Opinión
Al sur del río Trump
Por Anibal Malvar
Periodista
No comprende uno muy bien por qué este mundo se está fascistificando tanto. Los ciudadanos de Europa y EEUU defienden sus privilegios. Vale. La supremacía militar les hace sentirse confortables y seguros. Están dispuestos a pasar frío y hambre en sus casas a cambio de coleccionar más misiles nucleares, como nos exige la OTAN.
Les encanta ignorar que gran parte de su bienestar proviene de la explotación textil, mineral, agrícola, ganadera y etcétera de currantes asiáticos, hispanos y africanos a los que no llamamos esclavos o siervos, pues son palabras que repugnan a los miembros de la comisión de derechos humanos de la ONU. Los llamamos subcontratados o externalizados, que tampoco suena mucho mejor.
Sin embargo, cuando estos siervos o esclavos, que son el sustento de nuestras familias, quieren instalarse entre nosotros, los rechazamos. Los perseguimos. Solo los admitimos como trabajadores cualificados si se quedan en su país. Los queremos en las minas africanas sacando el coltán para nuestros móviles y en Asia tejiendo los gorros de papá noel de nuestros hijos. Salen muy baratos. Infinitamente baratos. Y allí no huelen.
Si se quedan en su tierra, los admiramos. Y hasta defendemos sus derechos y libertades con discursos en Bruselas. Somos occidente. Somos democracia. Somos la humanidad. No nos podemos olvidar de estos pobrecitos.
El problema surge cuando esos pobrecitos deciden irse a vivir a la tierra de sus contratadores. A EEUU y Europa. Es lo más normal del mundo. Vivir lo más cerca posible de tu lugar de trabajo. Entonces, durante el viaje, esos trabajadores pierden su cualificación. Es algo mágico. Ya no nos valen. Tantos quilómetros de patera han convertido en ineficientes a los propulsores de nuestra economía.
En Mauritania sabían cavar para nuestras minas, incluso desde niños. Aquí se les ha olvidado cómo se trabaja, al parecer. Y se convierten en un lastre para nuestra sociedad.
En Brasil cosían estupendamente para Zara, hasta el punto de que la empresa de Amancio Ortega aceptó una condena (ridícula) por un delito de esclavitud (hablamos de 2011, no del siglo antepasado). Si una de esas tejedoras esclavas brasileiras viene a España a coser, la largamos. Incluso quería cobrar, la descarada.
Los moros, los negros, los panchitos y los chinos nos valen allí, pero aquí no nos valen. Es aterrador lo que puede mermar las capacidades laborales el jet lag del miedo, la miseria, la muerte de tus hijos o la necesidad de huir de la guerra. Los explotados es que se empiezan a quejar por todo, con tanta libertad.
Ya digo que la tendencia de Estados Unidos y Europa a fascistificarse me parece natural, como todos los egoísmos. En el fondo, a todos nos gusta que otros hagan lo que nos molesta hacer, como limpiar retretes. Esa misma lógica se puede aplicar entre continentes. Nos reconforta que nos arregle la calefacción gente que en su casa pasa frío.
Lo que nunca llegaré a entender es el retorno al fascismo de las Américas del sur y centro, después de tan reciente y sangrienta historia. Si en Europa y EEUU se fomenta el miedo al migrante, en estos pueblos se alimenta el miedo al no migrado. Al paisano. Al vecino. Cuando el fascismo no encuentra enemigos imaginarios y externos, se los inventa imaginarios e internos. La delincuencia, por ejemplo. Y le funciona.
Durante muchas décadas y hasta algún siglo, EEUU tenía que promover golpes militares y sanguinolentos para contener las ansias de libertad económica (la libertad es económica o no es) de argentinos, venezolanos, chilenos, brasileiros, cubanos, bolivianos, ecuatorianos, panameños y completad vosotros el innumerable mapa golpista.
Parece ser que al sur del río Trump ya no quieren más golpes de Estado ni agentes de la CIA poniendo bombas en los colegios. Ahora, directamente, los explotados votan Milei, Bukele y al pinochetista José Antonio Kast. Son tiempos raros e inexplicables en muchos sitios, en poco tiempo, entre muy transversales clases sociales y por muy diversas razones. Pero con el mismo resultado: la victoria del fascismo. Incluso entre los pueblos explotados por el fascismo. Qué pena de cuento de navidad.
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