Opinión
De cómo un 'castell' de amebas sedujo a Einstein
Por Ciencias
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MICROBIOGRAFÍAS // JORGE BARRERO
Aquella mañana de 1950, cuando el joven profesor Bonnet se preparaba para otra jornada en la Universidad de Princeton recibió un mensaje que iba a trastornar la rutina de su laboratorio: el científico más grande del siglo XX quería visitarle. Algo notable, si consideramos que John Bonnet se dedicaba a la microbiología, un área aparentemente alejada de las preocupaciones del genio de la cuántica y la relatividad. Bonnet llevaba algunos años estudiando a la ameba Dictyostelium discoideum. Dicty –para quienes la conocen bien– es un microorganismo unicelular que vive feliz en el suelo, desplazándose con ese movimiento tan sensual propio de las amebas, en busca de alguna bacteria a la que abrazar y digerir. Una existencia poco llamativa que cambia repentinamente cuando la comida escasea. Entonces, Dicty se comporta de un modo insólito que Bonnet había podido filmar y que Einstein quería ver con sus propios ojos.
En periodos de ‘hambruna’, cientos de miles de amebas se buscan mutuamente y convergen en una estructura estrellada que puede ser observada a simple vista. Este moco, formado por una legión de seres unicelulares, es capaz de arrastrase como si fuera un único organismo, pero lo más asombroso está por llegar: en pocas horas algunas amebas se suicidan y las demás comienzan a encaramarse unas a otras, formando un tallo de varios milímetros. Este castell sostiene a una masa de individuos que, en paralelo, se ha especializado en producir esporas. Esta estructura de resistencia permanece a la espera de que mejoren las condiciones; sólo entonces libera una nueva generación de microorganismos independientes.
Este acto de pérdida de identidad individual y altruismo enigmático de las amebas caídas en acto de servicio maravilló a Einstein y continúa entusiasmando a la selecta comunidad de investigadores dicty. Ellos están convencidos de que el ciclo de vida de la ameba puede entenderse como un ensayo de la evolución hacia la pluricelularidad, y de que encierra muchas claves sobre la forma de relacionarse de las células en un organismo superior. Bonnet continuó muchos años estudiando los mecanismos que subyacen en esta sincronización y propuso la existencia de una molécula, Acrasin, capaz de actuar como mensajero entre las amebas. Respecto a Einstein, es posible que la experiencia le llevara a aceptar con mejor talante que el filósofo Karl Popper lo comparase con una ameba en uno de sus célebres escritos, en el que explicaba las diferentes maneras que siguen la selección natural y la razón humana para resolver problemas.