Opinión
“Es la tecnología, estúpido”

Por Álvaro San Román
Investigador en el programa de Doctorado de Filosofía la UNED
-Actualizado a
"La IA lo cambia todo": cómo nos informamos, cómo escribimos, cómo trabajamos, cómo nos entretenemos, cómo nos relacionamos con otros y con nosotros mismos. Sin embargo, no logra cambiar nuestras ideas acerca de lo que mueve el mundo y el lugar que ocupa la tecnología en él.
La IA es un acontecimiento histórico, tan único como la invención de la agricultura, de mayor alcance que la máquina de vapor, un voraz titán que se alimenta de suelo, agua y cuerpos. "La IA lo cambia todo" pero no parece lo bastante disruptiva como, por ejemplo, para cambiar el modo en que valoramos la naturaleza y su relación con el desarrollo tecnológico. La IA, ya lo dijo Sam Altman, "romperá el capitalismo", pero no termina de romper nuestra creencia en que todo esto va de dinero, de acumulación de capital, de prosperidad económica, de intercambio de bienes. Sin embargo, tiene que venir un tipo cualquiera sin escrúpulos, con su "AI Action Plan", con su proyecto "Stargate", con el asedio a Groenlandia, para que caiga por fin el velo del mercado como fantasía global, y mostrar a las claras que de lo que siempre se trató es, sobre todo, del dominio tecnológico… solo le falta llamarnos "estúpidos", porque tratarnos ya nos trata como tales.
Efectivamente, nunca fue únicamente el mercado, y ahora por fin, caída la mascarada gracias al descaro del trumpismo tecno-totalitario, los gobiernos, los Estados, la sociedad civil, nos enfrentaremos cara a cara con aquello que siempre gobernó Occidente soterradamente, la voluntad de dominio tecnológico.
"Me interesan las cosas que cambian el mundo o afectan al futuro", esta frase de Elon Musk concentra el espíritu del mundo Tecnoccidental. No la pronuncia David Attenborough en las profundidades de la selva, ni Jane Goodall rodeada de primates, sino el individuo más rico del planeta, mientras envía cohetes a Marte y funda su propia tecno-ciudad. Pero no todos los aspirantes a la tecno-dominación tienen este perfil de malo de opereta, también adoptan otras formas más amables, incluso respetables, que en muchas ocasiones ocultan el privilegio, y por tanto la responsabilidad, que ostentan en el nuevo orden tecno-totalitario. Véase Geoffrey Hinton, véase Timnit Gebru, véase Bill Gates. ¿Qué sería del desarrollo y el despliegue impositivo de la IA sin el Deep Learning y sin la visión artificial, (fundamentales para el ICE), o directamente sin la infraestructura de Microsoft? Estamos dispuestos a entender que algo tan obvio como el cambio climático tiene responsables claros como Exxon Mobile, pero no resulta tan sencillo entender que el cambio no solo climático, sino civilizatorio y antropológico, también tiene responsables. Exxon Mobile y Bill Gates comparten una responsabilidad sistémica precisamente porque no estamos en el capitalismo a secas, sino en un Tecnototalitarismo de corte capitalista, porque no se trata solo de un sistema económico, sino de un proyecto civilizatorio basado en la tecnología.
A Gates siempre le interesó, tanto o más que a Musk, las cosas que cambian el mundo, concretamente, toda tecnología con la capacidad de cambiarlo, no para bien o para mal, sino para cambiarlo y punto. Lo mismo podemos decir de Hinton o Gebru, fervientes investigadores y promotores de la IA, hasta que "¡oh sorpresa!" descubren que el alcance de su desarrollo trasciende los límites de sus fantasías tecno-utópicas.
Todos ellos hicieron una apuesta civilizatoria, dijeron sí a la tecnología y a su desarrollo como único motor de la historia occidental, y ahora tienen el dudoso honor de convertirse en paladines de la tecno-crítica. Gebru y Hinton abandonan indignados Google, mientras Gates advierte de los peligros de la IA. Pero la impugnación, el indignado coraje, las posibilidades de lucha y resistencia, la enmienda tecno-totalitaria no deben arrebatárnosla los "colaboracionistas arrepentidos", que precisamente con su trabajo, nos han llevado a esta guerra en favor de la tecno-dependencia, y contra la vida pre-digital.
Gates o Hinton, no deberían ser juez y parte, no merecen la interlocución que ostentan como formadores de opinión, no se les necesita para saber que algo anda mal. Es más, el peligro que corren con su cruzada informativa es, precisamente, lo que pasa en este artículo, que se les juzgue por su participación en este desastre, que se les impute el cargo de antropo-ecocidio involuntario.
