Opinión
A mi salud

Por Marta Nebot
Periodista
-Actualizado a
A veces, un par de palabras iluminan.
Empecé el lunes fijándome en la respuesta de Otegi al último exabrupto de Ayuso en la manifa pepera del domingo pasado. Ella, la presidenta de La Comunidad, IDA, dijo que "ETA está preparando su asalto al País Vasco y a Navarra". Él, histórico dirigente de la banda armada y hoy Coordinador General de Bildu, que "nosotros no asaltamos nada", que estamos en las instituciones "porque nos vota la gente" y "cada vez más". "Queremos ganar las elecciones, es el único asalto que pretendemos, estamos inmersos en una estrategia de seducción democrática".
Desde entonces, "la seducción democrática" me ha venido a la cabeza una y otra vez a lo largo de la semana. IDA cree que todo es ETA; yo, que todo es "seducción democrática".
El escándalo sobre el Hospital de Torrejón, con los audios que ha publicado El País, en los que se escucha al CEO de Ribera Salud pidiendo a la dirección del hospital "deshacer lo andado" en la reducción de listas de espera para sacar 5 millones más, quita la careta otra vez al sistema sanitario público-privado de la Comunidad de Madrid -y a todos los que lo aplican, sean como sean sus características propias-. En todos los casos hay detrás una empresa con beneficios. En todos los casos, si aparecen nuevas pruebas que demuestren lo obvio, sus dirigentes remedarán la escena de Casablanca en que el jefe de Policía -siendo habitual del local- entra a cerrarlo al grito de "¡qué escándalo, qué escándalo he descubierto que aquí se juega!". Sí, señor@s del PP: las empresas hacen negocio, maximizan beneficios, su razón de ser es ganar pasta.
La justificación es tan peregrina y, sin embargo, tan exitosa... Se ha extendido como una plaga: lo público no funciona, lo privado sí sabe gestionar.
Es un meandro del capitalismo que nos anega, del fango en el que chapoteamos sin darnos ni cuenta. Impone marcos de pensamiento desde los que empezamos a pensar. Pero si nos paramos a pensarlo sin ellos, esa idea impugna la propia democracia. Los gobiernos (nacionales, autonómicos, locales y de cualquier pedanía o peñasco) son públicos y todas las instituciones, el Ejército, la Justicia... ¿Y funcionan o no? ¿La única manera de mejorarlos es privatizarlos? ¿La privatización de la democracia es la dictadura? ¿Solo podemos hacer bien las cosas cuando quien manda lleva un látigo y nos roba?
La teoría no tiene un pase. La práctica es un cáncer que nos está carcomiendo porque nos seduce y lo hace por las grietas del sistema y por las grietas del espíritu. Lo público tiene que ser mejor y tenemos que poner nuestra conciencia en juego.
Lo repetiré más fuerte: lo público puede y tiene que ser mejor. Tenemos que exigir mecanismos de mejora constante. Y tenemos que hacer sacrificios por nuestras ideas, por nuestros objetivos a medio y largo plazo.
Más de 12 millones de personas pagan un seguro médico privado en España, casi el 30% de la población. ¿Lo hacemos por unas habitaciones más bonitas? ¿Por unas urgencias más rápidas? ¿Por un trato preferente? ¿Porque creemos que con un patrón la gente trabaja más? ¿Porque el que paga manda, como si lo público no lo pagáramos nosotros? ¿Porque no somos conscientes de que si caemos realmente enfermos -con patologías graves y costosas de tratar- solo la pública nos atenderá?
Los motivos pueden ser múltiples, fruto de ¿la seducción democrática?, de ¿es el mercado, amigo?, de ¿cada uno a la suya? Desde luego, es un mercado legal bendecido por muchos, uno de cada tres españoles.
Nos dejamos seducir y así nos convertimos en cómplices. Nos hacemos el harakiri y los locos, nos decantamos por el sálvese quien pueda y por lo inmediato, creemos que podemos tenerlo todo (la pública y la privada), solo defendemos lo más propio, vamos orillando lo común, el auténtico patrimonio de esta hermosa democracia.
