Opinión
Prohibir también es proteger

Periodista
Hace apenas un par de semanas un niño de 13 años sufría una paliza en Nigrán (Pontevedra) a manos de otros cinco menores, de entre 13 y 17 años, que lo vejaron e insultaron mientras lo grababan, para después compartir el vídeo con otras personas y continuar el bullying online. Por si fueran poco los golpes y los insultos, el pequeño recibió, además, mensajes amenazantes que pudo leer en su móvil durante los días posteriores a la agresión. Su madre interpuso una denuncia en la Guardia Civil, que consiguió descargar el video de los terminales a los que había llegado. A menudo, conocemos noticias como esta, con críos implicados en agresiones que son difundidas en redes sociales o compartidas en grupos de whatsapp, en donde la violencia y la revictimización continúan mucho tiempo después de los golpes. Un caso similar muestra la serie Pubertat, cuyo nudo argumental gira alrededor de la agresión sexual a una niña en la que participan un grupo de amigos de 13 y 14 años, que comparten el video para demostrar a otros que han hecho, lo que no deberían haber hecho. Y es que la posibilidad de compartir ha multiplicado las ganas de dañar.
El anuncio por parte del Gobierno de una ley que prohibirá el acceso a los menores de 16 a las redes sociales ha conseguido poner de acuerdo a pediatras, psicólogos, profesores, madres y padres. También a la mayor parte de los grupos políticos, salvo el Vox de Abascal, que vive de difundir bulos en esas mismas redes mientras tacha de censura y ataque a la libertad cualquier intento de garantizar la protección de los menores. Saben bien que el auge de la extrema derecha entre los más jóvenes no es una casualidad, es una batalla ganada del algoritmo en donde se informan la mayoría de los niños desde su primer acceso a las redes sociales. Por eso, me resulta curioso que hasta dentro de la izquierda haya calado cierto debate acomplejado sobre si la prohibición de acceso a las redes sociales no será demasiado, si no será mejor lo de siempre, centrarse en la educación. Como si prohibir, estuviese reñido con educar, o como si proteger no consistiese, básicamente, en prohibir o limitar conductas dañinas. A nuestros hijos les prohibimos hacer cosas desde el mismo día que nacen: les quitamos elementos de la boca con los que puedan atragantarse, tapamos enchufes de toda la casa en donde les encanta introducir sus diminutos deditos y precintamos esquinas para que no se abran la cabeza, les damos un tirón (o un grito) si van a cruzar por donde no deben, desplazamos ollas y sartenes calientes de su radar, y los amenazamos de cualquier forma posible para que no se les de por tirarse por una ventana. Si algo aprendemos desde que nos convertimos en madres y padres es que el ser humano tiende a la autodestrucción, y los adolescentes todavía más. Como bien explicó el psicólogo Jean Piaget, padre de la pedagogía moderna, la adolescencia es la etapa de la vida en la que más invulnerables nos sentimos. No hace falta más que recordar nuestras propias adolescencias en las que los comas etílicos a golpe de botellón se repetían cada fin de semana en todos los pueblos de este país, y en donde la relación con el acceso ilimitado y barato al ron nos dio la posibilidad de convertirnos en alcohólicos desde los 15 años. Si el Luisma hubiese sido adolescente a día de hoy, quizá no se habría quedado tan tonto.
Por eso, las madres, padres y educadores, necesitamos urgentemente herramientas y recursos legales que nos permitan enfrentarnos a unos gigantes que han colonizado la atención de nuestros jóvenes en un asalto sensorial constante, tan adictivo que ni siquiera los adultos más concienciados logramos evadir. Hace un par de días me senté en el sofá con mi novio para ver unos videos paródicos sobre anuncios de alquileres y cuarenta minutos después del enredo en un scroll infinito estábamos buscando la estatura y la edad de Kate Moss.
Hay quien defiende que las redes sociales sirven también para aprender y para conectar y no lo niego, pero lamento decir que estamos en un momento tan tóxico y fascista que para mí pesa mucho más el daño que se les pueda hacer a menores de 16 que el hipotético beneficio que puedan sacar. Aquí una lista de todas las cosas que nuestros hijos e hijas pueden aprender libremente en unas redes sociales sin censura: bulos y fakenews que llevan a pensamientos terraplanistas y extremistas, primeros contactos con el porno online y la posibilidad de la autoexplotación sexual, machismo, racismo y clasismo galopantes, bullying, diversos tipos de adicciones (la primera de ellas, a las compras), o dismorfia corporal.
Y estas, algunas de las muchas consecuencias que las pantallas tienen en sus cerebros, según los expertos: menor capacidad de lectoescritura, reducción del coeficiente intelectual, problemas de memoria, disminución de la empatía, reducción de la autoestima y trastornos de la conducta alimentaria, evasión de la realidad, incapacidad para prestar atención y un evidente deterioro de la salud mental en la población joven.
Y no, educar no basta, porque para educar tiene que haber autorregulación y el cerebro del adolescente no está lo suficientemente maduro para hacerlo. No es que no quieran, es que no pueden. Y no es que las madres y los padres bienintencionados no queramos educar en la cultura digital, es que solos tampoco podemos.
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