Opinión
El ejemplo de mi sacrificio
Por Manolo Saco
Mientras en el Reino Unido los lores acaban de rechazar la implantación de un documento nacional de identidad, en España estamos a punto de estrenar los primeros super DNI electrónicos, con un chip que albergará nuestra firma electrónica y la posibilidad futura de guardar muchos otros datos personales, tanto en lo referente a nuestras haciendas como a nuestra salud. Todo se andará. El día de mañana el carné de identidad podría ser nuestro otro yo, de fácil e inmediata lectura por parte del Gran Hermano de la policía de aduanas, de Hacienda, del médico de cabecera, del director del banco o del portero del estadio de fútbol, evitándonos, así, el penoso trance de tener que contarles nuestra vida.
Algún amigo tengo al que le angustia esa posibilidad futura de que todos nuestros datos se guarden en un equilibrio delicado dentro de un chip incrustado en una tarjeta de plástico tamaño visa. Y no se dan cuenta de que en realidad los más adelantados teléfonos móviles ya se están acercando a esa figura de almacén de nuestra biografía, con toda nuestra agenda de contactos grabada, con un detallado apunte de las llamadas recibidas y enviadas, y, lo que es más peligroso, de mensajes sin borrar, la hora en que nos despertamos, las fotos que enfocamos, nuestra música favorita...
A mí me encantaría que, para ahorrar espacio, los nuevos DNI incluyeran ya teléfono móvil, cámara fotográfica, y el algoritmo, o como coño se llame, de la tarjeta de crédito, además de los datos del permiso de conducir, mis pulsaciones y mi tensión arterial. Un peso que nos íbamos quitando de encima. Porque esa es otra, los documentos. No puedes salir de casa sin el DNI, el carné de conducir, la tarjeta de crédito, la del NIF, y la de la Seguridad Social. Por no hablar de las tarjetas de los grandes almacenes (tres), del concesionario de automóviles, del RACE, del Colegio profesional, de la Travel Club... Cuando llega el buen tiempo y sales a la calle sin chaqueta, informal pero “arreglao”, ¿dónde lo metes todo?
Un mal día del verano pasado lavé en la lavadora el carné de identidad. No estaba sucio: es que se me olvidó en el bolsillo de la camisa. Lo llevaba encima porque mi seño, a quien le lleno el bolso con todos mis cachivaches, incluidas las llaves de casa y del coche, el día anterior no había podido salir conmigo. Tras un ataque de lejía de las que respetan el color y una dosis de detergente que penetra hasta en las manchas más difíciles, el carné hubo de aguantar un enérgico centrifugado antes de salir al fin a la luz hecho unos zorros. Cogí con mimo su cadáver y me fui a la comisaría más cercana a que me hiciesen otro.
Como estamos en la era de las supertecnologías, me dije, me lo dan en el mismo día. En el mismo día, o sea martes, pero dentro de tres semanas, me dijo la funcionaria. Le expliqué que mi última adquisición era una tarjeta-monedero-telefónica, con un chip incorporado en el que cabe el Quijote entero, regalada por mi banco a los dos días de solicitarla. Alta tecnología que guarda en su diminuta memoria quién soy yo, a qué dedico mi tiempo libre, mi fecha de nacimiento, profesión, estado de cuentas y mi vida entera, y no ese papel plastificado, que se fabrica en diez minutos, y que no aguanta el más simple programa de lavado. Sin mover una ceja me respondió muy seria que peor es lo del carné de conducir, y nadie protesta, un tríptico absurdo en papel de estraza de color rosa, que cada uno se lo tiene que plastificar si quiere que le dure en un estado presentable. Presentable ante la Guardia Civil de Tráfico, se entiende.
Pero la chica, me consta, se quedó con la copla. Gracias a mí, aquella funcionaria pudo transmitir a la autoridad competente que un tal Manolo Saco había demostrado que el DNI no aguanta ni el más suave programa de lavado, aún enjabonado con detergente para prendas delicadas. Fruto de aquel sacrificio, al cabo de un año, el Estado pudo corregir un error absurdo que entorpecía tanto la vida cotidiana de los españoles como la de las lavadoras.
Esto me recuerda, mirad por dónde, el caso de la COPE, a la que han trincado manipulando a su favor el Estudio General de Medios (EGM) sólo para demostrar que la encuesta podría ser manipulable por cualquier desaprensivo. La COPE y yo somos unos mártires: yo poniendo en peligro mi identidad de plástico, y la COPE, su credibilidad, las existencias de su almacén de vendepatrias y su cristiano mensaje evangélico. Y todo, porque únicamente nos guía el mismo afán de entrega a la comunidad.