Que por supuesto no es perfecta. Tenemos problemas y, con una mirada de izquierdas, el más grave es la desigualdad, que no ha parado de avanzar desde hace décadas, también con este gobierno progresista. Pero seguimos teniendo -por ahora- una sanidad envidiable, de primera, para todas y todos, sin mirarle a nadie la cartera. Aquí no valen unas vidas más que otras, unos enfermos más que otros. Tenemos esa joya de la corona republicana: ¡Salud! Los republicanos no se despedían diciendo adiós. Se deseaban salud y la salud la hemos conseguido. Así que a nuestra salud. No solo cada uno a la suya.
Me rondan tres anécdotas de esas que se quedan en la cabeza haciendo carambolas.
1-Tuve un amigo con cáncer al que le confirmaron tras años de tratamiento que ya no se podía hacer más. La desesperación le llevó a querer irse a Houston, venderlo todo incluido el presente y el futuro de su familia, para nada. Sus médicos le explicaron y, finalmente, le convencieron con pruebas de que nada de lo que fueran hacerle allí a precio de oro, aquí no se le había hecho ya. Por supuesto esto ocurrió en nuestra sanidad pública.
2-Otro, que es latinoamericano, cuando llegó a España quería hacerse un seguro médico privado, porque, por la experiencia de esas latitudes, no se fiaba de la sanidad pública por más que le explicáramos el tesoro que aquí todavía conservamos. La privada no le aceptó porque tiene una cardiopatía. Después de mucho batallar y mover contactos consiguió que un amable dirigente de una de las grandes aseguradoras le explicara por qué no le querían. Como aquí la sanidad pública es muy buena la gente no está dispuesta a pagar mucho por los seguros privados, así que para que sea negocio tienen que gastar poco. Aquí la privada solo se dedica "a los que no están enfermos", le confesó aquel mandamás sanitario.
3-Martín Caparros, mi pareja, tiene ELA y hace tiempo que no es ningún secreto. En cuanto le diagnosticaron en la privada, le mandaron a la pública. Vivimos en Madrid y tuvimos que peregrinar años hasta dar con un servicio que no le trata como a un moribundo, que no se dedica solo a tomar nota del deterioro continuo, que no aplica aquello que Ayuso aplicó a los 7.291. Total, se va a morir igual. "No se salvaban en ningún sitio", alegó la presidenta en sede parlamentaria para justificar su brutal abandono a nuestros ancianos en las residencias que dependían de ella, en mitad de una pandemia, condenándoles a morir ahogados y solos sin asistencia médica y todavía sin responsables que se hagan cargo de tamaña brutalidad. Es la misma idea todo el tiempo.
Con respecto a nosotros, gracias a la pública, a esa parte de la pública de Madrid que todavía funciona, nuestra vida ha mejorado mucho y, cuando llegue, nuestra muerte será mejor, será la menos mala.
La marea blanca, el movimiento ciudadano que nació en esta ciudad en 2012, para defender la Sanidad Pública y Universal frente a políticas privatizadoras, usando las batas blancas sanitarias como símbolo, lleva todo este tiempo denunciando, saliendo a la calle cada cierto tiempo, señalando lo trascendental que estamos ignorando, que no enfrentamos como merece. Sus protestas son como olas de esa marea; olas, que vienen y van, que suben y bajan y que -aunque no las escuchemos- no paran de gritar que el mar se está comiendo nuestra playa, que el Estado del Bienestar no está garantizado, que lo de todos puede ser lo de algunos en poco tiempo, como ocurre en la mayor parte del mundo, que estamos perdiendo lo conquistado y la seducción democrática/capitalista/individualista nos tiene anestesiados/comprados/solos.
Ya veremos si esta vez, tras este nuevo episodio, tienen la decencia de devolver a lo público al menos el Hospital de Torrejón, pillado tan in fraganti, o solo lo saldan como siempre cortando alguna/s cabeza/s.
Ya veremos si la amenaza de La Presidenta de "contundencia" contra quienes hacen negocios por encima de lo pactado con la salud de los madrileños, no es más que otra escena del capitán Louis Renault en Casablanca para, en cuanto pase esta nueva ola, mantenerlo abierto y seguir jugando en él y con él como hasta ahora.
Ya veremos si cada vez más españoles se suman a la dinámica de solo "a mi salud", en vez de a la nuestra. Ya veremos si conseguimos seducciones democráticas más sanas. Ya veremos si encontramos cura para esta vieja-nueva epidemia neoliberal que ahora arrasa.
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