A riesgo de exagerar (siempre con fundamento pedagógico), esta atribución superlativa de responsabilidades es algo similar a lo que sucedió con Oppenheimer y la bomba atómica. Como el problema nunca es la tecnología, nunca se culpó a Oppenheimer ni se juzgó a los implicados en el Proyecto Manhattan, y de este modo pudo Oppenheimer abanderar la causa antinuclear después de devastar Hiroshima y Nagasaki. Pero si la lucha contra aquello que idean y fabrican los tecno-científicos (ya sea la IA, ya sea la bomba atómica) la monopolizan los propios tecno-científicos, entonces su labor de ideación y fabricación como origen del desastre antropo-ecológico se difumina, su apuesta civilizatoria tecno-céntrica se convierte en anécdota, y la atención pública se dirige al "uso" de lo artefactos, en lugar de dirigirse al entramado y las personas que los fabrican. En este contexto el estatus de privilegio civilizatorio que ostenta la tecno-ciencia permanece intacto, como si el ejercicio de contrición de estos colaboracionistas, por cierta magia moral, eximiera a la tecno-ciencia de cualquier responsabilidad sistémica. "Mirad lo que hacen con la Bomba Atómica" clamaba Oppenheimer señalando a EEUU, "mirad lo que hacen con la IA" claman Gebru, Hinton, o Gates señalando a las Big Tech… "no miréis nuestra fundamental tarea en lo que hacen" susurran en silencio.
Y es que hay algo de terror existencial en realizar la torsión crítica que va de juzgar el "uso" de cualquier artefacto tecno-científico a juzgar el sistema tecnocéntrico que los desarrolla, el mismo terror que atenaza el fervor cristiano cuando está al borde del colapso de su fe. Porque del mismo modo que San Pablo sabía que, si Cristo no resucitó, vana sería la fe cristiana y miserables los creyentes (Corintios 15,12-19), todo creyente tecnológico, desde Gates a Hinton, pasando por Musk, sabe que si la tecnología no resulta ser la instancia salvífica que se creía, vanos habrán sido todos sus esfuerzos, miserables sus vidas y las de aquellos que arrastraron en su apuesta… por no hablar de la cara de estúpidos que se les quedaría.
Por lo tanto, si aceptamos esa torsión crítica —del "uso" al sistema—, el problema deja de ser, como sostendrá el colaborador Gates, que con la IA se puedan diseñar armas bioterroristas, se destruya empleo o se disparé el consumo energético. El problema será que, aun sabiéndolo, se siga empujando su despliegue por algo tan etéreo como "la esperanza". La cuestión es la impunidad sistémica con la que se transforma el mundo y la vida humana en energía e infraestructura viva del sistema.
Por eso, cuando el tecnototalitarismo nos dice: "es la tecnología, estúpidos", está marcando el nuevo horizonte de conflictividad. Esto ya no va de izquierdas y derechas. Esto va de bio-conservadores y tecno-adaptadores: de quienes aceptan y promueven la digitalización de la vida como norma, y de quienes empiezan a verla como un riesgo existencial. Los propios dueños del tecno-mundo lo reconocen: la división que importa no es partidista, sino Estado-nación frente a Estado-red.
En este panorama, vencedor no saldrá solo quien abrace con más fervor el cuerpo silícico de la tecnología, sino quien sepa leer el riesgo existencial de valorar la tecnología como eje de todo proyecto social. Para mal, la lectura acertada la ha realizado Trump, para peor, no termina de asumirla la UE. Porque mientras EE.UU. se desengancha de compromisos climáticos resolviendo el dilema "o tecnología o ecología"; la UE busca soberanía digital con el sueño de una "Década Digital" dorada, deseando un planeta sano, y simultáneamente hiper-digitalizado… Y sin embargo, no hay algoritmo que no convierta nuestra vida en dato, ni centro de datos que no requiera de agua y mano de obra.
De ahí el dilema: o aceptamos la tecno-digitalización como necesaria y entonces aceptamos sus estragos aparejados no como daños colaterales, sino como daños sistémicos, o recuperamos como necesaria una relación humana con el mundo de la vida sin mediaciones tecnológicas: "o Digital Decade o Bio-decade".
Por eso creo que el debate urgente no es qué tecnología queremos, sino si queremos más tecnología. No creo que debamos hablar tanto de "sobriedad digital", como directamente de "abstemia digital". Creo, en definitiva, que debemos tener derecho a decir NO a los centros de datos, NO a la digitalización de la educación; derecho a la objeción de conciencia frente a la imposición de toda modalidad digital de relación con el mundo. Pero hasta que un Derecho a la Desconexión no los recoja, todo esto corre el riesgo de quedarse en declaración de intenciones, y los colaboracionistas arrepentidos seguirán siendo los únicos interlocutores válidos, como si el resto fuéramos estúpidos...
La palanca jurídica la tenemos, está en el artículo 18.4 de nuestra Constitución: "La ley limitará el uso de la informática (léase la tecnología) para garantizar el honor y la intimidad personal y familiar de los ciudadanos y el pleno ejercicio de sus derechos". Así pues, que se cumpla la ley contra los tecno-adaptadores, porque de estúpidos no tenemos un pelo.

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