Opinión
Polarización con embutidos

Por David Torres
Escritor
-Actualizado a
Cuando entrevisté a Stanislaw Lem en Cracovia, hace ya la friolera de dos decenios, le pregunté por qué no había publicado nada desde 1986, fecha en que dio a la imprenta su última novela, Fiasco. Me respondió que se sentía sobrepasado por la actualidad, que la realidad a finales de los ochenta empezó a volverse tan alucinante -tan extraña y asombrosa en comparación con los años grises de la dictadura comunista-, que no merecía la pena escribir ficción, menos aun ciencia-ficción. No había más que abrir el periódico y leer, por ejemplo, la noticia de aquel médico alemán que acababa de inaugurar una exposición hecha con cadáveres plastificados, cadáveres cedidos por los propios difuntos en nombre de la ciencia. En efecto, parecía un argumento de Lem, aunque mucho menos brillante que unas bacterias hablando mediante código morse o que el resplandeciente océano de Solaris.
Reconozco que, por aquel entonces, la respuesta me pareció la excusa de un anciano genial que había perdido el fuelle, las ganas de escribir, la imaginación pasmosa que lo había situado al frente de la literatura fantástica contemporánea gracias a seis o siete volúmenes magistrales. Ahora, al borde de los sesenta, miro a mi alrededor, yo -que de genio no tengo nada- y me encuentro chapoteando en el mismo estupor ontológico que el gran artífice polaco, completamente sobrepasado por un mundo que ha dado varias vueltas de campana. Lem decía a finales del siglo XX que la ciencia-ficción ya no podía competir con la realidad, pero ya entrados en el tercer milenio me parece haber sido teletransportado a la nave de Ijon Tichy, recién aterrizado a un planeta de robots donde la lógica va cabeza abajo.
Es el estupor con que observo la nueva campaña navideña de Campofrío, un torticero reclamo a los buenos sentimientos donde se critica la polarización de la sociedad: esos extremismos que nos piden, desde la derecha, apalear emigrantes y hundir barcos con niños y, desde la izquierda, respetar a las personas sean cuales sean su raza, su religión y su origen. Y como faro de equidistancia no se les ocurre otra cosa que sacar a Ana Rosa Quintana, la reina de la telecloaca, quien asegura vía telefónica que le ha salido alergia a la fruta, con lo que le gusta a ella la fruta. Es posible que, en una primera toma del anuncio, Ana Rosa, siguiendo las recomendaciones alimenticias de Ayuso, dijera directamente "Pedro Sánchez, hijo de puta", pero los avispados creativos de Campofrío pensaron que tampoco hacía ninguna falta, que con la fruta y Ana Rosa en medio de una oda al colágeno y al salchichón ya estaba todo dicho.
Años atrás, Campofrío realizó campañas con humoristas del pasado y del presente apelando a los buenos sentimientos, pero hoy día no se cortan un pelo al reclutar a uno de los puntales mediáticos de la derecha y azuzar la equidistancia al estilo Soto Ivars, desde el extremo centro. Total, los humoristas profesionales difícilmente pueden competir con la legión de advenedizos que les están copando el mercado laboral desde el periodismo, la política, la música y la parapsicología. Otro que tal baila es Juan del Val, a quien no le basta haber ganado el Premio Planeta con una novela que bien podía haber escrito un niño de trece años suspenso en redacción y no muy espabilado, sino que encima se pone a dar conferencias ex cátedra, como si siguiera filosofando con Trancas y Barrancas: "Lo más peligroso de algunos autores es cuando el ego es mucho mayor que el talento". Es una lección aprendida en primera persona del singular; en indicativo y en subjuntivo; en presente, en futuro y en pretérito perfecto.
A todo esto, pasas a otra sección del periódico y te encuentras con Juanma Moreno Bonilla hablando de la erótica del poder, de la suya propia, de un día que iba paseando por la playa con su esposa y dos chicas jóvenes se acercaron para hacerse una foto con él, atraídas por un indudable atractivo sexual potenciado por su magnetismo político. Con no sé cuántas mujeres aterradas por los fallos del programa en la prevención de cáncer en Andalucía, Juanma asegura que es más atractivo que guapo y compara su apostura física con la de Pedro Sánchez, como si la política fuese un pase de modelos masculinos en tanga o un desfile de pavorreales intentando impresionar a las señoras. Lo mejor que puede decirse de Moreno Bonilla es que podría salir de extra en la cacería de Los santos inocentes -el eterno señorito andaluz con o sin escopeta- y lo mejor que puede decirse de la prosa de Juan del Val es aquella crítica que lanzó Borges a un joven principiante: "Su novela, joven, decae al principio". En cuanto a Ana Rosa Quintana, lo mejor será no decir nada. Voy a parar aquí porque lo mismo me pongo a hablar de Trump o de Rosalía. Hoy el mundo es la hostia de raro. O el bueno de Lem tenía razón o yo me estoy haciendo viejo a marchas forzadas.
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