construcción europea fue vendida como el antídoto definitivo contra los horrores del pasado. Sin embargo, esa narrativa ha ido desvinculándose cada vez más de la realidad.
Mientras los dirigentes europeos celebran cumbres y redactan resoluciones, sus acciones prácticas contradicen sus principios. Apoyan incondicionalmente a actores que violan el derecho internacional cuando conviene. Participan en conflictos por delegación. Se alinean con potencias que no rinden cuentas ni ante tribunales ni ante pueblos. La brecha entre el discurso y la práctica se ha vuelto tan evidente que hablar de moral europea se acerca peligrosamente al cinismo.
El problema no es solo ético, sino estratégico. La autocomplacencia moral impide ver los errores. Europa no actúa como agente independiente, sino como engranaje de una maquinaria militar global que no controla. En vez de preguntarse qué papel puede y debe jugar en la arquitectura de paz global, adopta sin reservas una lógica de bloques y enfrentamientos que la convierte, una vez más, en campo de batalla.
La cesión de soberanía: el suicidio de una Europa idealizada
Lo que comenzó como un proyecto de soberanía compartida ha devenido en una entrega sin condiciones. En política exterior, Europa se ha subordinado sin matices a la estrategia de Estados Unidos, incluso cuando esta contradice sus propios intereses. Desde la expansión sin freno de la OTAN hasta las sanciones económicas que castigan más a los pueblos europeos que a sus destinatarios oficiales, la UE ha renunciado a trazar un camino propio.
La dependencia energética es otro símbolo de esta sumisión. Durante años, Europa construyó una interdependencia pragmática con Rusia, clave para su industria y estabilidad social. Pero ante el conflicto de Ucrania, optó por dinamitar esos vínculos sin un plan de contingencia sólido y se lanzó a los brazos de proveedores más caros, inestables o políticamente condicionados. El resultado: una crisis energética que ha empobrecido a millones y debilitado la competitividad industrial europea.
En defensa, la UE ha delegado durante décadas su seguridad en la OTAN, ignorando sus propias capacidades. Ahora, excusándose en la “amenaza rusa”, se lanza a una carrera armamentística que beneficia a unas oligarquías, no siempre europeas, mientras estrangula presupuestos sociales. Lo más grave es que esta pérdida de soberanía se presenta como “inevitable”, como si la historia no demostrara los peligros de seguir a potencias ajenas en guerras que no se comprenden ni se controlan.
El abandono de la lógica de paz
La actual Unión Europea es el fruto de un proceso que nació de la promesa de que la guerra nunca más sería el camino. Hoy, esa promesa está rota. En vez de liderar procesos de negociación, se opta por el envío masivo de armas. En vez de apostar por la diplomacia, se invierte en escalada. Se repite, casi palabra por palabra, el error cometido en 1914: creer que el poder militar puede resolver disputas geopolíticas complejas.
La idea de que la paz es resultado de la fuerza ha colonizado el pensamiento político europeo. Pero esa lógica no solo es equivocada, es suicida. Ningún conflicto armado contemporáneo ha demostrado que más armas conducen a más paz. Al contrario: cada envío de misiles, cada ampliación de la OTAN, cada sanción arbitraria alimenta la espiral de enfrentamiento.
Y mientras se habla de “paz duradera”, se prepara a los pueblos para el sacrificio. Aumentan los presupuestos militares, se militarizan los discursos educativos, se censuran voces críticas. Europa no está construyendo seguridad. Está normalizando la guerra.
El precio del conflicto: la sangre ajena, el sacrificio del pueblo
En las guerras modernas, los que deciden no son los que mueren. Las élites que hoy promueven una línea dura contra Rusia —con el entusiasmo mediático de siempre— no verán a sus hijos alistados ni a sus casas reducidas a escombros. El sacrificio recae, como siempre, en los sectores populares.
Serán los jóvenes de clase trabajadora los que irán al frente. Serán los hogares humildes los que sufrirán la inflación, la escasez y la precariedad. Serán los derechos sociales los que se congelarán “temporalmente” en nombre de la seguridad. Y serán las libertades democráticas las primeras víctimas de un clima cada vez más autoritario, con censura mediática, represión de la protesta y vigilancia masiva.
Europa no puede seguir fingiendo que esta guerra no le afecta. Está ya pagando un precio altísimo. Y el pago de ese precio no garantiza ni victoria ni estabilidad.
La paz como deber y urgencia
Europa tiene una elección. Puede seguir obedeciendo agendas geoestratégicas ajenas, adoptando la lógica de la guerra preventiva, de la escalada como disuasión, del enemigo como justificación de todo recorte social. O puede recuperar su pregonado rol histórico como promotora de paz.
Esto no significa pasividad, significa asumir la complejidad, invertir en diplomacia real, abrir canales de diálogo incluso en medio del fuego cruzado. Significa desmilitarizar la política y rehumanizar el conflicto. Significa decir “no” cuando los aliados empujan a una confrontación que no se puede ganar ni justificar.
Europa tiene el deber de recordar que sin paz, todo lo demás es humo. Derechos humanos, progreso económico, justicia social, transición ecológica: todo desaparece cuando los cañones hablan.
Por decirlo de un modo gráfico: las familias que sobreviven en Gaza no pueden ejercer sus derechos laborales, ni la igualdad de derechos de la mujer o el colectivo LBTBI+, o cuidar el medio ambiente, o sus derechos a servicios públicos de calidad como la educación o la sanidad.
La guerra es la negación absoluta de todo lo que Europa dice defender.
Una interpelación final a los líderes europeos
Los dirigentes europeos deben responder, con claridad, a las preguntas que ya suenan en las calles:
• ¿A quién sirve esta guerra?
• ¿A qué intereses responde?
• ¿Qué estamos dispuestos a sacrificar antes de decir basta?
• ¿Qué y cuánta parte de nuestro ser estamos dispuestos a perder?
Europa puede ser mucho más que un peón en un tablero global. Puede ser un faro, sí, pero no de arrogancia moral, sino de lucidez política. Un continente que elige la paz no es débil. Es fuerte, porque se atreve a construir cuando otros destruyen. Porque valora más la vida que la victoria.
La historia ya ha dado suficientes advertencias. La pregunta es si Europa está dispuesta a escucharlas antes de repetir, por tercera vez, su tragedia.
Es tiempo de recuperar el sentido. La paz no es cobardía: es el acto supremo de valentía política. Europa aún puede salvarse de sí misma. Pero el reloj corre.


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