Opinión
Los tres entierros de Begoña Gómez

Directora corporativa y de Relaciones institucionales.
-Actualizado a
En la película dirigida por Tommy Lee Jones con guión del grandísimo Guillermo Arriaga (Amores perros, Babel o 21 gramos), la aclamada Los tres entierros de Melquíades Estrada (2005), un mexicano es asesinado al tratar de pasar la frontera entre su país y EE.UU., lo encuentran sepultado en el desierto del oeste de Texas, trasladan su cadáver al cementerio público y un amigo suyo, Pete, lo saca de allí y lo lleva al lugar donde él le dijo que quería ser enterrado, en México. La aventura de Pete con otro hombre al que secuestra para que le ayude con el viaje del cadáver de Melquíades es una odisea esperpéntica y dura que construye una película magnífica. ¿Qué sentido tiene arriesgar la vida -dos vidas, con la de Mike, el secuestrado- para enterrar un cadáver por tercera vez y que ya ni siente ni padece?
Es inevitable recordar estos días, por un lado, el absurdo racional que impregna esta cinta entre convicciones rocosas y delitos y, por otro, la cruel historia que subyace; la historia universal de tantos y tantas migrantes que se han jugado la vida en esa frontera-cementerio que es la de EE.UU. y México. Los tres entierros de Melquíades Estrada me ha venido a la cabeza inmediatamente, y salvando las distancias de la tragedia humana de la película, por cierto, siempre tan actual, cuando he leído el último auto del juez Peinado, con el que pide al Tribunal Supremo la imputación de Félix Bolaños, ministro de Justicia y Presidencia, por el nombramiento -que no hizo- de la asesora en La Moncloa de la mujer del presidente del Gobierno, un puesto de confianza que contempla la ley para respaldar a la pareja del jefe del Ejecutivo en sus actividades y teniendo en cuenta lo que supone ser, por un lado, la esposa de Pedro Sánchez, y por otro, una profesional independiente que quiere seguir ejerciendo su trabajo.
El juez Juan Carlos Peinado, no contento con los errores cometidos a lo largo de toda su instrucción (¿o deseos convertidos en realidad por su calenturienta mente política entrenada para acabar con el Perro?), mató a la mujer del presidente del Gobierno en ese auto delirante y repleto de ¿errores? con el que pretende imputar a Bolaños, aunque según el mismo escrito, ya está “imputado” (¡!). Según el magistrado, y así figura negro sobre blanco en el escrito judicial, la última vez que el ministro de Justicia vio a la asesora cuya contratación se investiga fue “en el tanatorio por la muerte de la Sra. Begoña Gómez”. Sería un chiste si no fuera la constatación de un fondo siniestro y obsesivo -la historia de un cutre lawfare- que se suma a otros ¿errores? como poner en boca de testigos palabras que no dijeron.
El juez Peinado, como Pete con su amigo Melquíades Estrada, se ha emperrado (sic) en sacar adelante una causa que solo existe en su cabeza, tenga que hacer lo que tenga que hacer: la mujer del presidente del Gobierno es una corrupta, ergo, Pedro Sánchez también, y no parará hasta que el cadáver político del inquilino de La Moncloa descanse donde debe, esto es, fuera de las fronteras del Poder Ejecutivo. El problema es que el ficcionado Pete secuestró a Mike para que le ayudara a cargar con Melquíades hasta México, cometiendo un delito, pero Peinado, que no es precisamente un personaje de película -aunque nuestro Berlanga haría maravillas con él- ha secuestrado la credibilidad de la Justicia, de sus compañeros del Supremo -lo cual parece importarles cero, todo sea dicho- y del Poder Judicial, en general. Exactamente igual que los togados y togadas que jalean al magistrado enterrador durante sus manifestaciones indignadas contra una reforma del acceso a las carrera judicial y fiscal que tenía que haberse hecho el siglo pasado.
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