Opinión
Si llueve el año nuevo

Escritora y doctora en estudios culturales
Con la lluvia, el aire se siente limpio como el nido recién tejido antes de que nazca la primera cría de pájaro. En invierno, esa lluvia refresca los párpados; a veces, cubre el campo de escarcha si amanece o se desliza por las hendijas de las calles recordándonos que existen formas y colores extraordinarios: charcos que no veíamos o un torrente de polvo acumulado en su volumen sinuoso. El año nuevo actúa de manera similar al aguacero en lo que guarda de depuración, pero también respecto al descubrimiento. Se hace balance esperando que algo frutezca del torrente; se colma el calendario de visiones y augurios; pero, si llueve sobre mojado, desparecen igualmente los matices de sentido y todo se transforma en la inundación más aciaga. He pensado en tormentas destructivas tanto como en el chispear de un agua nutricia a la hora de vislumbrar este 2026; creo en la esperanza tanto como en el desastre.
Salimos de una Extremadura devastada por la (ultra)derecha y eso, criada yo en Badajoz –donde casi un 70% de mis antiguos vecinos se han decantado por las opciones más conservadoras, cuando no abiertamente retrógradas–, me hiere no ya como discrepancia política, sino como posicionamiento moral. La luz que irradia Irene de Miguel, meritoria por su trabajo incansable en las zonas rurales tanto como por la unidad forjada en un espacio ideológico fragmentado desde dentro y fuera, no es extrapolable al resto de comunidades autónomas; y Andalucía, mi tierra chica y grande, que celebrará elecciones muy pronto, transmite ya la profecía de otra debacle, a pesar de que la crisis de los cribados del cáncer de mama pueda hacer mella en el actual gobierno. Si me alejo de los entornos que conozco como la palma de la mano y miro a Madrid, veo a un gobierno acorralado por el estancamiento parlamentario, la corrupción y el machismo, a pesar de que sus políticas sociales y económicas hayan podido resultar benévolas para parte de la ciudadanía y, desde el extranjero, se haya valorado su gestión –o su mera existencia– como un milagro.
"Qué suerte tenéis en España", me dice una amiga habitante de la Italia de Meloni. "Quiero mudarme a tu país", replica otro desde Estados Unidos. Y, entonces, yo suspiro, alzo la vista y las nubes indican renovadas borrascas, mientras envío mensajes a mis seres queridos. Este año, la Nochevieja la celebraremos en mi casa de la manera más multitudinaria que aguante el mobiliario: sentados, sólo cabemos 8 o 9 en el salón, 12 a lo sumo si saco los pufs y las sillas de la playa. Sé que hablaremos de la debilidad de Europa respecto a las negociaciones para el fin de la contienda en Ucrania, de los derechos digitales o el imposible equilibrio comercial que imponen los aranceles. En qué momento nos convertimos en parias o cuál será el punto álgido de la militarización, habrá o no conflagración mundial o "sólo" un ambiente de Guerra Fría con puntos calientes y dolorosos formarán parte de una conversación en la que, a menudo, se me pide opinión sobre Estados Unidos. Si se nos sube el champán, bromearemos sobre Groenlandia pero nunca sobre Gaza y, a la mañana siguiente, retomaremos –dolor de cabeza mediante– las rutinas de quien aún no quiere tirar la toalla y confía, y cree, pero sumido en la zozobra.
Tal vez llueva sobre los tejados y agradezcamos el petricor del Sur de secano, sin considerar que en Valencia el miedo cae encapsulado en cada gota para depositarse, después, en la embarrada rememoración de la DANA. Otro balance decepcionante y proyección impracticable de futuro lo constituirán las medidas medioambientales que no se aprueban ni con 230 muertos directos a la espalda, ni con los miles ocultos que causa el calor, la contaminación… Porque el agua esconde una poética: en su volumen se reproduce el mosquito que contagia la fiebre del Nilo, pero también se baña el ave en peligro de extinción durante la canícula. Aunque suba la factura debido a la escasez, habrá personas que sigan llenando piscinas e incendios que la requieran, canalizada en mangueras precarias. Éste será 2026: ¿otra vez las críticas infundadas a la AEMET, la demonización de la ciencia?; ¿otra vez el pugilato mediático plagado de bulos? Si ya se ha polarizado hasta decir "Feliz Navidad" vs. "Felices fiestas", me pregunto si podremos enunciar un escueto "Feliz año nuevo" a sabiendas de que a todas esas expresiones sólo las emparenta una felicidad de mentirijilla, lo nuevo alberga fuentes de terror y discordia, y la fiesta hace mucho que terminó.
Brindaremos, bailaremos rogando otra oportunidad, porque nos la merecemos. Ahora que hemos recuperado la espiritualidad, ya que nada hay bajo los pies, elevaremos los ojos al cielo poniendo a cero el reloj de enero, sin perder, al menos, la memoria de la alegría plena y, entonces, volveremos a ser gente, aunque no sepamos por cuánto tiempo o por cuánta lluvia.
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