Opinión
La formación del naturalista
Por Ciencias
-Actualizado a
VENTANA DE OTROS OJOS // MIGUEL DELIBES DE CASTRO
* Profesor de investigación del CSIC
No podía ser menos, Darwin está en todas partes. Hace 150 años se publicó El origen de las especies y en 2009 se cumplen 200 años del nacimiento del científico, un 12 de febrero. El día está encima, y por tanto esta semana parece obligado hablar de Darwin también aquí. Pero, ¿qué contar que no cuenten otros o no hayamos contado ya? Cabe una posibilidad: ¿Quién, sino uno, puede hablar de sus coincidencias con el genio?
No se asusten. No pretendo compararme con él. Construyó un enorme edificio conceptual que transformó el mundo, y uno sólo ha puesto ladrillos en modestas chabolas. Las coincidencias son apenas un par, más personales que profesionales, y en gran medida casuales. O casuales del todo, como compartir la fecha de nacimiento (sí, sí, uno también cumple años; gracias por su felicitación). Más interesante me resulta el hecho de que, muy jóvenes, ambos compartiéramos la pasión por la caza. Hace algunos años me preguntaron cómo se había fraguado mi amor por la naturaleza. Respondí que cazando, y la periodista, incrédula, reaccionó: “¿Es una broma?”. No lo era. Sorprenda o no, aprendí a amar el campo acompañando a mi padre a cazar. Viví la caza y sus rituales con intensidad. Por eso me recreo leyendo a Darwin en su autobiografía: “Dudo que nadie haya sentido por la causa más sagrada mayor entusiasmo que yo por cazar pájaros. Recuerdo perfectamente cuando maté mi primera agachadiza; la emoción era tan grande que me temblaban las manos, y tuve grandes dificultades para recargar la escopeta”. Y en otro lugar: “Llevaba la cuenta exacta de las aves cazadas (…) intenté incluso convencerme de que la caza era casi una actividad intelectual; calcular donde encontrar más piezas y cómo manejar los perros exigía mucha habilidad”. ¡No pueden imaginarse hasta qué punto me siento retratado a mis 16 años!
Y también lo hago cuando Darwin cuenta cómo y por qué, ya viajando en el Beagle, dejó de cazar: “Me doy cuenta ahora de la forma en que mi amor por la ciencia fue destacando gradualmente por encima de cualquier otra afición. Durante los primeros dos años mi afición por la caza sobrevivió prácticamente intacta (…) pero poco a poco fui abandonando la escopeta (…). (Descubrí) que el placer de observar y razonar era muy superior al de la habilidad y el deporte”.
Antes de que llegara ese momento, sin embargo, Darwin tuvo que oír a su padre reprocharle: “No te importa otra cosa que la caza, los perros y matar ratas; vas a ser una desgracia para ti y para tu familia”. No acertó, pues ignoraba que aquello era parte de la formación del naturalista.