Opinión
Rebajas de qué

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Decía André Malraux que "la tradición no se hereda, se conquista". No soy muy fan de las tradiciones, pero hay una en concreto a la que no he fallado desde que tengo uso de razón: en mi familia la Navidad no terminaba de forma oficial si el 7 de enero no íbamos a las rebajas de invierno en A Coruña. De pequeña la odiaba, de adolescente resultaba vital para mi supervivencia hiperhormonada. Viviendo en un lugar con menos de 10.000 habitantes, poder vestirme a la moda de los 2000 y pico pasaba irremediablemente por Bershka, Pull y Stradivarius (inauguradas en 1998, 1991 y 1999, respectivamente), o por otras ya desaparecidas como Blanco o Pimkie. Además, fue mi primer contacto con las financias y la inversión, puesto que el día 6 por la mañana mi hermana y yo recibíamos, colocados con primor a los pies del árbol, dos sobres con nuestros nombres (cabe suponer que de los Reyes Magos, pero quién sabe, en aquella época Bárcenas ya hacía de las suyas). En su interior, dos billetes de 50 para autogestionarnos al día siguiente.
Que me dejasen suelta por un centro comercial durante horas calculando si cien euros me llegaban para comprarme la sudadera de El niño y unas botas de chúpame-la-punta versión Pasión de gavilanes era uno de los mejores días del año. Significaba elegir mi modelito (el outfit de ahora) sin que mis padres interfiriesen; era poder ir a una tienda y pagar yo sola como si a los catorce tuviese ya una vida laboral consolidada; implicaba ir al instituto al día siguiente estrenando falda, o jersey, o chándal, y sintiéndome la más-a-la-moda de la clase. Era el summun de mi libertad adolescente.
Ahora que soy adulta, he conquistado la tradición. Raro es el año en que fallo a la cita. A pesar de que se me acumulan jerséis en el armario con más bolas que la piscina de juguete de mi hija, pantalones con más hilos sueltos que las 200 versiones de Mazón sobre la DANA. Supongo que no se habla mucho de la obsolescencia programada en la ropa porque la moda pasa más rápido de lo que llega el desgaste. ¿Cómo vas a ponerte aquellos pantalones pitillo que te hacían un culazo en 2021 si ahora todas las influs llevan Wide Leg, o Straight Leg, o Baggy? Y sobre todo, ¿por qué no mete mano la RAE en este sindiós de nomenclátor textil y dejan un poquito en paz a Sanxenxo?
Leo las etiquetas en el Zara a las once menos algo del 7 de enero de 2026 mientras escucho de fondo a una señora que pregunta con una mezcla de incredulidad y desesperación, como si le fuese la vida en ello: "¡¿Entonces no vais a abrir los probadores?!". "No, lo siento", dice la empleada, muy amable. Fuera se escuchan pitidos y cuatro policías esperan frente a la puerta de la tienda, observando a un grupo de mujeres y algún hombre que hacen ruido y gritan. La CIG (Confederación Intersindical Galega) y UGT-Galicia ha convocado huelga el primer día de las rebajas en contra del convenio estatal que quiere implantar la patronal ARTE (Asociación Retail Textil España que engloba a Inditex, H&M, Primark, Mango, o Bimba y Lola, entre otros). De aprobarse, las dependientas (porque son mujeres en su mayoría) pasarían a cobrar entre 2.000 y 3.000 euros anuales menos de lo que marca el convenio provincial de A Coruña, cuna de Inditex, una empresa al parecer no lo suficientemente rica como para pagar sueldos decentes.
Siento el mordisco de la culpa. ¿Qué hago allí? Se lo digo a la dependienta que me atiende en las cajas de autopago (porque, por supuesto, compro algo). Una trabajadora para 10 cajas: "No sé qué hago aquí, debería estar en mi casa". "Bueno, comprar es vuestro derecho", me responde con una sonrisa. Algo parecido me dice mi vecina, trabajadora de Primark desde hace muchos años, unos días después cuando me invita a un café y le pregunto qué tal la huelga: "No todos los sindicatos la secundaron y eso es una mierda, porque las tiendas en las que estaba el personal al completo de acuerdo, cerraron todo el día, pero muchas otras abrieron. Pero bueno, no hubo problemas, la gente lo entendió bien. La Policía solo tuvo un altercado y fue con un cliente, no con nosotras. Ellos estaban allí para proteger nuestro derecho a huelga y también para garantizar el vuestro a comprar".
Mi derecho a comprar. ¿Qué derecho es ese? ¿Está por encima del de los y las trabajadoras a no tener unas condiciones laborales precarias? Porque mientras las dependientas reivindicaban lo que es suyo, también están en huelga en el transporte interurbano de A Coruña, la plantilla de las escuelas deportivas de la ciudad, el profesorado de la comunidad gallega, los y las médicas del Estado. Parecer ser que tener derechos fue una tradición en algún momento y hay gente empeñada en reconquistarla.
Pero es que últimamente me veo fatal en el espejo, y estar contenta conmigo misma también es un derecho. A partir de los 30, y después de un embarazo, vas cuesta abajo y sin frenos. La ropa no me queda como antes, me aprieta o me queda floja, igual que el flotador que se me ha instalado en el ombligo, o las arrugas que me han aparecido sin darme cuenta. ¿Y estas canas?
La periodista y escritora Diana López Varela escribió hace unos meses en Comprar, usar, matar que en este sistema de la moda en el que vivimos "todas somos culpables y todos somos víctimas, pero unas más que otras". Me pregunto qué grado de culpabilidad tengo yo. No sé cuánta gente se hace esta pregunta en su día a día, porque si todo está mal siempre, nada está mal. No sé si el hecho de que hay personas que no se pueden permitir comprar prendas buenas porque son muy caras es una escusa para enmascarar otra verdad: no necesitamos tanta ropa. Yo, la primera. Cuatro o cinco jerséis de la fast-fashion hacen uno de la slow-fashion, pero ¿quién se conforma con uno cuando puede tener cinco? Cuentas como las de las divulgadoras Martina Lubián o Pilar Andújar me hacen ver que la alternativa es posible, aunque difícil. Y sobre todo, incómoda. Porque replantearnos las cosas y ser conscientes de que formamos parte del problema, en mayor o menor grado, cuesta más que un vestido de 4,99. Por no hablar de que nos va la salud en ello: Greenpeace lleva años alertando de que la ropa del gigante chino Shein contiene químicos peligrosos hasta 600 veces superiores a lo permitido en la UE.
Me pregunto por qué escribo este artículo. No pretendo dar lecciones de nada, por eso lo primero que hago es exponer mis contradicciones. Soy un Pokémon: estoy tan confusa que me hiero a mí misma. Pero quizás la pregunta es a quién herimos cuando solo nos mueve la satisfacción de nuestros deseos, por muy inocuos que parezcan. ¿Sigo siendo libre yendo de rebajas? O quién nos hizo creer que realmente esto era lo que deseábamos. ¿Por qué no me gusto cuando me miro en el espejo? ¿Por qué creo que eso se va a arreglar comprándome ropa nueva? ¿A qué privilegios estoy dispuesta a renunciar para estar a bien con mi conciencia? En este mundo actual, ¿no es más sencillo renunciar a tener conciencia?
¿Qué es lo que realmente está de rebajas?
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