Opinión
Otra vez: ¿cómo debemos relatar la violencia contra las mujeres?

Periodista y escritora
Tengo la sensación de que me voy a meter en un jardín, debe de ser que ya tengo ganas de primavera. Me propongo plantear de nuevo la duda sobre el modo en el que narramos las violencias contra las mujeres en los medios de comunicación, es decir, no desde la ficción sino desde la descripción (o no) de la realidad. Lo hago sin tener la respuesta ni certezas. Se me cruzan en la mente, a la hora de escribir, los detalles que vamos conociendo de los archivos de Epstein, el caso de la mujer torturada durante 22 meses en Murcia o la serie Salvador, creada por Aitor Gabilondo y dirigida por Daniel Calparsoro.
Vaya por delante que abomino de la espectacularización de la violencia contra las mujeres en los medios, algo que afortunadamente ha ido perdiendo mucho espacio, gracias a todas las profesionales de la comunicación que se han empeñado en ello.
Empecé a pensar en esto justo después de ver los dos primeros capítulos de Salvador, que son por ahora los únicos que he visto. Son violentísimos, más teniendo en cuenta que se trata de una producción digamos que "popular" de Netflix. En la pantalla se suceden golpes salvajes, patadas por todo el cuerpo, ensañamiento, la cara de un hombre literalmente destrozada a puñetazos y una joven cosida a cuchilladas, con toda la parafernalia de sangre por suelo y paredes. Retrata la violencia de los movimientos neonazis y se trata de una obra de ficción. Esto es fundamental: es ficción. Hemos visto atrocidades perpetradas contra los cuerpos de las mujeres en decenas, si no centenares, de series y películas.
Compartí el visionado de esos dos primeros capítulos con otras tres mujeres. A todas ellas les resultó casi insoportable. Me sorprendió que les pareciera más duro que las imágenes de ficciones sobre descuartizadores o asesinos en serie (siempre de mujeres), por poner un ejemplo. Puede que sea porque la serie retrata una violencia posible, puede que responda a que la vemos acercarse, pero ese es tema para otro artículo.
La cuestión es que el acuchillamiento de una joven en Salvador me transportó a los primeros días de enero de 2018, en los que me dediqué a elaborar una pormenorizada y dolorosa nómina de todas las mujeres que habían sido asesinadas en España durante 2017, mes a mes, día a día, componiendo un puzle siniestro con piezas y cabos extraídos de medios locales, redes e informes jurídicos. Titulé la pieza, que no me atrevo a leer de nuevo, Femenino funeral. Constaté entonces algo que consta en los informes oficiales al respecto: el apuñalamiento es una de las formas más habituales, si no la más habitual, que los hombres utilizan para perpetrar un feminicidio. También comprobé la insoportable proliferación del ensañamiento. Durante aquellos días, imaginé cada uno de los crímenes cuyos detalles después ahorré al artículo. Todos y cada uno de ellos.
Hace un par de meses conocimos algunas cifras que me permito recuperar ahora, porque vienen al caso, derivadas de la Macroencuesta de Violencia contra la Mujer 2024: 6 millones y medio de mujeres —exactamente 6.445.301— en España asegura haber sufrido algún tipo de violencia machista por parte de su pareja. De ellas, 2.692.564 mujeres afirma haber sufrido violencia física o sexual dentro de la pareja en algún momento. Más de dos millones y medio de mujeres. Violencia física o sexual. Por parte de su pareja, o sea que hablamos sólo de parejas, o sea que son muchísimas más.
Se trata de cifras y de abstracciones. Dichas cifras y abstracciones son las que me vinieron a la mente al escuchar a varias mujeres —las que me acompañaban y después a otras— asegurar que la violencia neonazi mostrada en la serie Salvador les resulta insoportable.
La reacción ante la violencia, como casi todo, funciona por mecanismos de identificación. O sea, si ves que Epstein sostiene a una niña sobre las rodillas y tienes una hija pequeña, existe una alta probabilidad de que identifiques a esa cría con la tuya. Es un ejemplo. Dichos mecanismos de identificación son los que están siendo ahora modificados gracias a los movimientos testimoniales de las mujeres, con el #MeToo en el centro. Cuando una víctima se ve (en mayor o menor medida) reflejada en el relato de otra, modifica la percepción de su propia violencia, la asume, es capaz de ponerle nombre y comprende que forma parte de algo estructural. Todo eso es precisamente lo que no puede suceder con el uso de las abstracciones. Cualquiera puede identificarse con el enunciado "Estoy en contra de la violencia machista", pero no todo el mundo puede hacerlo con el relato de una mujer que cuenta cómo su abuelo la violaba durante la infancia.
Esa construcción testimonial, esa acumulación de detalles que generan mecanismos de identificación, es precisamente una herramienta fundamental a la hora de refutar abstracciones como que la violencia machista no existe o que todas las mujeres nos inventamos las violencias que sufrimos.
A cada una de las mujeres que me han comentado lo dura que les resulta tal o cual serie, y me centro en Salvador porque es la última, les he preguntado: ¿y qué crees que sufren las mujeres en sus casas? ¿A qué crees que nos referimos cuando decimos "violencia física"? ¿Cómo crees que el hombre mata a la mujer cuando decimos "acuchillada"? Todas ellas se han quedado calladas, alguna me ha contestado que sencillamente no se había parado a pensarlo.
Y aquí entro en el jardín con el que arrancaba este artículo. Por supuesto, los detalles morbosos deben evitarse en cualquier información sobre un crimen. Por supuesto, toda información debería evitar explayarse con recreaciones truculentas. Sin embargo, tengo la sensación de que, a fuerza de respetar tales máximas, la comunicación ha ido alejando a la población de las realidades a las que nos referimos con cada una de las violencias machistas. Así que mi pregunta es la siguiente: ¿cómo podemos o deberíamos relatar la realidad de la violencia contra las mujeres sin caer en la espectacularización pero huyendo de una abstracción que impide los mecanismos de identificación?
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